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La controvertida ley de interrupción del embarazo que divide a Polonia

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La controvertida ley de interrupción del embarazo que divide a Polonia
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Estacionada frente a uno de los principales hospitales de Varsovia, una furgoneta vierte acusaciones. Los grupos antiabortistas disparan munición incendiaria contra uno de los pocos centros de la capital polaca en el que se practican abortos. Una decisión del Tribunal Constitucional de Polonia, acaba de endurecer una de las leyes de interrupción del embarazo, más restrictivas de Europa. Solamente se permitía en casos de violación e incesto, de peligro para la salud o la vida de la madre, y de malformaciones graves del feto o enfermedad incurable. Esta última condición, ha quedado excluida.

Nos reunimos con una de las pocas obstetras que realizan abortos, unos días antes de que entrara en vigor el dictamen de los jueces.

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"Las mujeres que conozco son siempre mujeres que querían quedarse embarazadas, que anhelaban su embarazo. Algunas pacientes presentan tales anomalías que el bebé no podría sobrevivir, sin asistencia, después del parto. Tuvimos una paciente a la que dos hospitales polacos le habían negado la interrupción del embarazo, a pesar de que el feto sufría agenesia renal. Es decir, los riñones no se desarrollan. Es imposible sobrevivir con esa anomalía. Si se obliga a una mujer a dar a luz, sabiendo que el día del parto puede ser también el de la muerte, lo considero poco ético", declara la obstetra Anna Parzyńska.

Anna está decidida a seguir prestando ayuda a las mujeres que acuden a ella, a pesar de la prohibición de la ley.

"Las mujeres que se enteran de que su hijo llegará a sufrir una enfermedad incurable, que el bebé morirá un día o dos, o un año después de nacer, que no tendrá posibilidad de llevar una vida normal, que su vida estará llena de sufrimiento y de estancias en el hospital, sufren graves trastornos mentales. Incluso, desarrollan pensamientos suicidas porque no pueden imaginar el hecho de ver a su hijo sufrir. En esta fase, estas pacientes pueden ser consideradas aptas para llevar a cabo la interrupción del embarazo por el peligro que supone para su salud o su vida”, añade Anna Parzyńska.

"Vamos a la ciudad de Lublin, en el este de Polonia, una de las zonas más conservadoras del país. El año pasado, solamente se practicaron tres abortos legales en los hospitales de Lublin”, relata la periodista de Euronews, Valérie Gauriat.

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El sacerdote franciscano, Filip, quiere ofrecer a las mujeres una alternativa a la interrupción del embarazo en caso de anomalía del feto. Su hospicio médico atiende a niños nacidos con graves discapacidades físicas y neurológicas. Algunos están en contacto con sus familias. Otros han sido abandonados al nacer. La esperanza de vida suele ser corta.

"A veces las condiciones de alojamiento son dramáticas, muy malas. Y, el niño, necesita cierta comodidad, necesita cuidados, así que este lugar ofrece esa posibilidad. Y, a veces, la enfermedad avanza tan rápido que el niño, necesita atención las 24 horas del día, que puede ser proporcionada aquí”, afirma el sacerdote Filip Buczyński.

"¿Entiende a los padres que deciden interrumpir un embarazo porque no pueden hacerse a la idea de tener un hijo con una discapacidad grave?”, pregunta Valérie Gauriat al religioso.

"Sí, sí, por supuesto. Por supuesto que lo entendemos. Esta experiencia provoca un inmenso sentimiento de impotencia, una pérdida de puntos de referencia y, también, una incapacidad para entenderse a sí mismo. Y para eso está el hospicio perinatal. Permite a estos padres entender a qué atenerse. Pero son ellos los que toman la decisión”, responde el sacerdote.

“Gracias a nuestra ayuda, tienen una especie de impulso. Se dicen a sí mismos: "podemos arreglárnoslas, ya que, tenemos apoyo". Y, deciden optar por el derecho a la vida, de su hijo, en lugar de elegir quitarle la vida, siendo conscientes de todas las consecuencias”, añade.

