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Salvar estas aves es un deber en Nueva Zelanda, la cosecha de bayas da esperanza al kakapo

Kohengi permanece sobre sus tres huevos en Anchor Island, Pukenui, Nueva Zelanda, el tres de febrero de 2026.
Kohengi descansa con sus tres huevos en la isla Anchor, Pukenui, Nueva Zelanda, el 3 de febrero de 2026. Derechos de autor  Andrew Digby/Dept. of Conservation, New Zealand via AP
Derechos de autor Andrew Digby/Dept. of Conservation, New Zealand via AP
Por Charlotte Graham-McLay con AP
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«No tenemos la Torre Eiffel ni las pirámides, pero sí tenemos kakapos», afirma Deidre Vercoe, del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda.

La única especie de loro incapaz de volar del mundo se consideró durante mucho tiempo condenada por diseño. El kakapo es demasiado pesado, demasiado lento y, para qué negarlo, demasiado apetitoso para sobrevivir rodeado de depredadores, y afronta la reproducción con una actitud descaradamente relajada.

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Pero el destino de esta ave nocturna y esquiva, originaria de Nueva Zelanda, se inclina por fin hacia la supervivencia gracias a una insólita campaña de conservación que ha logrado hacer pasar la población de 50 a más de 200 ejemplares en tres décadas.

Este año, una cosecha excepcional de las bayas favoritas de este extraño loro ha desatado un inusual entusiasmo por el apareamiento, y quienes trabajan para salvar a las aves confían en lograr en febrero un número récord de polluelos, lo que acercaría al kakapo a desafiar la que hasta hace poco se consideraba una extinción segura.

Los kakapos viven en tres pequeñas y remotas islas frente a la costa sur de Nueva Zelanda y es muy difícil verlos en libertad. Esta temporada de cría ha catapultado a una de estas aves a la fama en internet gracias a un vídeo en directo (fuente en inglés) de su nido subterráneo, donde su polluelo nació el martes.

Un miembro del Departamento de Conservación sostiene a los polluelos de kakapo Tiwhiri A1 y Tiwhiri A2 en la isla Anchor Pukenui, Nueva Zelanda, febrero de 2026.
Un miembro del Departamento de Conservación sostiene a los polluelos de kakapo Tiwhiri A1 y Tiwhiri A2 en la isla Anchor Pukenui, Nueva Zelanda, febrero de 2026. Dept. of Conservation, New Zealand via AP

Loros olorosos del tamaño de un gato pequeño

El kakapo es una criatura majestuosa que puede vivir entre 60 y 80 años, aunque su aspecto es, sin duda, de lo más extraño.

Las aves pueden llegar a pesar más de tres kilos. Tienen caras de búho, bigotes y un plumaje moteado verde, amarillo y negro que imita la luz salpicada en el suelo del bosque.

Es ahí donde vive este loro incapaz de volar, lo que ha complicado su supervivencia.

"Los kakapos también tienen un olor muy intenso", explica Deidre Vercoe, responsable de operaciones del programa de kakapos del Departamento de Conservación. "Huelen muy almizclados y afrutados, es un olor maravilloso".

Ese aroma penetrante fue una mala noticia para los loros cuando los humanos llegaron a Nueva Zelanda hace cientos de años. La introducción de ratas, perros, gatos y armiños, junto a la caza por parte de las personas y la destrucción de los bosques autóctonos, llevó a las especies de aves no voladoras del país, entre ellas el kakapo, al borde de la extinción o a su desaparición total.

En 1974 no se conocía ya ningún kakapo. Sin embargo, los conservacionistas siguieron buscando y, a finales de la década de 1970, se descubrió una nueva población de estas aves.

Revertir su destino no ha sido sencillo.

Un miembro del Departamento de Conservación comprueba el tamaño de un huevo de kakapo en la isla Whenua Hou, Nueva Zelanda, febrero de 2026.
Un miembro del Departamento de Conservación comprueba el tamaño de un huevo de kakapo en la isla Whenua Hou, Nueva Zelanda, febrero de 2026. Dept. of Conservation, New Zealand via AP

Aves que esperan años o décadas para reproducirse

Una de las razones de que la población de kakapos haya crecido tan lentamente es que su reproducción es, como todo en estas aves, peculiar. Pueden pasar años o incluso décadas entre puestas de huevos exitosas.

