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Los blogueros chinos que desafían el relato oficial del Partido Comunista sobre el coronavirus

Un hospital de Wuhan, foco del virus
Un hospital de Wuhan, foco del virus   -   Derechos de autor  Associated Press
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Su nombre es Chen Qiushi. Es abogado, pero en los últimos años había optado por contar historias, una tarea que cualquiera puede intentar emprender, pero que en China es una labor por la que se puede pagar un alto precio.

A modo premonitorio, Chen había anunciado “¡Ni siquiera la muerte me asusta!. Así que ¿quién cree que me asusta el Partido Comunista?”. Lo había hecho en un videoblog que utilizaba para describir lo que estaba ocurriendo en Wuhan, una ciudad aislada desde hace tres semanas, con los enfermos por el coronavirus. La madrugada del pasado viernes, su madre denunció que había desaparecido y pidió ayuda para encontrarlo.

Chen ha sido el pionero de un movimiento que desafía el férreo sistema que desde el año 1949 rige el gigante asiático. El encierro obligado de cincuenta millones de personas, enclaustradas bajo cuarentena en urbes de la provincia de Hubei, ha provocado que estén “realmente ansiosas y aburridas, y sus vidas se han detenido", según explica la profesora de la Universidad Estatal de Georgia, que investiga los medios de comunicación chinos. “Es muy diferente a lo que hemos presenciado antes”, asegura.

La verdad según Pekín

Cada uno de los mensajes que circulan con millones de visitas en las redes supone un revés para el todopoderoso Partido Comunista, que intenta difundir su particular realidad. En su red de medios se muestran los esfuerzos por construir hospitales en los que atender a los enfermos, movilizar a personal sanitario o impulsar la fabricación de millones de mascarillas. Pero ocultando las consecuencias que todo eso tiene para la población. Un periodismo de servilismo que solo atiende los intereses del Gobierno.

Un amigo de Chen Qiushi también optó por no resignarse. En una trasmisión en directo por Youtube, Xu Xiaodong, un reconocido artista experto en artes marciales, detalló que el desaparecido, de 34 años, había sido puesto en cuarentena por las autoridades sin mostrar ningún síntoma de portar el coronavirus. Había pedido a las autoridades, sin ningún éxito, que ayudaran en la búsqueda.

Controversia por la muerte de un médico

La pandemia está dinamitando el control que Pekín ejerce sobre su población. El aparato tampoco pudo contener la indignación por la muerte del doctor Li Wenliang, un joven oftalmólogo que el pasado tres de enero de anticipó al desastre y advirtió de la existencia del virus. Junto a otras ocho personas, fue obligado por la policía a declarase culpable de “diseminar información falsa en internet”. El pasado jueves murió en un hospital tras haber sido contagiado, aunque, como cualquier información en China, los datos que se ofrecieron fueron confusos.

La indignación invadió a Gao Fei, un soldador que fue detenido después de criticar al presidente Xi Jinping por el brote. El fallecimiento del médico y la desaparición de Quishi son “una llamada de atención para el pueblo chino”. Él también difundió lo que vio en hospitales y farmacias, tildo las medidas del régimen de lesa humanidad y fue acusado de divulgar falsos rumores. "La razón número uno por la que nuestro gobierno no pudo controlar esto es porque siempre ocultan la verdad y bloquean la información a los ciudadanos", ha asegurado desde su ciudad natal en Hubei.

Contra esa realidad ha intentado también luchar Fang Bin, un vendedor de ropa tradicional que grabó videos de los centros hospitalarios y de bolsas de cadáveres apiladas en un minibús cuyo destino era un crematorio. También capturó imágenes de una bronca a través de una reja en su domicilio con cuatro o cinco oficiales del régimen que delata la intención de este de mantener todas las bocas selladas. "¿Por qué hay tantos de ustedes?”, les espetó Fang. "¡Si abro la puerta, me llevarán lejos!”.

Precisamente, esa fue uno de los últimos videos que publico en twitter Chen antes de su desaparición. Ahora se ha convertido para muchos en la punta de lanza de una revuelta de las que Pekín acostumbra a aplastar con puño de hierro. Tras finalizar sus estudios de abogado en 2007, limpió hoteles y trabajó como camarero y locutor, pero eligió la labor de informar. Lo hizo de forma honesta, mostrando en su cobertura de las protestas de Hong Kong también las manifestaciones a favor del Gobierno chino. "Dejar hablar a la gente no puede causar muertes", escribió en redes sociales el 28 de enero, "no dejar hablar a la gente puede causar muchas muertes". Pero esa es una forma de periodismo que Pekín no entiende.