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Psicólogo y psicoterapeuta, el religioso dirige sesiones de apoyo a muchas parejas, como las que ha invitado a confiar su situación ante la cámara de Euronews. Kasya y Slavek, padres de dos adolescentes, llevan 5 años celebrando el cumpleaños del pequeño Samuel, que murió apenas media hora después de nacer. Fueron informados de la probabilidad de que se produjera esa situación, varias semanas antes de que finalizara el plazo legal de 24 semanas para la interrupción del embarazo en caso de malformación del feto. Ambos, fervientes católicos, no concebían la posibilidad de recurrir al aborto.

“El único camino era, según mi conciencia, elegir la vida. Y creo que en una situación así no se puede evitar el sufrimiento. Ya sea por el sufrimiento de gestar, dar a luz o criar a un hijo discapacitado. O, si es el sufrimiento asociado al sentimiento de culpa por haber abortado debido a la enfermedad que presentaba el feto”, afirma Katarzyna Łukasiuk.

“Cuando has llegado al final de una etapa de tu vida, cuando el bebé está enterrado, la situación es real. Es decir, se puede ir a la tumba a visitar a tu hijo. Uno puede enfrentarse a sus emociones. Como soy creyente, tengo fe y esperanza en que mi hijo no está en algún lugar bajo tierra sino que, está en el cielo, que forma parte de una realidad mejor”, añade.

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"No podemos traerlo de vuelta con nosotros, es imposible. Por otro lado, como creyentes, queremos hacer todo lo posible para encontrarlo en el cielo. Y, queremos hacer lo que podamos para ayudar a otros que puedan encontrarse en situaciones similares. Queremos ayudarles, a través de nuestra experiencia, para que no tomen una decisión que les causará demasiado dolor”, declara Sławomir Łukasiuk.

Fue en el transcurso de conversaciones con padres como Kasya y Slavek, y con el padre Filip, donde una joven pareja encontró respuestas, tras enterarse de que su futuro hijo sufría graves patologías; era la semana 20 de embarazo. Su corazón dejó de latir dos meses antes de la fecha prevista para el nacimiento del bebé.

"Las posibilidades de que llegara a término el embarazo, de que sobreviviera al nacimiento, eran muy escasas. Pero teníamos que tener en cuenta esa posibilidad. Yo sabía que, si decidíamos interrumpir el embarazo, siendo creyente, porque creo en Dios, tendría que vivir con esa carga", declara Agnieszka Janik.

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“Y luego están esos pensamientos sobre el hecho de sufrir. También nos preguntamos por su sufrimiento”, afirma Arkadiuz Janik.

“Sí, también temíamos eso, que nuestro hijo sufriera”, añade Agnieszka.

"O pensamos que sufriría después del nacimiento. Solamente queríamos hacer lo correcto. Queríamos hacer lo correcto... pero no sabíamos cómo. Solamente aquí, en el hospicio, me di cuenta de lo que realmente quería”, concluye Arkadiuz.

Para estas parejas, la decisión de abortar o no, en caso de malformación del feto, nunca debería ser una cuestión de derecho.

"Debería haber una ley pero, no debería imponer restricciones. Más bien, debe dar a los ciudadanos opciones, darles acceso a la información. Asesorar sobre el tipo de apoyo que pueden tener en una situación como esta, sobre cómo el Estado puede ayudar a la gente a tomar la decisión correcta. Pero no les condenes a sufrir cuando no están preparados para ello”, considera Sławomir Łukasiuk.

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El padre Filip quiere que conozcamos a Agata. Su tercera hija, Amelia, de 12 años, tiene el síndrome de Edwards. No puede caminar, hablar, alimentarse o desarrollarse con normalidad. Separada de su marido, Agata lo ha dejado todo para cuidar de su hija, con la ayuda de su propia madre y una asignación de en torno a 450 euros al mes. Según ella, el aborto debería estar prohibido en cualquier circunstancia. Pero no basta, señala, con prohibirlo.

