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Qué es un megaincendio: así son los fuegos de sexta generación como el de Almería

Imagen de un incendio en 2025 cerca de Rebordondo, en Orense.
Imagen de un incendio en 2025 cerca de Rebordondo, en Orense. Derechos de autor  AP Photo
Derechos de autor AP Photo
Por Cristian Caraballo
Publicado última actualización
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El término megaincendio, o incendio de sexta generación, define los fuegos que alteran su propia meteorología y superan la capacidad de los servicios de extinción, un fenómeno cada vez más citado en incendios como el de Almería.

El incendio de Los Gallardos, en Almería, ha devuelto a la conversación pública un término que hasta hace pocos años solo manejaban los bomberos forestales: megaincendio, o incendio de sexta generación.

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Varios análisis sobre la tragedia han descrito el comportamiento del fuego con los rasgos propios de esta categoría: un fuego de sexta generación consume todo el oxígeno disponible y expulsa monóxido de carbono y cianuro de hidrógeno, mientras el humo espeso reduce la visibilidad a cero en cuestión de segundos. Pero, ¿qué significa exactamente que un incendio sea de sexta generación? ¿Y por qué, según los expertos, apenas hay forma de detenerlo una vez arranca?

¿Qué es exactamente un megaincendio?

Si bien es cierto que no existe una definición concreta y cerrada, sí que existe consenso: son incendios que son extremos ya sea por tamaño, comportamiento o impacto. No todos los grandes incendios llegan a esta categoría; solo lo hacen unos pocos, y la comunidad científica todavía no se pone de acuerdo en cuándo ocurre exactamente.

Lo que sí distingue a un megaincendio de un simple gran incendio es su capacidad para modificar las condiciones meteorológicas de su propio entorno, generando pirocúmulos, columnas de humo y calor, que pueden derivar en auténticas tormentas de fuego.

Las seis generaciones de fuego

El concepto de "generaciones" no lo inventó ningún periodista: lo desarrolló Marta Miralles y Marc Castellnou, quienes presentaron esta idea en 2005 como herramienta de planificación y adaptación ante incendios con características y retos nuevos, desde su puesto como analistas de incendios forestales del GRAF, la unidad de Bomberos Forestales de la Generalitat de Catalunya.

La idea era pedagógica más que científica: explicar cómo había ido cambiando el fuego a medida que se transformaba el paisaje. Del incendio de superficie de toda la vida, alimentado por rastrojo y matorral bajo, se pasó a fuegos que trepan por las copas de los árboles, después a los que lanzan focos secundarios a kilómetros de distancia, y finalmente a los que devoran pueblos enteros. La sexta generación es la última frontera de esa escalada: fuegos que fabrican su propia atmósfera y para los que ya no sirve ningún manual.

Por qué son (casi) imposibles de apagar

Ahí está la clave que separa a un megaincendio de un incendio grande cualquiera. Cuando el fuego alcanza cierta intensidad, deja de depender solo del viento o la pendiente: empieza a generar sus propias corrientes de aire, imposibles de predecir con los modelos actuales, capaces de lanzar pavesas a varios kilómetros y saltarse cortafuegos, carreteras o ríos que en cualquier otro incendio habrían servido de barrera. Ningún medio aéreo ni terrestre puede hacer gran cosa mientras dura esa fase. Solo un cambio en las condiciones meteorológicas, que amaine el viento, que suba la humedad, permite retomar el control.

Antecedentes que marcaron un antes y un después

El de Almería no es, ni mucho menos, el primero de estas características. El incendio de Pedrógão Grande, en Portugal, dejó 64 muertos en 2017, y se convirtió en referencia de lo que puede hacer un fuego de sexta generación cerca de zonas habitadas. En Chile, los incendios de Viña del Mar, Quilpué, Villa Alemana y Limache de 2024 destruyeron más de 7.000 viviendas y dejaron 137 víctimas mortales.

España tiene también su propio historial reciente, con fuegos que los especialistas han situado dentro de esta misma categoría. Dos fenómenos alimentan esta escalada, según coinciden distintos expertos forestales. Por un lado, el cambio climático, que multiplica los episodios de calor extremo y sequía prolongada y seca antes, y con más fuerza, la vegetación.

Por otro, el abandono del medio rural: sin pastoreo, sin aprovechamiento de la madera y sin la gestión tradicional del monte, la biomasa se acumula durante décadas y queda lista para arder en cuanto salta la primera chispa. La ecuación no tiene visos de revertirse a corto plazo: cada verano habrá más días de riesgo extremo, y con ellos, más ocasiones para que un incendio cruce la línea que lo convierte en megaincendio.

ARCHIVO: Unos bomberos se afanan en apagar un fuego
ARCHIVO: Unos bomberos se afanan en apagar un fuego Copyright 2025 The Associated Press. All rights reserved.

Los Gallardos, radiografía de un incendio de sexta generación

Todo lo anterior deja de ser teoría en cuanto se mira de cerca lo ocurrido en Almería. El origen, según la principal hipótesis que manejan las autoridades, fue un cable de tendido eléctrico caído junto a la N-340A, en el término de Antas: una chispa mínima sobre una masa forestal reseca por semanas de calor extremo. A partir de ahí, el viento y la topografía hicieron el resto. Bédar y Los Gallardos son terreno de barrancos, ramblas y cortijos dispersos, el tipo de relieve que un fuego de sexta generación aprovecha para avanzar más rápido de lo que cualquier persona, o cualquier coche, puede circular por un camino de tierra.

Ahí está la clave de la tragedia: la carretera principal de salida de Bédar quedó bloqueada por el humo, obligando a improvisar rutas de evacuación hacia Lubrín. Varias víctimas murieron dentro de sus propios vehículos o a escasos metros de ellos, atrapadas al intentar escapar por caminos no coordinados con los servicios de emergencia.

Es exactamente el escenario que describen los expertos cuando hablan de la trampa del coche: un fuego de sexta generación puede rodear un vehículo con temperaturas de 800 grados, consumir el oxígeno disponible y llenar el aire de monóxido de carbono y cianuro de hidrógeno en cuestión de segundos, mucho antes de que el conductor entienda lo que está pasando.

A la virulencia del fuego se sumó otro factor propio de estos episodios extremos: la simultaneidad. Mientras Almería ardía, un segundo incendio forestal obligaba a evacuar de urgencia un núcleo de Benahavís, en Málaga, con la autopista de peaje cortada. Dos frentes de máxima gravedad a la vez dividen los medios aéreos y terrestres del dispositivo de extinción justo cuando más se necesitan concentrados en un solo punto.

Según el último balance del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, el fuego de Los Gallardos mantenía este viernes 29 focos activos y al menos 286 hectáreas calcinadas, con 12 fallecidos, ocho heridos y 23 personas desaparecidas, cifras que pueden variar en las próximas horas.

Todavía es pronto para que los analistas de incendios lo cataloguen de forma oficial, pero los rasgos que ha mostrado hasta ahora, velocidad, imprevisibilidad, topografía traicionera y un comportamiento que ha desbordado el dispositivo de extinción, coinciden con el perfil de un megaincendio.

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