El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de Chernóbil explotó y dispersó material radiactivo por media Europa. La Península Ibérica quedó al margen. No fue suerte: fue la atmósfera y la evolución de corrientes de viento.
Eran poco más de la una de la madrugada cuando el reactor número 4 de la central nuclear Vladímir Illich Lenin, a menos de tres kilómetros de la ciudad ucraniana de Prípiat, reventó.
La columna de material radiactivo superó los 1.500 metros de altura. En los días siguientes, los contaminantes viajaron por buena parte del hemisferio norte: desde Escandinavia hasta las islas británicas, desde el centro de Europa hasta el Mediterráneo oriental, Turquía y Egipto.
Cuarenta años después del peor accidente nuclear de la historia civil, los análisis meteorológicos permiten reconstruir, paso a paso, por qué algunas regiones resultaron intactas y otras quedaron marcadas durante décadas.
El viento que apuntaba al norte
En las primeras horas tras el accidente, la dinámica atmosférica jugó un papel decisivo. A mediodía del 26 de abril, una dorsal de altas presiones se extendía desde la zona de Chernóbil hacia Escandinavia.
Los vientos en torno a 1.700 metros de altitud transportaban los contaminantes en esa dirección. Europa del Norte, Bielorrusia y las repúblicas bálticas fueron las primeras en recibir el impacto.
Tres días después, el patrón cambió. El 29 de abril, una zona de bajas presiones en el Mediterráneo y una nueva dorsal que penetraba desde Portugal hicieron girar el viento hacia el centro de Europa. Por un momento, la trayectoria apuntaba directamente a la península ibérica.
El giro que lo cambió todo
Lo que parecía inevitable no llegó a ocurrir. Entre el 1 y el 2 de mayo, la configuración de ondas en la atmósfera volvió a reorganizarse. Una vaguada se instaló sobre Europa Occidental. Los vientos del sur desviaron la nube radiactiva hacia Gran Bretaña.
Al mismo tiempo, una dorsal que se había formado sobre Portugal se reforzó y se desplazó hacia el interior del continente, dirigiendo las emisiones de Chernóbil hacia el sur: Italia, Rumanía, los Balcanes, Grecia, Turquía y el Cáucaso concentraron entonces la mayor parte de la contaminación durante los días siguientes.
Esta configuración se mantuvo estable al menos hasta el 5 de mayo, lo que convirtió a esas regiones mediterráneas del este en las más afectadas de ese período.
La dispersión de los contaminantes de Chernóbil no siguió una lógica de distancias ni de fronteras. Obedeció a las ondas atmosféricas: dorsales y vaguadas que organizan los flujos de viento en capas medias y altas de la troposfera. La península ibérica no escapó porque estuviera lejos del foco. Escapó porque, en el momento crítico, el viento soplaba en otra dirección.
El episodio ilustra algo que los meteorólogos saben bien y que el público tiende a olvidar: los fenómenos atmosféricos no respetan la geografía política. Como demostró Chernóbil, la misma corriente que determina si una semana será lluviosa o seca puede decidir, en circunstancias extremas, qué territorios quedan expuestos a una catástrofe y cuáles no.