En un viaje por carretera de 25 días, recorremos una costa de contrastes entre ciudades romanas, pueblos venecianos, playas de piedra, islas y carreteras que se asoman a algunos de los paisajes más espectaculares de Europa.
La autocaravana permite viajar al ritmo del paisaje y detenerse en lugares que tal vez no cabrían en un itinerario convencional. Partimos de Rovinj, en el norte de la península de Istria, con rumbo a Dubrovnik, en el extremo sur del país. Por el camino se suceden ciudades históricas, parques naturales, pueblos pesqueros, fortalezas e islas, con el Adriático como telón de fondo.
Pero viajar sobre cuatro ruedas por Croacia no siempre resulta sencillo. La carretera litoral es, en algunos tramos, estrecha y sinuosa. Además, no se puede aparcar la autocaravana en cualquier lugar: hay que recurrir a campings y zonas autorizadas, que a veces se encuentran alejadas de los centros históricos y, en ocasiones, con precios exorbitantes.
En temporada alta, especialmente en julio y agosto, el problema se acentúa. Por eso, la primavera, el principio del verano o el otoño pueden ser mejores momentos para emprender la ruta.
Istria, la Croacia más italiana
El viaje comienza en Rovinj, uno de los imprescindibles de Istria. Su centro histórico, de calles estrechas y empedradas, se levanta sobre una antigua isla y está dominado por la iglesia de Santa Eufemia. Las fachadas de colores, el puerto y las pequeñas islas que se divisan frente a la costa convierten la ciudad en una de las imágenes más reconocibles del Adriático croata.
Más al sur se encuentra Pula, en el extremo meridional de Istria. La ciudad combina aguas cristalinas con una de las grandes herencias romanas de Croacia. La Pula Arena, construida en el siglo I d. C., es uno de los seis anfiteatros romanos más grandes del mundo que aún se conservan. Sus gradas acogen hoy conciertos, festivales y espectáculos, integrando la Antigüedad en la vida cultural contemporánea.
El recorrido por Pula pasa también por el arco de los Sergios, situado en la calle principal, la puerta de Hércules y la fortaleza Kaštel. Este castillo veneciano del siglo XVII se encuentra en una posición elevada y ofrece una panorámica privilegiada del puerto y de los tejados de la ciudad.
Istria se diferencia del resto de la costa croata. La península, con una característica forma de corazón, está dividida entre Croacia, Eslovenia e Italia y mantiene una marcada influencia italiana. Sus colinas verdes, viñedos, olivares, bosques y pueblos medievales explican el sobrenombre de la Toscana del Adriático. En el interior, localidades como Motovun dominan el paisaje desde lo alto. Sin embargo, la falta de espacios adecuados para autocaravanas nos obligó a dejarla fuera del itinerario.
De la elegancia de Opatija a los lagos de Plitvice
Después de recorrer buena parte de Istria, la siguiente parada fue Opatija, muy diferente al resto de la costa. Aquí predominan las grandes villas, los hoteles históricos, los jardines y un aire de elegancia austrohúngara. Durante décadas fue uno de los destinos de descanso preferidos por la aristocracia del Imperio austrohúngaro, atraída por sus balnearios y su clima.
El Lungomare, un paseo marítimo de unos diez kilómetros, permite recorrer la costa entre villas, pequeñas calas y aguas cristalinas. Lo más recomendable es caminar sin prisa y detenerse en los distintos recovecos para darse un baño. También merece la pena llegar hasta Volosko, un antiguo pueblo pesquero con mucho encanto.
Desde Opatija se puede continuar por la carretera litoral hacia el sur, bajo las montañas de Velebit, en uno de los tramos más espectaculares del viaje. En nuestro caso optamos por la autopista para llegar hasta Nin, cerca de Zadar. Allí vuelve a cambiar el paisaje.
El pequeño casco histórico de Nin se encuentra sobre una diminuta isla rodeada de lagunas. La localidad conserva algunos de los vestigios más antiguos de la historia croata y tiene en la iglesia de la Santa Cruz, del siglo IX, uno de sus principales símbolos. Tradicionalmente se la conoce como la catedral más pequeña del mundo. Nin destaca además por sus playas de arena, sus barros medicinales y sus salinas.
En Zadar, las autocaravanas encuentran más dificultades para estacionar, pero la visita compensa. Entre restos romanos y medievales, el paseo marítimo concentra dos de sus grandes atractivos: el Órgano del Mar, que transforma el movimiento de las olas en sonidos a través de tubos instalados bajo las escaleras de piedra, y el Saludo al Sol, un círculo de paneles solares que se ilumina al anochecer.
