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Siete días con los chalecos amarillos

Siete días con los chalecos amarillos

¿Qué le pasa a Francia? "Hoy las élites están matando a los franceses", gritan los manifestantes. "Tienen que dejar de tomar a la gente por idiota, que paren". Una nación construida a base de rebeliones, una vez más, llevada por la ira de su gente contra el poder.

Durante siete días de diciembre nos hemos unido en las calles al movimiento de los llamados 'chalecos amarillos' en toda Francia para tratar de entender cuáles son los agravios que han llevado a la gente al borde del abismo y para descubrir hasta dónde están dispuestos a llevar su revuelta.

Patrick puede permitirse perder el palo de su bandera, pero hay cosas que este hombre de 58 años no está dispuesto a aceptar en la Francia moderna: "Cuando vemos gente en las calles, sin hogar...hay miseria en todos lados. El coste de la vida, todo es muy caro. Los pensionistas lo sufren, es duro para todos". Los ciudadanos se dividen entre aquellos que piensan que la responsabilidad es del presidente, Emmanuel Macron, y aquellos que sostienen que el sistema es el culpable.

"Cuando vemos que nuestros políticos tienen el privilegio de permitirse trajes que cuestan 45.000 euros, que es el equivalente al salario anual de dos o tres personas tenemos el derecho a revolvernos. Nos están quitando todo. Al final nos dejan sin nada e incluso nos intentan robar. Duele", se lamenta un chaleco amarillo.

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Un grupo de amigos llega de los suburbios de París para unirse a los chalecos amarillos. El movimiento ha sacudido Francia hasta los cimientos y ha reavivado el fervor revolucionario del país. David afirma que es mucho más simple que eso; es una denuncia de las políticas del gobierno que, dice, están haciendo la vida imposible a la gente: "Todo es por el coste de la vida... Estamos asfixiados con impuestos y hartos de la injusticia social: estamos constantemente dando a los más ricos y quitando a la clase media y baja. Esto no puede seguir así".

"Ha llegado el momento"

El movimiento de los chalecos amarillos surgió a causa del aumento de los impuestos del combustible, propuesto por el Gobierno francés para impulsar a la gente a utilizar formas más limpias de energía. Pero el levantamiento social ha ido más lejos y ha incluido algunos de los sufrimientos más amargos de Francia, el resentimiento de una parte de la población que se ha sentido excluida durante demasiado tiempo.

El sábado 1 de diciembre, el tercero consecutivo, miles de personas tomaron las calles y rotondas de toda Francia diciendo: "Ha llegado el momento". Y algunos señalan que es "magnífico" porque están "luchando por nuestra libertad".

Una lucha, precisamente lo que el Gobierno intentaba evitar, volvió a estallar. París terminó envuelta en el caos, algo de lo que los manifestantes también culpan a las autoridades. "Están locos! Y ¿ellos dicen que quieren paz? ¡No estamos haciendo nada!", dice uno de ellos.

El olor del gas lacrimógeno se está convirtiendo en algo familiar en las calles francesas durante las últimas semanas. Y mientras la ciudad entera estalla, el Gobierno parece ser incapaz de recuperar el control. Pero, ¿cómo negociar con un movimiento que no tiene líder? ¿con un movimiento que no busca una afiliación política o sindical?

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REUTERS/Stephane Mahe

Al final el Gobierno francés entendió que tenía que hablar directamente con la gente. Édouard Philippe, el primer ministro de Francia, así lo indicaba: "Durante más de tres semanas, decenas de miles de franceses han expresado su rabia en las rotondas, en los peajes, cerca de las áreas comerciales o en las calles de muchas ciudades francesas. Uno tiene que ser sordo o ciego para no oírlo ni verlo. [...]Tras escuchar esta petición expresada por casi todos los representantes con los que me he reunido durante mis consultas en estos últimos días, suspendo estas medidas fiscales por un período de seis meses".

Una concesión, cualquier cosa para apagar el fuego. Sin embargo, el gesto pareció alimentar la ira del movimiento. "No pararemos porque no estamos de acuerdo con lo que Édouard Philippe dijo antes sobre congelar los impuestos. Porque en seis meses estaremos igual. Vamos a seguir aquí mañana, pasado mañana, en Navidad, en Año Nuevo, en enero, febrero, marzo, abril...", explica una manifestante.

