Según la astrobióloga Carol Oliver, aunque podría haber otras formas de vida en el universo, que nos visiten es otra cosa. En The Conversation expone tres razones científicas por las que lo ve poco probable.
La reciente decisión del Gobierno de Estados Unidos de desclasificar expedientes sobre ovnis acumulados durante décadas, unida al estreno de nuevas producciones sobre vida extraterrestre, ha reavivado la idea de que la Tierra podría haber sido visitada por seres de otros mundos.
Las encuestas de opinión muestran hasta qué punto es amplio este interés. En sondeos realizados en Australia, Estados Unidos y otros países, aproximadamente una de cada tres personas afirma creer que hay extraterrestres en la Tierra.
Sin embargo, para la astrobióloga y especialista en comunicación científica Carol Oliver, aunque es posible que existan otras formas de vida en el universo, sostener que esas formas de vida están visitando la Tierra es una afirmación muy distinta. En un artículo publicado en 'The Conversation', expone tres razones científicas de peso por las que este escenario resulta poco verosímil.
1. El espacio es tan inmenso que cuesta imaginarlo
El primer obstáculo para la idea de visitas extraterrestres son las enormes distancias entre las estrellas.
Proxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, se encuentra a unos 40 billones de kilómetros de la Tierra, una distancia que los astrónomos expresan como 4,3 años luz.
Un año luz equivale a la distancia que recorre la luz en un año; la luz viaja a unos 300.000 kilómetros por segundo.
Una de las sondas espaciales más rápidas jamás construidas, la Parker Solar Probe, alcanza unos 191 kilómetros por segundo. Aunque la cifra impresiona, apenas supone el 0,064% de la velocidad de la luz.
Oliver calcula que "a esta velocidad, llegar a Proxima Centauri llevaría unos 6.650 años".
Y eso solo para la estrella más próxima, nuestro vecindario cósmico; el resto de sistemas estelares de la galaxia se encuentran a distancias mucho mayores.
Oliver plantea la siguiente hipótesis: "Supongamos que una civilización muy avanzada consiguiera viajar a velocidades cercanas a la de la luz", y añade: "en ese caso entraría en juego otro problema descrito por la teoría de la relatividad de Einstein, la dilatación del tiempo. Según este efecto, cuanto más rápido se mueve un objeto, más despacio pasa el tiempo para él".
Un ejemplo mínimo puede observarse incluso en los astronautas. Cuando el astronauta de la NASA Scott Kelly pasó un año en la Estación Espacial Internacional, al regresar a la Tierra era unos pocos milisegundos más joven que su hermano gemelo.
Para Oliver, en una hipotética civilización extraterrestre capaz de viajar entre estrellas este efecto sería mucho mayor. Tras largos viajes a velocidades cercanas a la de la luz, al regresar a casa la tripulación podría encontrar que en su planeta de origen han pasado decenas o incluso cientos de años.
En otras palabras, esos extraterrestres volverían a su mundo como exiliados en el tiempo.
2. Los viajes interestelares exigen cantidades enormes de energía
El segundo gran obstáculo para las visitas extraterrestres es la energía.
La física indica que, a medida que aumenta la velocidad de una nave, la energía necesaria para seguir acelerándola crece de forma exponencial.
Alcanzar la velocidad de la luz requeriría, en teoría, una cantidad infinita de energía; por eso, con nuestros conocimientos actuales, se considera imposible llegar a esa velocidad.
Además, el espacio no está completamente vacío.
En el medio interestelar hay muy pocos átomos de hidrógeno y otras partículas; a velocidades normales apenas suponen un problema, pero para una nave que se desplaza casi a la velocidad de la luz se convierten en una amenaza seria.
Esas partículas pueden transformarse en radiación de alta energía, dañar los sistemas electrónicos de la nave e incluso erosionar su estructura.
Algunos físicos teóricos trabajan con escenarios de viaje más rápido que la luz, pero se trata de ideas hoy por hoy impracticables y que también exigirían cantidades extraordinarias de energía.
Oliver plantea además una pregunta lógica, cuál sería el propósito de gastar tanta energía solo para llegar a la Tierra. Si una civilización es lo bastante avanzada como para emprender viajes interestelares, es razonable pensar que también tendría capacidad para producir en su propio planeta la mayoría de los recursos presentes en la Tierra.
3. La atmósfera terrestre podría ser tóxica para los extraterrestres
El tercer obstáculo para unas hipotéticas visitas extraterrestres es la propia biología de la Tierra.
Según los científicos, la vida en la Tierra y el entorno del planeta han evolucionado juntos durante miles de millones de años.
Por ejemplo, la atmósfera rica en oxígeno que respiramos hoy se formó gracias a la actividad de cianobacterias que vivieron hace unos 2.400 millones de años.
El oxígeno, esencial para los seres humanos, podría resultar extremadamente peligroso para organismos que hayan evolucionado en otro planeta. Es un elemento muy reactivo y, en organismos con sistemas bioquímicos distintos, podría actuar como agente corrosivo o incluso como un veneno.
Oliver admite que "por supuesto, los extraterrestres podrían utilizar trajes protectores; del mismo modo, los seres humanos no podrían vivir en Marte o en la Luna sin escafandras espaciales", pero recuerda que en muchos relatos populares sobre visitas alienígenas apenas se mencionan este tipo de equipos de protección.
¿Existen realmente los extraterrestres?
Aunque resulte poco probable que los extraterrestres estén visitando la Tierra, esto no significa que no exista vida en el universo.
Hasta ahora, los científicos han descubierto unos 6.200 exoplanetas en más de 4.700 sistemas estelares.
Los investigadores consideran que en la Vía Láctea hay más de 100.000 millones de estrellas y que la mayoría podrían tener al menos un planeta.
Esto implica que el número de planetas potencialmente habitables podría ser muy elevado.
Además, la búsqueda de vida no se limita a sistemas estelares lejanos. La comunidad científica baraja la posibilidad de que haya o haya habido vida microbiana en Marte, en la luna Europa de Júpiter y en las lunas de Saturno Encélado y Titán.