La iniciativa para proteger al kiwi forma parte del objetivo de liberar al país insular de los depredadores introducidos para el año 2050.
El kiwi, ave nacional sagrada de Nueva Zelanda, desapareció de las colinas que rodean Wellington hace más de un siglo. Ahora, los habitantes de la capital impulsan una insólita campaña ciudadana para devolver a la ciudad a estas aves en peligro de extinción que no pueden volar.
"Forman parte de lo que somos y de nuestro sentimiento de pertenencia a este lugar", explica Paul Ward, fundador de Capital Kiwi Project, una fundación benéfica. "Pero llevan fuera de estas colinas mucho más de un siglo y, como habitantes de Wellington, decidimos que eso no estaba bien".
En una colina envuelta en niebla sobre el mar oscuro que separa las islas Norte y Sur de Nueva Zelanda, Ward y otros cruzaron unas escarpadas tierras de pastoreo a última hora de la noche del martes, cargando en silencio siete cajas a la luz tenue de linternas de luz roja. En cada una viajaba acurrucado un kiwi, incluido el ave número 250 trasladada a Wellington desde que comenzó el proyecto Capital Kiwi.
Las aves reciben una silenciosa bienvenida en sus nuevos hogares
El kiwi da a los neozelandeses el apodo con el que se les conoce a menudo. Es un ave tímida y de aspecto extraño, con alas poco desarrolladas y un hocico con bigotes.
De gran importancia espiritual para muchos neozelandeses, la imagen del kiwi aparece por todas partes, incluso en la cola de los aviones de la Fuerza Aérea del país, algo curioso para un ave sin cola que no puede volar.
Se calcula que antes de la llegada de los humanos a Nueva Zelanda había 12 millones de estas aves recorriendo el paisaje. Hoy apenas quedan unos 70.000 kiwis en todo el país y la población disminuye un 2% cada año.
En las colinas donde ahora viven y se reproducen los kiwis de Wellington, el único sonido nocturno el 28 de abril era el zumbido de los aerogeneradores. Ward y sus compañeros depositaron las cajas por parejas, las abrieron y las inclinaron con cuidado.
Algunos de los pocos presentes, que observaban en silencio, se emocionaron hasta las lágrimas. Un hombre recitó una karakia, una oración maorí.
De cada caja asomó por fin un largo pico curvado y los kiwis dieron sus primeros pasos vacilantes en el paisaje en penumbra, luego echaron a correr y desaparecieron en la oscuridad.
Los kiwis pisan por primera vez el Parlamento
Hasta esta semana había un lugar donde los kiwis nunca habían puesto una pata: el Parlamento de Nueva Zelanda. Horas antes de que los siete nuevos habitantes de Wellington fueran trasladados a su hogar en la ladera, los cuidadores los llevaron al gran salón de banquetes del Parlamento para celebrar la llegada del kiwi número 250 a la ciudad.
Diputados y escolares mostraron en susurros su entusiasmo al ver de cerca a estas aves tímidas y nocturnas, muchos por primera vez, mientras los conservacionistas acunaban a los grandes pájaros como si fueran bebés humanos, con sus nudosas patas estiradas.
"Este animal nos ha dado muchísimo como pueblo en términos de nuestra identidad", dijo Ward a la agencia Associated Press. "Queremos desafiar a nuestros dirigentes locales, a nuestros políticos, y decirles que esta es una relación que debemos honrar".
Aves raras pasan de los santuarios a la vida urbana
Nueva Zelanda alberga algunas de las especies de aves más extrañas y escasas del mundo. Algunas solo han sobrevivido gracias a programas de conservación contra todo pronóstico, en ocasiones con financiación incierta.
Hace décadas, distintas iniciativas trasladaron todos los ejemplares que quedaban de algunas especies a islas costeras libres de depredadores o a santuarios donde podían ser vigilados y protegidos, pero a los que muy pocos neozelandeses podían acceder para verlos.
Ward y su grupo tenían un sueño distinto: que el emblemático ave nacional de Nueva Zelanda pudiera prosperar junto a las personas en una capital bulliciosa, después de que la expansión humana y los depredadores introducidos hubieran acabado antes con los kiwis en la zona.
"Los lugares donde vive la gente son también los lugares a los que podemos traerlos de vuelta, porque contamos con los medios para ejercer esa tutela", afirma Ward.
Miles de trampas protegen a los kiwis de la capital
Aunque las poblaciones de kiwi sin gestión están disminuyendo, sus cifras se han disparado en santuarios de fauna salvaje cuidadosamente gestionados, hasta el punto de que algunas de estas áreas protegidas se han quedado sin espacio para ellos.
Eso ha impulsado su traslado a lugares como Wellington, donde grupos como el de Ward animan a los vecinos a acoger a sus nuevos habitantes. Según explica, los kiwis han sido avistados por ciclistas de montaña nocturnos y en las grabaciones de cámaras de seguridad de jardines en la capital.
"Viven, emiten sus llamadas y se encuentran en las colinas que rodean nuestra ciudad", señala Ward. Lograrlo ha requerido mucho trabajo. En la última década, la colaboración entre propietarios de tierras, la tribu maorí local y el proyecto Capital Kiwi ha creado una extensa zona de 24.000 hectáreas donde los kiwis pueden moverse libremente.
El área está salpicada de más de 5.000 trampas para armiños, el principal depredador de los pollos de kiwi. Por ahora, la población de Wellington registra una tasa de supervivencia de los pollos del 90%.
Nueva Zelanda aspira a quedar libre de depredadores
La iniciativa del kiwi forma parte del objetivo de Nueva Zelanda de librar al país insular de los depredadores introducidos, incluidos gatos asilvestrados, zarigüeyas, ratas y armiños, para el año 2050. Desde que un Gobierno anterior fijó esa meta en 2016 se ha debatido si es realista, pero los grupos comunitarios se han tomado el trabajo muy en serio.
Algunas zonas de Wellington están ahora completamente libres de depredadores mamíferos, salvo las mascotas, y las aves autóctonas prosperan. Voluntarios vigilan los barrios con precisión casi militar en busca de la aparición de una sola rata.
"Cuando pienso en las especies en peligro de extinción en el mundo, en la mayoría de los casos no se puede hacer gran cosa más que hacer campaña o donar dinero", afirma Michelle Impey, directora ejecutiva de Save the Kiwi. "Pero aquí tenemos un movimiento extraordinario en todo el país, en el que gente corriente se implica por iniciativa propia para hacer lo que está en su mano para proteger a una especie amenazada".