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Vacunas caducadas y pérdidas millonarias: El fiasco de la gripe A podría repetirse con la COVID-19

El personal sanitario prepara algunas vacunas contra la COVID-19 de Pfizer en la residencia de ancianos Ibaneta, en Erro, a unos 35 kms de Pamplona, al norte de España.
El personal sanitario prepara algunas vacunas contra la COVID-19 de Pfizer en la residencia de ancianos Ibaneta, en Erro, a unos 35 kms de Pamplona, al norte de España.   -   Derechos de autor  AP Photo/Alvaro Barrientos
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Era julio de 2009 y el mundo se encontraba en medio de la pandemia de la AH1N1, también conocida en un primer momento como gripe porcina, entonces el Gobierno de España decidió comprar 13 millones de vacunas para inmunizar en torno al 30-40% de su población.

Sobraron prácticamente la mitad, cerca de 6 millones de dosis caducadas para destruir por un importe de 42 millones de euros.

Así explican las historiadoras españolas María y Laura Lara el fiasco de la campaña de vacunación de la la última gran pandemia antes del coronavirus en su libro "Los caballos amarillos: Enfermedades que nadie vio venir".

España no fue el único país que se vio obligado a destruir las vacunas adquiridas ante la falta de adhesión a la campaña de vacunación. Francia se deshizo de las últimas vacunas contra la H1N1 en noviembre del año siguiente: 19 millones de dosis, con un costo total, de compra y destrucción, de aproximadamente 400 millones de euros.

Siempre se cita Francia como ejemplo del estrepitoso fracaso de aquella campaña de vacunación porque fue el país que más vacunas perdió, precisa a Euronews el investigador Daniel Jesús Catalán Matamoros del Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual Universidad Carlos III de Madrid. Pero el mismo fenómeno se produjo en países de todo el mundo.

Estados Unidos eliminó 40 millones de dosis caducadas, una pérdida valorada en cerca de 260 millones de dólares (unos 211 millones de euros). El Reino Unido se quedó con una reserva de 39 millones de dosis tras vacunar a solo unos cinco millones de personas. Italia distribuyó 10 millones de dosis adquiridas por 184 millones de euros, pero inyectó solo 865.000.

Alemania compró 50 millones de dosis por 700 millones de euros, el objetivo era conseguir que el 30% de la población se vacunara, al principio se pensó que todo el mundo tenía que ponerse dos vacunas, pero luego se dieron cuenta de que una era suficiente. También mucha gente no estaba dispuesta a vacunarse.

La fecha de caducidad de la vacuna expiró a finales de 2011 y ya no se podía utilizar. Por esta razón, el país destruyó aproximadamente 12,7 millones de dosis de vacunas. Otros 16 millones de dosis fueron almacenadas centralmente y finalmente incineradas.

Europa fue una de las regiones que menos vacunas utilizó de las adquiridas inicialmente, según un informe de la OMS, un 57%.

En un informe de la Unión Europea para evaluar la campaña de vacunación se revelaba que el escepticismo y la falta de interés de la población estaban entre las primeras razones del fracaso. También el carácter moderado de la enfermedad, que no incitaba a vacunarse.

Más de una década después, el mundo ha comenzado una ambiciosa campaña de vacunación sin precedentes para poner fin a una pandemia de un virus más transmisible y peligroso que la gripe A, que ha perturbado las vidas de más de medio planeta en maneras difíciles de imaginar en 2009 fuera de los relatos de ciencia ficción.

España ha autorizado la compra de al menos 73,6 millones de dosis de vacunas contra la COVID-19. Francia, uno de los países con más escépticos a la vacuna contra el nuevo virus, 200 millones. Ambos Gobiernos se enfrentan a críticas por su lentitud, que salpican incluso al Ejecutivo de Alemania, el país que más personas ha vacunado hasta ahora de la Unión Europea.

¿La sombra de la fallida campaña de vacunación de la anterior pandemia se cierne sobre la actual? ¿Los Gobiernos más precavidos temen que se repita el fracaso? ¿Acabarán destruyéndose los excedentes, con costes multimillonarios?

¿Qué fue la gripe A?

La H1N1 era un subtipo de la familia de las gripes, como la denominada gripe española que originó la pandemia de 1918, explican las historiadoras Laura y María Lara. “La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la gripe A como pandemia en junio de ese mismo año, durando un total de 14 meses, hasta que el 18 de septiembre de 2010 se dio por finalizada”.

Las historiadoras recuerdan que el origen de la infección H1N1 fue una variante de la cepa H1N1 con material genético procedente de una cepa humana, dos porcinas y una aviaria. “La cuestión es que una mutación permitió el heterocontagio o salto entre especies, de cerdos a humanos y luego entre seres humanos”, añaden.

Durante los 14 meses que duró la pandemia se contagió el 14% de la población y murieron 500.000 personas, “en el más dramático de los recuentos”, señalan María y Laura Lara. Para ponerlo en perspectiva, unos 10 meses después de que la OMS declarara la pandemia del coronavirus, el número de fallecidos por el nuevo virus roza ya los 2 millones. El número de contagios (86 millones) confirmados no llega al 1,5% de la población mundial, pero según estimaciones de la OMS el 10% de la población mundial puede haber contraido la enfermedad.

La pandemia que no fue

Así como ha ocurrido con la COVID-19, al poco de conocerse la importante propagación del virus, se empezó a investigar la vacuna para la gripe A. Si en 2020, la farmacéutica estadounidense Pfizer ha marcado el hito, en 2009 fue el grupo farmacéutico suizo Novartis.

