La semana pasada, la tensión llegó a un punto de ruptura cuando la Policía antiterrorista húngara asaltó un convoy de un banco estatal ucraniano que transportaba dinero en efectivo y oro. En respuesta, Kiev acusó a Budapest de tomar como rehenes a sus ciudadanos. Pero, ¿cómo hemos llegado aquí?
Como dice la vieja regla de Hollywood, atribuida a Alfred Hitchcock, un buen thriller empieza con una explosión, seguida de un aumento de la tensión. En la actual crisis entre Hungría y Ucrania, la explosión ha sido literalmente un oleoducto.
Desde finales de enero, el oleoducto Druzhba no funciona. Kiev culpa a Moscú de la explosión, que ha interrumpido el suministro de petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia. Budapest, por su parte, acusa a Kiev de aprovecharse de la interrupción y bloquea un importante préstamo de 90.000 millones de euros de la UE a Ucrania.
Pero la escalada no se detiene en los vetos financieros. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, prometió romper el bloqueo petrolero por la fuerza, aunque no explicó cómo. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, respondió sugiriendo que daría a las tropas ucranianas el número de teléfono de Orbán. Budapest condenó el comentario como una amenaza de muerte.
Pero el panorama es más amplio. Ambos líderes se enfrentan a unos plazos brutales que vencen en abril. Si el préstamo a Ucrania no se desbloquea a principios de abril, Ucrania se quedará sin dinero y se enfrentará a recortes devastadores en los servicios públicos.
Mientras tanto, Orbán se enfrenta a unas elecciones clave el 12 de abril, y oponerse a Kiev es su estrategia para ganar.
Por ello, la UE se apresura a romper el veto y entregar el dinero antes de que Ucrania se arruine, al tiempo que intenta no parecer que está eligiendo un bando en Hungría.
Encontrar ese equilibrio es realmente difícil cuando este thriller político se acerca a su punto de ruptura, así que respire hondo, porque la escena final está a punto de empezar.