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En una rotonda del norte del país y en carreteras de toda Francia se han hecho turnos para mantener el movimiento vivo. Estos hombres y mujeres dicen que son el verdadero rostro de Francia. El rostro de la injusticia social, de la ira, pero también de la humillación y del miedo. "Estoy en paro y tuve que volver a la casa de mis padres con 33 años. Es difícil. Tengo dos niños, estoy divorciado y tengo que pagar la pensión alimenticia. Tuve que vender nuestra casa. Ahora estoy buscando alojamiento pero como perdí mi trabajo y gano menos de 1.200 al mes con las prestaciones por desempleo es difícil encontrar algo", se lamenta un hombre.

"Los chalecos amarillos representan al pueblo y se convertirán en un partido, estoy seguro"

Las personas que han formado parte de las protestas no se conocían entre ellas antes de unirse al movimiento de los chalecos amarillos. Son enfermeras, conductores de camión, maestras y limpiadores que tienen poco en común excepto las dificultades con las que se encuentran en su vida cotidiana.

Les pedimos poder pasar tiempo con ellos para entender qué es lo que les une. "Nuestra fuerza radica precisamente en nuestra diversidad. Tenemos pensionistas, ahora estudiantes que empiezan a integrarse en el movimiento, tenemos gente que se levanta temprano para ir a trabajar. Tenemos parados, gente con minusvalías, así que 'él' tiene a la gente contra él", explica un ciudadano.

REUTERS/Pascal Rossignol

Él es Emmanuel Macron. El presidente francés es el blanco continuo de la frustración de los chalecos amarillos. "Es su arrogancia. Desde que fue elegido nos ha estado provocando. Ahora ya tiene una rodilla en el suelo y caerá", predicen.

Los chalecos amarillos quieren que el Gobierno baje los impuestos, aumente el salario mínimo y mejore sus condiciones de vida. También tienen peticiones más ambiciosas, que incluyen la renuncia de Emmanuel Macron. Para algunos, el movimiento tiene el potencial de reemplazar a los que están en el poder: "Los chalecos amarillos representan al pueblo y se convertirán en un partido, estoy seguro. Debemos escuchar a la gente. Estamos cansados de los tecnócratas que no saben lo que la gente siente. La gente que se levanta temprano, que trabaja duro o los minusválidos que no reciben ayuda. Ya hemos tenido bastante. Ahora lo que necesitamos son representantes que compartan nuestra situación".

El grupo nos ha invitado a unirnos a sus acciones. Parte de la estrategia de los chalecos amarillos es organizar "intervenciones" para dar visibilidad a su causa y burlar a las autoridades mientras tanto. Señalan que van a tomar un peaje.

"Yo participé en Mayo del 68. Y parece que vuelve a empezar"

Los chalecos amarillos tomaron su nombre por el chaleco que los conductores tienen que ponerse para que se les vea en caso de emergencia. El simbolismo es indiscutible. Aquellos que se sintieron rechazados, sin voz e invisibles son ahora el centro de atención.

Pasamos por una carretera de peaje privada por lo que el dinero no acabará en las arcas del Estado. Pero, esta noche, tienen algo más importante que hacer: demostrar que la gente está de su lado. "Estamos hartos de todos los impuestos. Hartos de un presidente que está aquí solo para ganar dinero y no se preocupa por la gente". Se dice que los chalecos amarillos cuentan con el apoyo el 70% de los franceses. "¿Ves, Macron? No nos vamos a retirar y tú al final caerás. ¡Vamos chalecos amarillos!".

Poco tiempo después, llega la policía. En cuestión de horas, el bloqueo ha terminado y los chalecos amarillos regresan al campamento, donde nadie consigue dormir mucho. Pero no parece preocuparles Su causa es lo único que les queda.