“El 12 de junio de 2009 halló la vacuna el grupo farmacéutico suizo Novartis, que lideró la solución antiviral en la situación de crisis causada por la gripe A junto a la farmacéutica británica GlaxoSmithKline (GSK)”, explican las historiadoras Lara.

Los ensayos clínicos empezaron en julio y en agosto empezó a probarse en seres humanos. “Desde que se conoció la cepa del virus en abril y se comprobó que la vacuna funcionaba, rápidamente comenzó a producirse de forma masiva, a fin de combatir el virus".

Las historiadoras Lara concluyen que "la pandemia tuvo una mortalidad baja, en contraste con su amplia distribución”.

Mucha gente pensó que la gripe A no era realmente un problema, y que por lo tanto, no era necesario vacunarse”, apunta Adolfo García Sastre, profesor de Microbiología de la Escuela de Medicina Icahn en el Hospital Monte Sinaí.

“En realidad, la gripe A fue un problema, y si se hubiese vacunado más gente, se hubieran salvado más vidas”.

Los ecos del fracaso de 2009

Francia es un ejemplo claro de cómo lo ocurrido en 2009 todavía resuena una década más tarde. Todos los analistas coinciden en que el “trauma” de la gripe porcina ha estado muy presente en la cautela con la que han planeado las vacunaciones.

El Gobierno francés se ha visto atrapado en su propia estrategia que pretendía “generar confianza”, señala un artículo de Franceinfo.

París no quiso abrir “vacunódromos” para realizar pinchazos a gran escala por temor a verlos vacíos. En su lugar el Gobierno quiso implicar a los médicos de cabecera -su ausencia fue otra de las críticas más repetidas en 2009- y para “dar seguridad” a los pacientes se ha establecido un complejo protocolo con una primera visita médica y cuatro días de reflexión para retractarse.

El resultado es que el 5 de enero, el país de 60 millones de habitantes sólo había notificado 512 vacunaciones. Ante las crecientes críticas por el escaso avance de la campaña París está intentando dar marcha atrás en esta intrincada estrategia.

El investigador Catalán Matamoros apunta a tres factores en el fiasco de la campaña de vacunación de la gripe A en 2009: la comunicación de los efectos adversos, una pobre coordinación y la desinformación que provocó que incluso muchos sanitarios decidieran no vacunarse y tampoco la recomendaban a sus pacientes.

“Por ello, al final sobraron millones de dosis en todo el mundo”, sentencia.

Entre los efectos secundarios que más titulares protagonizaron entonces, uno de ellos fue la narcolepsia.

"Recuerdo vívidamente que estábamos todos alineados en el pasillo y nos dijeron que teníamos que hacerlo. No fue una elección". Así explicaba una enfermera británica a Buzzfeed su experencia traumática al recibir la vacuna de la H1N1 en 2009. Desde entonces dice que ha sufrido este trastorno crónico del sistema nervioso central que se caracteriza por fatiga extrema durante el día y ataques repentinos de sueño.

Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) dicen que se constató un mayor riesgo de narcolepsia tras la vacunación con Pandemrix, una vacuna monovalente contra la gripe H1N1 de 2009, que se utilizó en varios países europeos durante la pandemia.

Un equipo de científicos, en el que participaron los CDC, analizó en 2018 los datos de seguridad de las vacunas contra la H1N1 (arenaprix-AS03, Focetria-MF59, y Pandemrix-AS03) en 10 casos de estudio globales y concluyó que no detectaron ninguna asociación entre las vacunas y la narcolepsia. Sin embargo la Agencia Europea de Medicamentos decidió retirar la autorización a la vacuna Pandemrix que, de todas formas "no tenía suficiente demanda", concluía el informe.

En cualquier caso, mediatizar en exceso los efectos adversos de la vacuna puede ser contraproducente a la hora de conseguir la inmunidad rebaño necesaria para poner fin a la pandemia del coronavirus, que se estima entre el 70% y 80%, indica el investigador Daniel Jesús Catalán Matamoros.

“Los medios de comunicación ya están comenzando a publicar los ‘pocos’ efectos adversos que está teniendo la vacuna de la COVID-19. Este tipo de cobertura mediática produce un mayor miedo y temor por parte del público”, incide el investigador, autor de varios estudios sobre la influencia de los medios de comunicación en la salud pública. “Los medios son muy importantes a la hora de aumentar las tasas de vacunación”.

¿Vacunarse o "nueva normalidad" para siempre?

“Con la COVID-19, el problema es mucho mayor que el problema que causó la gripe A", el profesor García Sastre espera que este hecho anime a un mayor porcentaje de la población mundial a vacunarse. "Hay una mayor incidencia de enfermedad severa con COVID-19 que la que hubo con gripe A”.

Sin embargo, señala que hay dos grupos que seguirán siendo reticentes: los antivacunas - “ese grupo es pequeño e imposible de convencer, ya que no atienden a nigún razonamiento pro-vacuna” - y los que estén fuera del grupo de riesgo y “que como con la vacunación con gripe A, piensen que no es necesario para ellos vacunarse”.

A este segundo grupo aún se le puede hacer cambiar de opinión, prevé García Sastre, y coincide con el investigador Catalán Matamoros en la importancia de los medios de comunicación para ello:

“El mensaje que se debe transmitir es que las vacunas son seguras y que cuanto más gente se vacune, no solo menos gente tendrá enfermedad severa, sino que antes podremos volver a una vida normal, de lo cual nos beneficiamos todos”.