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Día de Europa: Los altibajos de la relación de 40 años entre España y la Unión Europea

Día de Europa, 40 años de la entrada de España a la UE
Día de Europa, 40 años de la entrada de España a la UE Derechos de autor  Canva - Jesús Maturana
Derechos de autor Canva - Jesús Maturana
Por Jesús Maturana
Publicado Ultima actualización
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En la madrugada del 1 de enero de 1986, España cruzó un umbral que transformaría su destino. La adhesión a la Comunidad Económica Europea, firmada el 12 de junio de 1985 junto a Portugal, pero efectiva desde ese primer día del año, no fue un mero trámite diplomático.

La España que llamó a las puertas de Europa hace 40 años era un país que acababa de salir de 40 años de dictadura. La Transición democrática, frágil todavía en algunos aspectos, encontró en la integración europea un ancla institucional, una garantía de que las libertades conquistadas no serían reversibles.

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Felipe González, que había solicitado el ingreso como líder de la oposición socialista en 1977 y que ahora gobernaba como presidente del Gobierno, lo entendía con claridad: entrar en Europa no era solo cuestión económica. Era una declaración de identidad política. España volvía a la comunidad de naciones democráticas de la que el franquismo la había excluido.

Los datos de aquella España de 1986 ilustran lo lejos que quedaba el punto de partida: la renta per cápita rondaba los 7.300 euros, la esperanza de vida era de 76 años y la población no alcanzaba los 38 millones de habitantes.

Las exportaciones representaban apenas el 4,9% del PIB y las infraestructuras mostraban décadas de retraso respecto a los estándares europeos. 40 años después, la renta per cápita supera los 31.000 euros, la esperanza de vida alcanza los 84 años y las exportaciones han escalado hasta el 34% del PIB. Ninguna de estas transformaciones es ajena a la pertenencia europea.

Los primeros años: la apertura y el choque

Los primeros compases de la integración no fueron sencillos. España tuvo que afrontar la apertura brusca de su mercado a la competencia europea, lo que desató tensiones en sectores enteros de la economía, especialmente en la industria y la agricultura.

La Política Agraria Común (PAC) reconfiguró de raíz el campo español, forzando reconversiones dolorosas pero también abriendo nuevos mercados para los productos mediterráneos. El aceite de oliva, la fruta, el vino: la agricultura española encontró en Europa un escenario de expansión impensable hasta entonces.

Al mismo tiempo, los fondos estructurales europeos comenzaron a fluir hacia un país que los necesitaba urgentemente. Las autovías que hoy conectan la Península, los trenes que atraviesan el territorio, los puertos modernizados, los sistemas de telecomunicaciones: todo ello se construyó en buena medida con el respaldo financiero de Bruselas.

En cuatro décadas, España ha recibido más de 185.000 millones de euros en fondos europeos destinados a infraestructuras, empleo, innovación y desarrollo regional. Sin esa inyección, la modernización hubiera tardado generaciones más.

Un símbolo inesperado de aquellos años iniciales fue el programa Erasmus, lanzado por la Comunidad Europea en 1987. Lo que comenzó como una iniciativa modesta para el intercambio universitario se convirtió con el tiempo en la experiencia definitoria de una generación.

España se convirtió en el país que más estudiantes Erasmus recibe en toda Europa, y más de 1,6 millones de españoles han disfrutado del programa a lo largo de estas cuatro décadas. Para muchos jóvenes, Erasmus no fue solo un semestre en el extranjero: fue la primera vez que se sintieron europeos de verdad.

Maastricht y el sueño de la moneda única

El año 1992 marcó un punto de inflexión para toda Europa, y España no fue ajena a su trascendencia. La firma del Tratado de la Unión Europea en Maastricht transformó la Comunidad Económica Europea en la Unión Europea propiamente dicha, y abrió el camino hacia la moneda única.

Para España, Maastricht significó además asumir compromisos de convergencia económica que obligaron a reformas profundas: control del déficit, contención de la inflación, disciplina presupuestaria. Era el precio de sentarse en la mesa de los grandes.

En paralelo, 1995 trajo otra de las grandes conquistas del proyecto europeo: la entrada en vigor del Acuerdo de Schengen en España, junto a Alemania, Francia, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y Portugal.

Por primera vez en la historia moderna, los ciudadanos podían cruzar las fronteras interiores de Europa sin mostrar el pasaporte. El espacio Schengen no era solo una comodidad para los turistas; era la materialización física de una idea: que en Europa, la movilidad de las personas era un derecho, no un privilegio.

Y luego llegó el euro. El 1 de enero de 1999, España se convirtió en uno de los once países fundadores de la zona euro, adoptando la moneda única para las transacciones financieras y comerciales.

El 1 de enero de 2002, los billetes y monedas llegaron a los bolsillos de los ciudadanos y la peseta desapareció para siempre. Fue un momento cargado de emoción y también de cierta melancolía: se abandonaba la peseta, una moneda con siglos de historia, pero se ganaba algo más grande, la sensación de compartir destino económico con cientos de millones de europeos.

Curiosamente, fue en una cumbre celebrada en Madrid, en diciembre de 1995, donde los líderes europeos dieron nombre definitivo a esa nueva moneda: euro.

