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Documentando los supuestos crímenes de guerra de la invasión rusa

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Por Valérie Gauriat
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Documentando los supuestos crímenes de guerra de la invasión rusa
Derechos de autor  euronews

Después de ser testigo de las dos primeras semanas de la guerra en Ucrania, hemos vuelto a la región de Kiev unas semanas después para encontrar un ambiente muy diferente.

Lentamente, la vida se reanudaba en la capital ucraniana, sólo dos semanas después de la retirada de las tropas rusas de la región. Sabía que la visión de la gente caminando por las calles de nuevo, y el brillante lecho de tulipanes que había florecido en la plaza Maidan, contrastaría con lo que me esperaba en las afueras de Kiev.

Había vuelto para documentar supuestos crímenes de guerra en la zona, tras la ocupación rusa. La magnitud de la destrucción era asombrosa. Lo que antes eran tranquilos suburbios y pueblos se había convertido en montones de ruinas, tras las cuales yacían las heridas abiertas de quienes habían vivido semanas de horror.

"Había niños, abuelas, estaban por todas partes"
Sasha

Caminando por el devastado barrio de Irpin, símbolo de la resistencia ucraniana a la ofensiva rusa, conocí a Sasha. Al guiarme por la pesadilla que vivió a las puertas de la capital, me describió las ejecuciones sumarias de varios de los residentes, y una sombra le invadió los ojos al mostrarme el lugar donde vio a su amiga Sania recibir un disparo en la cabeza por parte de un soldado ruso. Ese día habría sido el cumpleaños de Sania.

Los relatos de aquellos que querían que el mundo conociera sus historias se volvieron más siniestros a medida que seguía mi viaje a través de lo inexplicable.

Valérie Gauriat
Supuestos crímenes de guerra en Irpin y BuchaValérie Gauriat

En Borodyanka, una de las ciudades más fuertemente bombardeadas de la periferia de Kiev, se buscaban los cuerpos atrapados bajo los edificios derrumbados. "Había niños, abuelas, estaban por todas partes", clamaba Sasha, mostrándome los escombros de los que había sacado los cadáveres. 

En otra parte de la ciudad, fui testigo de una de las muchas exhumaciones de cuerpos de civiles que habían sido enterrados temporalmente en patios y jardines durante la ocupación.

"¡Mira qué guapo era!", gritaba Nadiya, mostrándome una foto de su hijo Constantin, de 34 años, cuyo cuerpo yacía ahora a nuestros pies, irreconocible. Se le saltaban las lágrimas ante la insoportable visión del rostro de su hijo, con la boca abierta en una mueca de dolor. 

"Son bestias, ¡no es un ejército! Un ejército no ataca a niños y abuelas
Mykola
agricultor

Avanzando entre las ruinas y los restos de vehículos quemados apilados a lo largo de las carreteras, nos detuvimos en el pueblo de Andriivka, ocupado durante un mes. La calle principal estaba sembrada de restos de armamento ruso, clavos de bombas de fragmentación, cabezas de proyectiles, algunos todavía sin explotar. 

Hablamos con Mykola, un agricultor de voz suave, afligido por su hijo, abatido en la calle. 

"Dijeron que estaba pasando información a través de su teléfono, sobre la posición de la columna de tanques rusos", suspiró. "¡Son bestias! ¡No es un ejército! Un ejército no ataca a niños y abuelas, ¡pero ellos sí!", prosiguió, antes de añadir, con el ceño fruncido de rabia y despecho: "Eran niños, de 18 años. Algunos de ellos lloraban, diciendo que no querían venir aquí, que los obligaron y les dijeron que era sólo por 2 días, ¡para entrenar!"

Valérie Gauriat
Tetiana, hija de una víctima en BuchaValérie Gauriat

Kilómetro tras kilómetro, las historias de atrocidades se sucedían. En Makariv, nos llamaron para otra exhumación: los restos de una familia que había ardido en su coche. Fueron atacados mientras su convoy salía de la ciudad, a través de un corredor verde. Observando la escena, un hombre nos llevó aparte. 