Solo hay temporada de cría cada dos a cuatro años, en respuesta a cosechas excepcionales de frutos de los árboles nativos de rimu, los preferidos por estos loros, algo que no ocurría desde 2022. Los polluelos necesitan disponer de una gran cantidad de alimento para sobrevivir, pero se desconoce exactamente cómo detectan los adultos que se avecina una cosecha abundante.

"Seguramente están ahí arriba, en la copa de los árboles, evaluando la fructificación", señala Vercoe. "Cuando se desarrolla una gran cosecha, de alguna manera se sintonizan con ella".

Ahí es cuando la cosa se vuelve realmente extraña. Los machos de kakapo se colocan en hoyos excavados en el suelo y emiten graves sonidos retumbantes, seguidos de unos ruidos conocidos como 'chings', que recuerdan al chirrido de unos somieres oxidados.

Un miembro del Departamento de Conservación sostiene un huevo de kakapo para su observación por trasluz en la isla Whenua Hou, Nueva Zelanda, febrero de 2026.
Un miembro del Departamento de Conservación sostiene un huevo de kakapo para su observación por trasluz en la isla Whenua Hou, Nueva Zelanda, febrero de 2026. Dept. of Conservation, New Zealand via AP

Esos profundos bramidos, que en las noches despejadas se oyen por todo el bosque, atraen a las hembras de kakapo hasta esos hoyos. Las hembras pueden poner hasta cuatro huevos y luego crían solas a los polluelos.

Desde enero, los admiradores de estas aves han podido asomarse de forma excepcional a este proceso gracias a una retransmisión en directo que muestra el nido subterráneo de Rakiura, una kakapo de 23 años, en la isla de Whenua Hou, donde ha puesto tres huevos, dos de ellos fértiles. La situación de la especie es tan precaria que los huevos se sustituyeron por réplicas falsas mientras los auténticos se incubaban en el interior.

El 24 de febrero, un técnico sustituyó los huevos falsos por el primer huevo casi a punto de eclosionar. La kakapo se mantuvo a distancia mientras se hacía el cambio, pero regresó enseguida al nido, aparentemente imperturbable. El polluelo nació poco más de una hora después. Se preveía añadir el segundo huevo real en cuestión de días.

Las aves autóctonas son muy queridas en Nueva Zelanda

Quizá lo único más extraño que el kakapo sean los esfuerzos que han hecho los neozelandeses para salvarlo. Multiplicar por cuatro la población en las últimas tres décadas ha exigido trasladarlos a tres remotas islas costeras libres de depredadores y supervisar al detalle cada uno de los emparejamientos de los loros.

"Hacemos todo lo posible para no perder más diversidad genética", afirma Vercoe. "Gestionamos eso con mucho cuidado procurando los mejores emparejamientos posibles en cada isla".

Cada ave tiene un nombre y lleva una pequeña mochila con un localizador, porque si desaparece es casi imposible encontrarla. Dado que el kakapo sigue en situación crítica de peligro, es poco probable que los esfuerzos de conservación terminen pronto, aunque los equipos que trabajan con estas aves van relajando poco a poco la gestión directa en cada temporada de cría.

Este minucioso trabajo para preservar la especie puede parecer extraño a quienes lo observan desde fuera, pero el loro es solo una de las muchas aves vivaces y singulares de un país donde las aves son las auténticas protagonistas. Los únicos mamíferos terrestres autóctonos son dos tipos de murciélago, de modo que las aves de Nueva Zelanda, que evolucionaron de forma excéntrica antes de la llegada de los humanos y de los depredadores, se han convertido en queridos símbolos nacionales.

"No tenemos la Torre Eiffel ni las pirámides, pero sí tenemos kakapos y kiwis", dice Vercoe. "Salvar a estas aves es un auténtico deber neozelandés".

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