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"Esto puede continuar durante meses y meses. Estamos convencidos, no tenemos nada que perder". Daniel, también conocido como 'el abuelo', está entre los que están aquí como último recurso. Lo difícil en su vida cotidiana es "comer, por ejemplo, tener ayuda. A veces nos pasamos un euro y perdemos toda la ayuda. Voy a ser sincero, no me gusta pedir. Pretendo que parezca que todo va bien. Pero las cosas no van bien. Personalmente, me arrepiento de ser francés, me arrepiento".

Según los chalecos amarillos, la vida se ha vuelto demasiado difícil para la mayoría de la población mientras una poderosa minoría prospera. Para ellos, la revolución ha llevado mucho tiempo: "Yo participé en Mayo del 68. Y parece que vuelve a empezar, quizás sea incluso peor, quizás peor. Porque si él no se rinde, nosotros tampoco nos rendiremos".

David está de acuerdo y dice que los chalecos amarillos han perdido la confianza en el Gobierno. Nos lleva a conocer a su familia. Es parte de la razón por la que se ha unido a esta lucha. Stella, la tía de David, es una pensionista de 52 años del norte de Francia. Y también forma parte de los chalecos amarillos. Nos quiere mostrar por qué: Debe comprar los alimentos casi caducados, lo cual supone un ahorro que llega "al 50% o al 60%".

Stella también dice que no puede permitirse pagar las facturas de luz y de gas, así que casi todas las luces están apagadas y la calefacción baja. La hermana de Stella, Gigi, está también retirada. Ella tiene un trabajo extra para llegar a fin de mes: "Busco trabajo. Soy rápida, enérgica, no doy problemas. Si me contratas nunca querrás que me vaya". El tono cambia cuando Gigi nos cuenta cómo se siente estos días: "He estado deprimida. No hablo de ello con nadie, pero hoy me abriré contigo. Incluso llegué a pensar en el suicidio. Me mataría a mí misma y así al menos no tendría más problemas, te lo digo. Así que, Macron, te lo digo francamente, dimite, vete".

Por toda Francia, los chalecos amarillos nos cuentan casos que muestran que el de Gigi no es una excepción, sino la norma. Nos ponemos en marcha otra vez. En esta ocasión, nos dirigimos al oeste, en nuestro camino por intentar entender mejor qué está pasando en Francia. Los chalecos amarillos aquí están en sintonía con el resto del movimiento. "Por el malestar general: nuestras pensiones, los impuestos, Macron, este gobierno, todo, todo. He estado esperando por esto durante muchos años", asegura uno de ellos, "Esperando a que explotara, a que cambiara. Porque esto no ha empezado hoy. No es solo Macron, Macron es la última gota. Ha estado mal desde Mitterrand. Nosotros no nos vamos de vacaciones, no compramos zapatos, no llevo calcetines ni medias porque no puedo permitírmelos. No es normal, no es normal".

Hay un campamento levantado para un plazo largo. Dicen que ahora que han llegado tan lejos que no hay nada que los detenga: "Creo que se pueden conquistar cosas no solo en Francia, pero también en otros países europeos, para recordar a manifestantes que tomen el control de las calles. Porque estamos cansados de ser un pueblo oprimido".

"Con todo lo que se ha dicho, que si vamos ahí nos aplastarán la cabeza.... Obviamente todos aquí estamos preocupados"

La mañana siguiente eligen como objetivo uno de los que consideran opresores. Se trata de uno de los bancos más importantes de Francia. Está bloqueado. Les dicen al personal que se tome el día libre. Y somos testigos de los choques entre diferentes puntos de vista. Una trabajadora recrimina las consecuencias económicas de las protestas. La respuesta de una manifestante: "Entonces, ¿cómo arreglamos las cosas? Estoy sola con mi hija con 1.400 euros al mes. El día 20 me pregunto cómo puedo llenar la nevera. ¿Cree que eso es normal?".

Al final, la sentada terminó. Y llegó el momento de volver a París. Un grupo de Lorient, en el oeste de Francia, nos ha invitado a viajar con ellos hacia París aunque no saben si podrán llegar. Temen que la policía intente evitar que se unan a la manifestación, con la que los chalecos amarillos esperan lograr un punto de inflexión y dicen tener miedo: "Con todo lo que se ha dicho, que si vamos ahí nos aplastarán la cabeza.... Obviamente todos aquí estamos preocupados. Pero sabemos por qué hacemos esto y somos un grupo unido. Estaremos juntos. No venimos a romper nada, solo a ejercer nuestro derecho a manifestarnos".

