Delegados de 179 países de la Convención de la ONU sobre Desertificación cooperan con comunidades y empresas para frenar la degradación, que afecta a la mitad de la población y provoca pobreza y migraciones.
La geografía indica que el 70% de la superficie terrestre de nuestro planeta es apta para la vida humana. El resto corresponde a entornos extremos donde apenas se puede sobrevivir. Pero esa proporción está cambiando rápidamente. El 40% del suelo que la humanidad utiliza para sostenerse ya está degradado y se vuelve estéril. Debido al cambio climático, las sequías, el uso inadecuado de las tierras agrícolas y otras actividades humanas, buena parte de las zonas habitables se está convirtiendo en desierto, mientras los desiertos naturales conocidos se expanden día a día.
Esta crisis fue detectada y sus efectos descritos científicamente ya en el siglo XX. Naciones Unidas advirtió a los Estados miembros de que cada comunidad necesita tierra para sostener la vida. Sin tierra no hay alimentos y se desencadenan pobreza, migraciones y conflictos. Por eso en 1994 se aprobó la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD, por sus siglas en inglés), que entró en vigor en 1996. Cuenta con 197 Estados parte, que se reúnen con regularidad para buscar mecanismos con los que combatir la desertificación y la degradación de la tierra.
Este año Naciones Unidas encargó a Mongolia la organización de la conferencia de las partes, la COP17. Se inauguró en la capital, Ulán Bator, el 17 de agosto, con la participación de la mayoría de los Estados miembros de la UNCCD y de más de 400 organizaciones y representantes comunitarios.
Los representantes de los Estados trabajan en los planes y la financiación de la UNCCD, el único instrumento jurídicamente vinculante que aborda la degradación de la tierra. Junto a ellos, centenares de expertos del mundo académico, ONG e instituciones públicas se han reunido para intercambiar experiencias sobre la pérdida de suelos y compartir ideas y proyectos para frenar la desertificación y la degradación de la tierra.
Las razones para actuar con urgencia se resumen en cifras. Casi 3.500 millones de personas en el planeta se ven afectadas por la degradación de la tierra. Según algunas estimaciones, a los Estados y comunidades locales les cuesta 900 millones de dólares al año hacer frente al problema y evitar la pérdida de ingresos y de fuentes de alimentos.
Las sequías han aumentado en dos tercios desde el año 2000.
El agua se está convirtiendo en un recurso escaso y la demanda superará a las fuentes disponibles en un 40% para 2030.
El 85% de las personas afectadas vive en países de renta media y baja, y buena parte de las migraciones masivas tiene que ver con la falta de alimentos e ingresos provocada por la degradación de la tierra.
La historia del país anfitrión, Mongolia, donde el coste de producir una barra de pan se ha triplicado en solo la última década, se repite en todas las demás regiones participantes. Desde el inicio, los dirigentes han querido subrayar que la COP17 no trata de una preocupación medioambiental lejana, sino de un problema que ya está aquí y que empeora mes a mes.
"Este verano hemos visto en distintas partes del mundo, también en Europa, cómo la sequía interrumpió el transporte fluvial y puso bajo presión la producción de energía. Ha reducido los rendimientos agrícolas y ha provocado incendios forestales con pérdidas de vidas humanas. Hay relatos similares en regiones del planeta que nunca pensamos que se verían afectadas. El mensaje es claro, las sequías ya no son solo un problema medioambiental, no son únicamente ausencia de lluvia o una cuestión geográfica. Son un riesgo sistémico para la seguridad alimentaria e hídrica, para el comercio internacional, el suministro de energía, los medios de vida y, en definitiva, para la estabilidad y la prosperidad", afirmó la doctora Yasmin Foudh, secretaria ejecutiva de la UNCCD, en la ceremonia de apertura.
Mongolia ha sido elegida como sede de la COP17 por tres motivos. En primer lugar, quiso acogerla y presentó su candidatura hace cuatro años. En segundo lugar, está entre los países que sufren los efectos de la degradación de la tierra. En las últimas ocho décadas la temperatura media en Mongolia ha aumentado en 2ºC y las precipitaciones han disminuido de forma notable. Los vientos empiezan a arrastrar arena del desierto de Gobi sobre las llanuras mongolas hasta Corea del Sur e incluso Japón. Y, por último, el país está en primera línea de los esfuerzos globales para frenar la expansión de los desiertos.