Liderazgo institucional en 5 ocasiones

A lo largo de estos 40 años, España no se limitó a beneficiarse del proyecto europeo: también contribuyó activamente a construirlo. Desde 1986, el país ha ejercido la Presidencia del Consejo de la Unión Europea en cinco ocasiones,la más reciente en el segundo semestre de 2023, bajo el lema "Europa, más cerca", lo que lo convierte en uno de los Estados miembros más comprometidos con el impulso institucional de la Unión.

Tres presidentes del Parlamento Europeo y nueve comisarios europeos han sido españoles a lo largo de estas cuatro décadas, una presencia que refleja el peso creciente de España en la arquitectura política continental.

España también ha contribuido a diseñar algunas de las políticas más importantes de la UE. Fue protagonista en el desarrollo de la política de cohesión y en el impulso de la dimensión social europea.

Contribuyó decisivamente a incluir en el Tratado de Ámsterdam un mecanismo sancionador para los Estados que incumplieran los valores fundamentales de la Unión. Y ejerció durante décadas un papel singular como puente entre Europa e Iberoamérica, aprovechando los vínculos históricos, culturales y lingüísticos con América Latina para enriquecer la proyección exterior de la UE.

La gran crisis y la prueba del euro

Los años de la Gran Recesión pusieron a prueba, de forma brutal, la solidez del proyecto europeo y la resistencia de España. La crisis financiera de 2008 desencadenó en el país una recesión devastadora: el desempleo llegó a superar el 26% en 2013, la construcción se hundió y el sistema financiero tuvo que ser rescatado parcialmente con fondos europeos.

Las políticas de austeridad impuestas desde Bruselas generaron un profundo malestar social y alimentaron el escepticismo europeo entre capas de la población que habían sufrido duramente los recortes.

Sin embargo, España no abandonó el euro ni el proyecto europeo. Apostó por la reforma y la recuperación dentro del marco comunitario, y a partir de 2014 comenzó un ciclo de crecimiento que fue de los más intensos de la eurozona. La crisis, con todo su dolor, terminó por demostrar también que la pertenencia a la UE ofrecía una red de seguridad que habría sido inimaginable en solitario.

El rescate bancario coordinado por las instituciones europeas, los mecanismos de solidaridad financiera, el acceso a mercados de capital respaldados por el Banco Central Europeo: sin Europa, la recaída podría haber sido mucho más grave.

La pandemia y los fondos NextGenerationEU

Si la crisis de 2008 fue una prueba de resistencia, la pandemia de COVID-19 en 2020 fue algo diferente: una demostración de que la solidaridad europea podía evolucionar hacia formas nuevas y más ambiciosas.

Por primera vez en la historia de la integración europea, la Unión se endeudó de manera conjunta para financiar la recuperación de sus Estados miembros. Los fondos NextGenerationEU pusieron a disposición de España más de 140.000 millones de euros en transferencias y préstamos, la mayor inyección de recursos europeos en la historia del país.

La pandemia fue también un recordatorio de que la solidaridad europea, cuando funciona, es un activo extraordinario. La coordinación en la compra de vacunas, el certificado COVID europeo que permitió recuperar la movilidad, la respuesta conjunta ante una amenaza sin precedentes: todo ello mostró a los ciudadanos europeos, incluidos los españoles, que el proyecto comunitario no era solo un mercado, sino también una comunidad de destino.

40 años de transformación

Los números cuentan una historia poderosa. Las exportaciones españolas de mercancías pasaron de 12.600 millones de euros en 1986 a 141.500 millones en 2024. El PIB real ha crecido más de un 100% desde la adhesión. La esperanza de vida ha ganado ocho años en las últimas 4 décadas.

La población ha aumentado en más de 10 millones de habitantes, en buena parte gracias a la inmigración que la prosperidad europea hizo posible. Y más de 1,4 millones de jóvenes españoles se han beneficiado del programa de Garantía Juvenil europeo para acceder al empleo.

El presidente de España, Pedro Sánchez, ha felicitado el día a todos en su cuenta de x.com destacando que la Unión Europea es el hogar y el futuro de los españoles así como su privilegio y su responsalibilidad.

Los desafíos de los próximos 40 años

El aniversario no es solo ocasión para la celebración. Es también momento para la reflexión honesta sobre lo que queda por construir. Las desigualdades territoriales entre comunidades autónomas siguen siendo notables.

La transición climática, el envejecimiento de la población, la transformación digital y los flujos migratorios plantean retos que ningún país puede afrontar en solitario. La invasión rusa de Ucrania ha reconfigurado el mapa de seguridad de Europa y obliga a España a repensar su contribución a la Defensa común tal y como hemos visto también con la guerra de EE.UU. en Irán y su amenaza a bases europeas.

Las nuevas generaciones, que han crecido sin conocer otra realidad que la europea, exigen que la Unión responda con más eficacia a estos desafíos. Para ellos, Europa no es una conquista histórica que defender, sino un punto de partida que mejorar. Esa exigencia, lejos de ser una amenaza para el proyecto, es quizás su mejor garantía de futuro.

Cuatro décadas después de aquella madrugada de enero de 1986, la pertenencia europea es para el país una realidad tan asumida que resulta difícil imaginar a España fuera de ella.

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