REUTERS/Benoit Tessier

Hay una última muestra de apoyo de aquellos que no pueden unirse al viaje. Y ponemos rumbo a la capital francesa. Quinientos kilómetros después, hemos llegado. París se prepara para otro día de tensión, a pesar de los llamamientos del Gobierno para que los manifestantes se alejen de la cuarta protesta masiva de las últimas semanas.

Morad y sus amigos están a la vez emocionados y nerviosos. Nadie sabe con certeza cómo irán las cosas. Pero al poco tiempo, todos se dan cuenta del rumbo de los acontecimientos. Los manifestantes de los chalecos amarillos acusan a la policía de provocar los disturbios, acorralándolos y usando gases lacrimógenos y pelotas de goma contra los manifestantes pacíficos. La policía sostiene que sólo intentaba contener el movimiento.

En medio del caos una manifestante recibe el impacto de una pelota de goma. Está estable, pero en estado de shock. Los manifestantes denuncian a la policía por un invento francés. Se llama flashball y, combinado con el gas lacrimógeno, es la razón por la que la gente ha estado corriendo de un lado para otro en los Campos Elíseos. Lo que está pasando aquí es muy diferente a los que ocurrió la semana pasada. Lo único similar son esos gritos: 'Macron, dimisión, Macron debería dimitir'.

"Creo que mientras que Macron y su gobierno no nos escuchen las cosas solo irán a peor"

Mientras algunos pedían justicia social, otros aprovecharon para saquear decenas de tiendas en París. Una mancha que de alguna forma ha desacreditado el movimiento entre los franceses. Mientras que los chalecos amarillos insisten en que esa gente no formaba parte del movimiento, otros dicen que creen que solo rompiendo las reglas podrán mostrar realmente su rabia. Y hacer que el gobierno ceda: "Yo diría que esto está creciendo bastante. Creo que es más grave de lo que ocurrió la semana pasada y la tensión aumenta. Creo que mientras que Macron y su gobierno no nos escuchen las cosas solo irán a peor. No me gusta hablar de ello pero no estamos lejos de la guerra civil, es lo que está pasando. No estamos lejos de otro Mayo del 68".

Para evitar una revolución, después de casi un mes de crisis, el presidente francés, Emmanuel Macron, se vio obligado a romper su silencio. Y a ceder: "Sin duda, durante el último año y medio no hemos dado respuestas lo suficientemente fuertes y rápidas. Asumo mi parte de responsabilidad. Queremos una Francia en la que vivir con dignidad por medio del trabajo de cada uno y, en este punto, hemos ido muy lento. Quiero intervenir rápida y concretamente en esta cuestión. Pido al Gobierno y al Parlamento que hagan lo que sea necesario, para que todos puedan vivir mejor de sus trabajos, a partir de principios del año que viene. El salario mínimo aumentará cien euros al mes a principios de 2019, sin coste extra para los empleadores".

Macron mostró "profundo desagrado" en su discurso sobre los chalecos amarillos, según experto

Para algunos que veían el discurso, Macron no fue lo suficientemente lejos pero, ¿podría ser este el principio del fin para los chalecos amarillos?. "Lo que me preocupa es que algunos chalecos amarillos digan: 'Oh, genial. Hemos conseguido subir cien euros el salario mínimo, es fantástico, pararé'. Tengo miedo de que los chalecos amarillos se sientan satisfechos con estas migajas. Por mi parte, personalmente, estaré ahí en la rotonda mañana", explica una mujer.

Después de un mes en las calles, ¿pueden seguir adelante los chalecos amarillos? Y, ¿qué Francia surgirá si consiguen lo que quieren?. No está claro el futuro del movimiento. Lo que sí es seguro es que aquellos que se sentían ignorados por el poder han logrado volver a ser visibles, sumergiendo al país en algunos de sus días más oscuros.

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Fuentes adicionales • Carlos Marlasca y Marta Rodríguez