Quería que conociera a una mujer que vivía cerca y que había sido violada por un soldado ruso. No estaba en casa; de pie en su patio vacío, la simple idea de lo que había ocurrido allí me produjo escalofríos. 

"Si no fuera por la inteligencia rusa, no estaría viva"
Olesia
Víctima de violación

Nos dijeron que Olesia estaba trabajando y la encontramos en el hospital local. Reunió fuerzas para contarme su historia, para que el mundo la conociera. Su voz se quebró al describir la escena, se le escaparon las lágrimas al recordar la agonía de dos días de su marido, abatido a tiros mientras intentaba ayudarla. 

Fuerzas de inteligencia rusas que pasaban por la casa finalmente la liberaron de su violador. "Después de la liberación, me enteré de que los que me hicieron esto habían atrapado a otra mujer; la violaron y la degollaron. Si no fuera por los hombres de la inteligencia rusa, no estaría viva", concluyó, en un susurro.

Un testimonio poco común. El trauma y el miedo son tales que pocas víctimas de violaciones están dispuestas a testificar, nos cuenta Larisa, una abogada que está ayudando a varias víctimas de violaciones por parte de soldados rusos. 

Cada vez son más los relatos de violaciones colectivas

Pero cada vez son más los relatos de violaciones colectivas, que se prolongan durante varios días y que a menudo implican torturas. Entre sus clientes, una madre y su hija, violadas durante varios días la una ante los ojos de la otra. Sus agresores les rompieron las manos, lo que les impidió defenderse o escapar. Un caso entre muchos, que evidencian que la violación fue sistemática, como arma de guerra, insiste la abogada.

Una guerra que perseguirá a Olga para siempre. Ahora vive sola con su dolor en su casa de la ciudad de Bucha, donde ocurrieron algunas de las atrocidades más infames que se conocen en la región de Kiev. Con voz pausada y firme, sus pálidos ojos azules contemplando lo que parece la profundidad infinita del horror, explica con calma cómo aquí su marido, que saliendo de un centro de distribución de alimentos durante la ocupación, fue encontrado 10 días después en una morgue. 

"Le rompieron el cráneo, los huesos, tenía múltiples fracturas". Desenvolviendo sus recuerdos, Olga continuó describiendo el estruendo de los disparos y las explosiones, la aterradora procesión de los tanques rusos, el terror. 

"Quiero que el mundo sepa lo que pasó"
Tetiana
Hija de una víctima

"¡Mataron, torturaron, hicieron tantas cosas horribles!", grita Olga, ocultando su rostro entre las manos. Antes de pronunciar, lenta y valientemente, mirando de nuevo a la cámara: "Dijeron que venían a liberarnos, pero ¿de quién y de qué? Nos liberaron de la vida misma. Todos los días espero que mi marido vuelva a casa del trabajo. Pero nunca volverá, nunca". Las lágrimas no sólo las derramó Olga, mientras sus palabras se ahogaban en medio de nuestro silencio.

Un silencio que Tetiana, de 20 años, no permitirá que caiga sobre lo que le ocurrió a su madre, a la que disparó entre los ojos por un francotirador ruso, delante de su hija y su marido. 

Tetiana tuvo el valor de llevarnos al lugar de la tragedia. Sin aliento, describe el disparo, la caída de su madre, la sangre que fluye sobre el asfalto. "No me puedo quedar callada", dice. "Quiero que el mundo sepa lo que pasó. Puede que algún día sepamos quién lo hizo. Y así habrá justicia".

Más de 11.000 casos de presuntos crímenes de guerra registrados

La Fiscalía General de Ucrania ha registrado hasta ahora más de 11.000 casos de presuntos crímenes de guerra cometidos por soldados rusos contra civiles ucranianos. A mi regreso de Ucrania, se habían iniciado varios procedimientos judiciales contra soldados rusos.

A medida que la guerra continúa, la siniestra lista crece día tras día. Pienso en Tetiana, Olga, Sasha, Dariya, Mykalo y todos los demás, mientras nuestro reportaje está a punto de salir al aire. 

Es, sin duda, uno de los más duros que he producido; pero transmitir sus historias tal y como nos las han contado es para ellos una cuestión de justicia.

Periodista • Maria Miret Garcia