La exitosa serie de Netflix 'Emily in Paris' llegará a su fin tras su próxima sexta temporada, una decisión acertada para una ficción que hace tiempo se quedó sin nada que contar.
Vayan preparando los pañuelos y dispónganse a llorar... de alegría. Tras seis años de dramas de poca monta, clichés sobre los franceses y elecciones de vestuario más que cuestionables, Emily in Paris llegará a su fin con su sexta temporada.
Parafraseando a la icónica Dionne Warwick, parece que, por fin, "ese visado de trabajo ya ha caducado".
La última temporada, que se rueda ahora, llevará previsiblemente a Emily a Grecia y Mónaco.
Como seguidora empedernida que la ve precisamente porque la detesta, recibo con alivio la despedida de nuestra ejecutiva de marketing hipercompetitiva, complaciente y algo cargante.
Emily Cooper (interpretada por Lily Collins) apareció en nuestras pantallas en octubre de 2020, en pleno apogeo de la pandemia de Covid-19. Cuando la conocimos, acababa de dejar su Chicago natal para instalarse en París, donde debía aportar una mirada estadounidense a una agencia francesa de marketing.
Emily esperaba encontrar realización profesional en su nueva ciudad y, quizá, el amor.
Creada por Darren Star, la serie llegó a 58 millones de hogares en su primer mes.
Su estreno cosechó críticas dispares al comprobarse que carecía del ingenio y el humor de la niña bonita de Star, 'Sex and the City'.
Los críticos lamentaron la representación estereotipada de los franceses y los parisinos, retratados como vagos, permanentemente seductores y reacios a la monogamia.
El público francés también ridiculizó la visión irreal de la capital y la curiosa comprensión del mapa de la ciudad... ¿Por qué París parece reducirse al quinto distrito, el Sena y Montmartre? ¿Y dónde está el metro?
A medida que avanzaban las temporadas y se desvanecía el encanto de la novedad, Emily in Paris fue derivando en lo que solo puede describirse como un esperpento capitalista vacío y superficial.
Las tramas, por ejemplo, dejaron de tener sentido. Cuando quedó claro que Emily no iba a regresar a Estados Unidos en mucho tiempo, la serie perdió su razón de ser.
Su etapa como 'influencer', que era una parte fundamental del personaje en la primera temporada, se esfumó sin más.
Su relación de tira y afloja con el chef vecino Gabriel no hacía más que dar vueltas sobre sí misma.
El actor Lucas Bravo, que interpreta a Gabriel, asegura que su personaje se ha ido "convirtiendo poco a poco en guacamole" y ha descrito las decisiones narrativas de la serie como "muchos suflés".
"Cualquier cosa que podría salirse de la carretera se reconduce con cuidado", declaró a 'IndieWire' en 2024. "Falta riesgo".
Netflix hizo una gran campaña con la marcha de Emily a Roma en la cuarta temporada. Incluso el presidente francés Emmanuel Macron, cuya esposa Brigitte hizo un cameo en el programa, pidió encarecidamente que se quedara en Francia.
Pero no hacía falta rasgarse las vestiduras. Emily se fue a Roma y regresó a París media temporada después, prácticamente igual.
El aspecto más desconcertante de toda esta serie es quizá el hecho de que, a lo largo de cinco temporadas, su protagonista haya experimentado una asombrosa falta de evolución personal.
La confusa línea temporal de la ficción no hace sino acentuarlo. No está nada claro cuánto tiempo lleva Emily en París. ¿Seis meses? ¿Un año? Los personajes evolucionan en una eterna atmósfera de verano que casi lleva a pensar que estamos viendo una nueva versión de 'Groundhog Day'.
Un puñado de secundarios ha conseguido salvar en parte la experiencia. Ahí está Mindy (Ashley Park), la ingeniosa compañera de piso de Emily, una aspirante a cantante de Shanghái distanciada de su acaudalado padre. Los compañeros de marketing Luc y Julien (Bruno Gouery y Samuel Arnold) forman un peculiar dúo cómico. Y, por supuesto, está la jefa de Emily, Sylvie (Philippine Leroy-Beaulieu), sin complejos y a menudo ensalzada como la auténtica estrella de la serie.
En sus mejores momentos, la caótica mezcla de acentos franceses cerrados y modelitos que desafían el buen gusto roza lo casi 'camp'. Pero la mayoría de las veces, Emily in Paris se percibe simplemente como una operación para hacer caja. McDonald's, Ami Paris, Fendi, Intimissimi... Marcas ficticias y reales dominan las tramas sin aportar ni una pizca de discurso reflexivo.
Incapaz de conmovernos, ni siquiera de entretenernos de forma mínimamente digna, la serie sí ha sobresalido en algo, en intentar vendernos productos sin descanso.
Hay algo bastante sombrío y cínico en sentarse a ver una comedia romántico-dramática inofensiva y acabar frente a una "valla publicitaria gigante", en palabras de 'GQ France'.
Mientras Emily se prepara para despedirse, quizá eche de menos discutir con mis amigos sobre tramas disparatadas. Pero se me pasará. El mundo será un lugar mejor sin ella.