La reinserción en España de los hijos de los soldados del Estado Islámico

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Por Laura Llach
Niños en el campamento de al-Hol que alberga a familias de miembros del grupo Estado Islámico
Niños en el campamento de al-Hol que alberga a familias de miembros del grupo Estado Islámico   -   Derechos de autor  Baderkhan Ahmad/Copyright 2021The AP. All right reserved

Casi cuatro años después de ser localizadas en un campo de refugiados para familias de yihadistas, al noreste de Siria, Luna Fernández y Yolanda Martínez aterrizaban en Madrid junto a 13 menores a su cargo.

Llegaron al aeropuerto militar de Torrejón de Ardoz durante la madrugada del pasado lunes 9 de enero. Las familias, que llevaban años pidiendo la repatriación, ni siquiera sabían cuándo sus hijas y nietos pisarían suelo español.

Fue el abogado y eurodiputado Javier Nart el que les advirtió de la hora y el lugar de llegada.

“A las familias no les permitieron ver a sus nietos, ni siquiera pudieron pasar la raya. Al parecer, los expertos determinaron que estos niños eran un riesgo para la seguridad nacional y sería peligrosísimo que pudiesen ver a sus abuelos”, relata Nart a Euronews.

“Fueron allí a darles un abrazo a sus nietos y no los dejaron entrar en el aeropuerto”, confirma el abogado de los familiares, José Luis Laso.

Solo pudieron verlos unos días más tarde, cuando los Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid, que ahora están a cargo de los menores, autorizaron la visita.

Se reunieron con ellos en el centro de acogida donde se encuentran tras la entrada en prisión provisional de sus madres, después de que prestasen declaración ante la Audiencia Nacional.

“Al final se les permitió estar un momento con sus nietos y que así ellos pudiesen ver a un familiar cercano que les daba un abrazo. Lo que más falta les hace a estos niños es tener seguridad y cariño”, afirma Laso.

44 meses en el infierno

Los maridos de Yolanda Martínez, de 37 años, y Luna Fernández, de 36, estaban vinculados a una célula de captación de yihadistas que operó en la mezquita de la M-30 de Madrid entre los años 2011 y 2014.

Las dos viajaron a Siria para formar parte del autoproclamado Estado Islámico hace aproximadamente ocho años, pero al caer en 2019 la ciudad de Baguz, los campamentos kurdos empezaron a llenarse de mujeres y niños vinculados a miembros del Estado Islámico.

Tras años con el proceso de repatriación paralizado debido a las peticiones de “prudencia” por parte del Gobierno español, Yolanda ha vuelto al país con sus cuatro hijos y Luna con nueve menores a su cargo, de los cuales cuatro son de otras madres.

Poco se conoce sobre el destino de estos 13 chicos ya que, tanto desde el Área de Menores de la Fiscalía General del Estado, como el área de servicios sociales de la Comunidad de Madrid, al ser contactados por este medio, han asegurado que no pueden dar información sobre el proceso a seguir para proteger a los menores.

Lo que sí se sabe es que se inicia un camino que no será corto. Se encuentran ante dos posibilidades, o bien pueden seguir en su ámbito familiar, pero con apoyo de los servicios sociales, o se establece una situación de desamparo, y no pueden vivir en casa al no existir un “representante legal”.

La Fiscalía es parte de todo este proceso, siguiendo la evolución de los niños y elaborando informes y los expertos hablan sobre cómo el Estado hará frente a su inserción y desradicalización.

“Lo lógico habría sido que una vez establecida la repatriación, hubiesen hablado previamente con las familias para evaluar las condiciones y si pueden hacerse cargo de los menores. El acogimiento por parte de servicios sociales tendría que haber sido la última instancia cuando no hay acogimiento familiar”, señala Nart.

Una situación inédita

Hay varios factores que complican el proceso de inserción de estos niños. Lo primero es que España no tiene experiencia previa repatriando a menores que han vivido bajo el yugo del grupo Estado Islámico y es la primera vez que se enfrenta a una realidad así.