"La decisión del Gobierno de prohibir el aborto es una cosa. Pero esta decisión debe ir seguida de un enorme apoyo a las mujeres que dan a luz a niños con discapacidad. Estas mujeres suelen acabar solas, sin el padre. No tienen dinero, están al borde de la pobreza. No tienen apoyo del exterior. No se está haciendo nada al respecto. Las mujeres caen rápidamente en una depresión. Tanto es así, que mueren con el bebé. Realmente sufren una profunda depresión. Y eso también lleva a veces, a esas madres, al suicidio", declara Agata Aftyka.

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La decisión del Tribunal Constitucional tardó tres meses en ser publicada en el boletín oficial para su entrada en vigor. Un retraso que se atribuye a la ola de protestas, sin precedentes, que se ha desatado en el país.

Para muchas polacas, la restricción no es, solamente, otra violación de los derechos de las mujeres. En su opinión, también es una prueba de la deriva liberticida del poder contra los derechos fundamentales de todos los ciudadanos polacos.

El pasado mes de noviembre, varios grupos de mujeres decidieron terminar con su silencio para hacer público que habían abortado. Una novedad en Polonia.

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Natalia da clases en la universidad. Al mismo tiempo, es activista de la asociación Abortion Dream Team, que ayuda a las mujeres que quieren interrumpir su embarazo. Nos encontramos con ella, en su casa, unas semanas después de la decisión del Tribunal Constitucional.

Natalia nos invita a pasar y nos muestra, en el ordenador, la página web de Abortion Dream Team. La línea de atención telefónica de la asociación ofrece asesoramiento y apoyo a las mujeres que desean obtener píldoras abortivas o viajar a un país vecino donde el aborto sea legal. Su teléfono no ha dejado de sonar desde el anuncio de la nueva restricción.

Tras atender la llamada de Magda, Natalia cuelga el teléfono y acaricia a su perro, el cual, recela de nuestra visita. Los mil abortos legales que se practican cada año en el país, solamente afectan a una mínima parte de las mujeres polacas que desean interrumpir su embarazo.

Natalia hace campaña por la liberalización del acceso al aborto para todas aquellas personas que se ven abocadas a la clandestinidad por la legislación polaca. Como le ocurrió a ella, cuando se sometió a un aborto médico hace 8 años.

"Lo más duro fue la soledad. Me daba vergüenza pedir ayuda. Pensé que nadie me entendería, que nadie me apoyaría y que nadie querría acompañarme en ese momento tan duro”, relata Natalia Broniarczyk.

"La primera consecuencia de la ley actual es que crea una sensación de vergüenza. La segunda es la estratificación de la sociedad causada por esta ley. Vivimos en un país en el que cada vez más gente vive de una manera modesta. No pueden permitirse un aborto en Alemania, los Países Bajos o Inglaterra, porque es muy caro", añade.

"Y la COVID-19 ha demostrado la injusticia de esta ley. En cuanto empezó la pandemia, recibimos muchas llamadas. La gente decía, por ejemplo: "Hasta hace dos semanas, mi embarazo era deseado. Pero ahora es absolutamente imposible continuar adelante porque he perdido mi trabajo y no podemos permitirnos tener otro hijo. Porque, no podremos sobrevivir", concluye Natalia.

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Nos reunimos con uno de los parlamentarios que apoyó la iniciativa del Tribunal Constitucional. Es miembro del partido Ley y Justicia, en el poder.

"Un grupo entero de diputados presentó la solicitud ante el Tribunal Constitucional, pidiendo que el derecho a la vida se consagrara en la Constitución polaca. Es un derecho universal que protege a todo ser humano. Desde el principio de la vida hasta la muerte. Por ello, los enfermos y discapacitados tienen el mismo derecho a la vida que nosotros, los que estamos sanos", explica el parlamentario Bartłomiej Wróblewski.

