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Confinamiento y gozo, el secreto de los monjes trapenses para esquivar la pandemia

La vida en el Monasterio de la Oliva transcurre al ritmo de las cosechas y de las horas de rezo
La vida en el Monasterio de la Oliva transcurre al ritmo de las cosechas y de las horas de rezo   -   Derechos de autor  Euronews
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El tiempo se detuvo hace siglos en el monasterio navarro de la Oliva, en el norte de España. Fundado en 1.134 por la orden del Císter, alternó épocas de esplendor con periodos de decadencia e incluso de abandono. Sufrió guerras, invasiones y epidemias, pero siempre renació de sus cenizas y al final de cada año, a pesar de las desgracias, sus monjes daban gracias a Dios en la misa del Tedeum y le pedían, como hicieron el jueves, su protección y bendición para el Año Nuevo.

Recluidos desde siempre, entregados a Dios y al trabajo, al ora et labora que estableció como regla monástica San Benito, sus vidas transcurren al ritmo de las cosechas y de las horas que marca un viejo reloj de pared. Todos los días son iguales, todos los días son distintos. Realizan numerosas actividades: en la huerta, en sus famosos viñedos... pero hay un acto que sobresale por encima de todos, las liturgias cantadas:

"El acto más importante de la comunidad es el canto coral, que tenemos siete veces al día... es lo más importante. Todo el año. En invierno, en verano... es lo más importante", insiste el padre Daniel. "Luego está el trabajo, porque la orden, cuando se funda, dice que se cante y se rece, pero que los monjes se ganen la vida con su trabajo. El trabajo manual, el trabajo de los campos...", añade.

Cuando el Gobierno español declaró un confinamiento general para hacer frente a la pandemia, muchas miradas se tornaron hacia estos monjes trapenses acostumbrados a vivir entre los muros del monasterio. Sus consejos ayudaron a muchos a soportar el encierro:

"Hacer una vida regular. Imponerse un horario. De levantarse, de acostarse. Las comidas a las mismas horas... trabajar en los espacios que normalmente se dedican al trabajo y al estudio. Ha habido mucha gente que ha tenido que teletrabajar... y luego, hacer más vida familiar", resume el padre Javier, Abad del monasterio.

El día de Año Nuevo es un día como otro cualquiera en el monasterio de La Oliva. Los monjes han vuelvo a colgarse los hábitos para los rezos, a quitárselos para trabajar y a meditar sobre la vida y sobre Dios. Es lo que hace el padre Gregorio, que tiene más de 85 años y exhibe una forma física increíble. Sus reflexiones, desde el tejado del monasterio, las aplica a la pandemia y a la llegada de este nuevo año:

"El fin de año se supone que es un progreso. Hay que mirar para detrás, pero mejor para adelante, para el futuro, porque, normalmente, la vida siempre es un progreso. Estamos en un camino y el camino se termina cuando se termina la vida... Siempre ha habido etapas peores o mejores, pero, normalmente, lo pasado está pasado y hay que disfrutar del presente. Y el presente, se supone que es una felicidad, que es un don que has recibido, por lo que voy a seguir dando gracias... si no soy optimista, si no soy positivo, pues es un fracaso", sentencia el padre Gregorio.

Los catorce monjes que viven actualmente en el monasterio de la Oliva están dentro de los grupos prioritarios de la primera fase de la campaña de vacunaciones contra la COVID-19. El 20 de enero recibirán la primera dosis. La segunda tres semanas más tarde. Alejados del mundanal ruido, acumulan siglos de sabiduría a sus espaldas y, hasta ahora, su forma de vida les ha permitido esquivar la pandemia.