El atardecer es la gran seña de identidad de Zadar. La frase atribuida a Alfred Hitchcock, que lo describió como el más bello del mundo, forma parte ya del relato turístico de la ciudad. Desde allí abandonamos durante un día el azul del Adriático para adentrarnos en el verde del Parque Nacional de los Lagos de Plitvice. Sus 16 lagos, escalonados a diferentes alturas y conectados por ríos y cascadas, forman uno de los paisajes naturales más impresionantes de Croacia. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, el parque es el contrapunto perfecto a la costa.
La visita se realiza por senderos y pasarelas de madera, además de barcos eléctricos y vehículos internos en algunas rutas. La gran cascada Veliki Slap alcanza unos 78 metros y es la más alta de Croacia. Aunque el color turquesa del agua y el calor invitan al baño, está prohibido bañarse en los lagos.
Šibenik, Trogir y el corazón de Dalmacia
De regreso a la costa llegamos a Šibenik, una ciudad de piedra blanca, callejuelas, escaleras y pequeñas plazas. La catedral de Santiago, declarada Patrimonio Mundial, fue construida íntegramente en piedra y presenta un singular friso con 71 cabezas humanas esculpidas, todas diferentes entre sí. A unos 50 kilómetros aparece Trogir, una pequeña ciudad-isla que parece una Dalmacia en miniatura.
Lo mejor es perderse por sus estrechas calles de piedra antes de continuar hacia Split, el corazón urbano de la región. Split creció alrededor del gigantesco palacio del emperador Diocleciano, levantado hace más de 1.700 años. Hoy, sus antiguos muros, pasadizos y dependencias forman un centro vivo donde se mezclan viviendas, tiendas, restaurantes y terrazas.
Su puerto es también una de las grandes puertas de entrada a las islas del Adriático, con ferris y catamaranes hacia Brač, Hvar, Šolta o Vis. En temporada alta, el tráfico de pasajeros es frenético y los precios de los trayectos pueden ser elevados. Croacia cuenta con más de 1.200 islas, aunque solo unas 60 están habitadas. En nuestro recorrido visitamos Korčula, Lopud y Lokrum, esta última situada frente al casco histórico de Dubrovnik y conocida por su pequeño lago salado, el Mar Muerto.
La Riviera de Makarska y la península de Pelješac
Al dejar Split, la carretera vuelve a acercarse al Adriático y comienza uno de los tramos más escénicos del viaje: la Riviera de Makarska. A un lado queda el mar; al otro, las abruptas montañas de Biokovo. La distancia entre la montaña y la costa es mínima, y las curvas ofrecen algunas de las mejores panorámicas de la ruta hacia Dubrovnik. Antes de llegar a la ciudad amurallada, nos desviamos hacia la península de Pelješac.
Ston es una de sus grandes sorpresas: una pequeña localidad protegida por una muralla que asciende por la montaña, considerada uno de los sistemas defensivos más impresionantes de Europa. La bahía de Mali Ston es famosa por sus ostras. Probarlas recién abiertas, crudas y con unas gotas de limón, es una de las experiencias gastronómicas imprescindibles de la región.
Después de una parada en la playa de Prapratno, continuamos hacia Orebić para embarcarnos rumbo a la isla de Korčula. Su casco antiguo tiene forma de espina de pez, un diseño pensado para favorecer la circulación del aire y proteger las calles de los vientos. Korčula reivindica ser el lugar de nacimiento de Marco Polo y su figura aparece por toda la ciudad. Murallas, torres y edificios de piedra recuerdan los siglos de influencia veneciana.
Antes de abandonar Pelješac, Žuljana ofrece una recompensa más tranquila: aguas transparentes, montañas y calas de ambiente mediterráneo. Una buena recomendación para disfrutar del mar: las playas croatas son, salvo excepciones, de piedra. Conviene llevar esterillas o colchonetas, como hacen los habitantes locales, y no olvidar los escarpines.
Dubrovnik, el gran final
La carretera hacia Dubrovnik marca el paso de una Croacia pausada a su principal epicentro turístico. Tras una última curva aparece la ciudad amurallada, una de las imágenes más reconocibles del Adriático.
En temporada alta, miles de visitantes recorren Stradun, la arteria principal, y se detienen en cada rincón para tomar fotografías. Las murallas, la catedral y las callejuelas del casco histórico pueden visitarse en un día, aunque dedicar tres jornadas permite hacerlo con más calma y añadir una excursión a alguna isla. Una buena opción es explorar Dubrovnik al atardecer, cuando muchos turistas ya se han marchado.
De Rovinj a Dubrovnik, Croacia cambia de rostro una y otra vez. Istria aporta su herencia italiana; Dalmacia, sus ciudades de piedra y sus islas; Plitvice, sus bosques y cascadas; y Dubrovnik, el gran escenario histórico frente al mar. Esa variedad, concentrada en una costa relativamente compacta, explica por qué Croacia compite hoy con los grandes destinos turísticos europeos y sigue ofreciendo mucho más que sol y playa.