"Mongolia, nuestro vasto país, se encuentra entre los más afectados por los desafíos a los que se enfrenta hoy el mundo. En este inmenso territorio, donde solo hay dos personas por cada kilómetro cuadrado, el 77% del país, o dicho de otro modo, ocho de cada diez pasos sobre la tierra, están afectados por la desertificación y quedan cada vez más cubiertos por las arenas que avanzan", señaló el primer ministro mongol, que recordó que desde que su país se incorporó a la Convención de la ONU de Lucha contra la Desertificación ha aplicado numerosas medidas en sus planes de desarrollo.
Al asumir la presidencia de la COP17, la ministra de Exteriores de Mongolia, Battsetseg Batmunkh, prometió el pleno compromiso de su país en la lucha contra la degradación de la tierra que sustenta el tejido de su nación nómada, una promesa respaldada por las acciones ya emprendidas.
"Hoy Mongolia contribuye a los esfuerzos globales mediante iniciativas nacionales destinadas a proteger los ecosistemas, combatir la desertificación, restaurar tierras degradadas, reforzar la seguridad alimentaria y aumentar la resiliencia de nuestra población y nuestras comunidades. El 'Billion Trees National Movement', la 'Food Revolution', 'White Gold' y 'Unlock', lanzados por el presidente y el primer ministro de Mongolia, junto con la reciente ley sobre cambio climático, son expresiones tangibles de este compromiso nacional. En el plano multilateral, Mongolia promovió la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas que declara 2026 Año Internacional de las Tierras de Pastoreo y los Pastores", explicó la ministra de Exteriores Batmunkh.
¿Cuáles son las soluciones y qué puede lograr la COP17?
No existe una única solución al problema de la desertificación, ya que cada región afronta sus propios retos de sequía, degradación de la tierra y sus consecuencias. La magnitud del gasto necesario para combatir el fenómeno, estimado en casi 6,5 billones de dólares al año, puede parecer una causa perdida e insostenible, pero no es así.
Los expertos han calculado, y el sector privado ya lo ha demostrado, que en muchos proyectos destinados a evitar que el suelo se convierta en una superficie similar a la de Marte, por cada dólar invertido se pueden recuperar entre 7 y 30. Se trata de inversiones en producción de alimentos sostenible y en proyectos verdes, todos ellos rentables.
Es una circunstancia favorable, porque permite que el capital privado se dirija a soluciones muy necesarias. Desde la creación de la UNCCD, muchos países han puesto en marcha medidas e integrado estas políticas en sus programas de desarrollo. Se han establecido fórmulas de cooperación público-privada.
"Los países ya se han comprometido a restaurar mil millones de hectáreas de aquí a 2030 y más de 70 han presentado sus planes de gestión de la sequía. Así que no partimos de cero. Más de 100 países quieren traducir sus planes sobre la tierra en proyectos concretos, proyectos invertibles con un potencial de 2.000 millones de dólares estadounidenses. Más de 300 empresas ya colaboran con nosotros aquí", explica la secretaria ejecutiva Foudh.
En la conferencia participan numerosas empresas, ya que se busca movilizar fondos privados, y solo el país anfitrión espera captar más de 1.500 millones de dólares para sus programas de reforestación, energía verde y agricultura sostenible.
Pero el impacto de las conferencias de la COP es igualmente importante en otro plano, el de la interacción entre todos los actores implicados en la lucha contra la pérdida de suelos. En esta edición, más de 500 representantes de comunidades indígenas, desde la Amazonia y África hasta las estepas asiáticas, han podido tomar la palabra, exponer sus problemas y plantear soluciones.
Con 60 organizaciones presentando sus soluciones y más de 400 eventos culturales y científicos, la COP17 también promete ser una de las más intensas y dinámicas de los últimos años durante sus 12 días de reunión.
Los organizadores esperan que más de 30.000 personas visiten el evento antes de su clausura, el 28 de agosto.