Mientras que otros países europeos ya habían traído de vuelta a decenas o incluso centenares de menores de Siria, España tenía un número muy reducido ahí. El lunes pasado repatrió al grueso de los que tenía: de los 17 que había en Siria, solo quedan cuatro.

“España todavía no ha tenido la oportunidad de aprender a partir de su propia experiencia, por eso está haciendo lo que conoce”, sostiene Álvaro Vicente, investigador sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global del Real Instituto Elcano.

Y lo que conoce viene del proceso que han seguido otros países europeos. El investigador cuenta que Francia, por ejemplo, separaba a las madres de los hijos directamente en Siria o nada más llegaban a territorio galo y les pedían en el avión que les explicaran a los menores lo que se iban a encontrar al llegar.

“Estos menores se enfrentan a la necesidad de crear vínculos por primera vez. Hay algunos que no han visto antes a su familia extensa. Entiendo que lo que harán las autoridades, y lo que ha ocurrido en otros países, es una evaluación continua de cómo estos menores se van integrando y cómo avanzan en su rendimiento académico”, asegura Vicente.

Las edades de los niños es el segundo factor a tener en cuenta. Hablamos de un grupo de 13 menores con edades y situaciones muy distintas. Desde los cuatro o cinco años -no se conoce la edad exacta de aquellos que nacieron en el califato- hasta los 15. Algunos nacidos en España, mientras que otros pisarán el país por primera vez.

“Todos los que han vivido bajo la arquitectura del Estado Islámico han sido testigos de una realidad execrable, muy difícil de imaginar para cualquier persona”, señala Manuel Gazapo, experto en Seguridad, Doctor en Relaciones Internacionales y director institucional de Universae.

“Muchos de los grandes psicólogos que trabajan a día de hoy en procesos de radicalización ven con gran preocupación el trabajo que van a tener que hacer con estos niños”, añade.

¿Una posible radicalización?

Según cuenta el experto del Real Instituto ElCano, Madrid es uno de los pocos casos a nivel europeo que desde la Agencia para la Reeducación y Reinserción del menor infractor, ha creado una herramienta propia, adaptada a menores, para detectar indicadores de radicalización.

“Esto es sencillamente una herramienta que permite a los profesionales hacerse una idea muy general de si alguien presenta indicadores compatibles con la radicalización”, asegura.

Para ambos investigadores a la hora de evaluar una posible radicalización la edad es un factor clave, ya que en Francia, por ejemplo, si un menor tiene menos de seis años, se entiende que el riesgo es muy bajo.

“Ahora, cuando hablamos de edades más adultas, sobre todo aquellos menores que tienen una edad en la que es posible que fuesen entrenados militarmente, sería lógico aplicar un mayor seguimiento y supervisión, para ver si en el futuro pudieran dar algún indicador de conducta que sea compatible con la radicalización”, sostiene Vicente.

“El proceso de reinserción de estos menores va a depender en gran medida de lo que analicen, indiquen y prescriban los expertos que trabajan con la Audiencia Nacional”, añade Gazapo.

“Estamos hablando ya no solo de abogados, jueces y policías, sino también de expertos del ámbito de la psicología y la psiquiatría, así como mediadores sociales que puedan colaborar de forma conjunta”, zanja.

Según el experto en Seguridad y Relaciones Internacionales, el modelo que se ha seguido para reinsertar a niños que han tenido la desgracia de vivir inmersos en el mundo del crimen organizado, u otras situaciones, podría servir de ejemplo.

Sostiene que habrá que plantear un enfoque especial para cada una de las circunstancias de estos menores.

Sin embargo, tal y como apunta Vicente, la experiencia de otros países europeos que repatriaron hace varios años, y que ya tienen cierto recorrido, indica que la mayoría de menores no tienen ningún problema para integrarse en sus comunidades locales y no manifiestan indicadores de radicalización.