"Esta decisión ha hecho que mucha gente salga a la calle y muestre su rechazo. ¿No es algo a tener en cuenta, para un parlamentario?”, pregunta la periodista de Euronews, Valérie Gauriat.

"Tenemos que hacernos la pregunta: ¿es la voluntad de la mayoría la que debe decidir nuestro derecho a la vida, o el derecho a la vida nos viene dado simplemente por ser seres humanos? Relativizar este concepto y hacerlo depender, por ejemplo, del estado de ánimo de la sociedad, no creo que sea la dirección correcta para el buen desarrollo de nuestras sociedades. Aunque se trate de la mayoría, aunque sea la mayoría de los ciudadanos, la que decide quién es un ser humano y quién no", responde el parlamentario.

Esa noche, la principal organización feminista del país, 'Huelga de Mujeres', comenzó una nueva temporada de manifestaciones.

"A pesar de la presión policial y de las restricciones impuestas por la COVID-19, los activistas en favor de los derechos humanos están decididos a continuar con su lucha", señala Valérie Gauriat.

La movilización, insiste la líder del movimiento, va mucho más allá de la ley del aborto.

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"Es por la libertad, por los derechos humanos, los derechos fundamentales, la independencia judicial, la libertad de prensa, la libertad de elección (libre elección)... ¡por todo ello! Es por la libertad. Y es realmente irónico que un país católico tan conservador haya tomado el aborto como símbolo de la lucha por la libertad. Porque de eso se trata. Queremos que este Gobierno se vaya”, declara Marta Lempart, activista del colectivo ‘Huelga de Mujeres’. Lampart fue acusada, el miércoles 10 de febrero de 2021, de insultar a funcionarios públicos y causar un riesgo epidemiológico por organizar protestas durante la pandemia del coronavirus. Según la ley polaca, una persona puede sufrir penas de entre seis meses y ocho años de cárcel por causar una amenaza epidemiológica.

Un Gobierno al que sus críticos acusan de connivencia con los círculos ultracatólicos del país. Hace algunos meses, pintadas de movimientos defensores de la 'libre elección' cubrieron la fachada de una iglesia de Varsovia que está codirigida por un sacerdote conocido por sus posiciones conservadoras.

En su opinión, la ley polaca sobre la interrupción del embarazo no va lo suficientemente lejos. Además de los casos de malformación del feto, también debe prohibir el aborto en caso de violación, incesto o peligro para la salud o la vida de la madre.

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"Hay una civilización de la muerte que se ha extendido por todo el mundo, a través de los movimientos ateos. Están en contra de la vida. Es una civilización de la muerte. El Evangelio, en cambio, es una civilización de la vida y del amor. Y hay un choque entre estas dos realidades; se podría decir que una lucha. Y el hecho de que haya habido estas manifestaciones, de que algunas personas hayan sido manipuladas, engullidas, hombres jóvenes, mujeres jóvenes... es terrible. Es un desastre. Dejará su huella en la joven que salga a la calle a gritar que está a favor del aborto, sin límites. No se da cuenta de lo que hace, pero queda en su alma y en su conciencia. Deja una huella. Eso es lo que pienso", afirma el sacerdote Roman Trzciński.

Esto resulta inadmisible para quienes reclaman el derecho a ser dueños de sus cuerpos.

‘Eva’, nombre ficticio que damos a una joven para proteger su identidad, abortó en Eslovaquia hace unos años. Hablar de ello, abiertamente, podría costarle el puesto de trabajo en el sector público; el estigma es muy grande.

"¿Qué fue lo más difícil para usted? ¿El aborto o todo lo demás, todo lo que lo rodea?", le pregunta la reportera de Euronews.

"En realidad, fue todo lo demás. Estaba muy enfadada porque todo el mundo era hostil. Nadie me daría una simple nota en la que estuviera escrito: dele a esta mujer la medicina que necesita. Después del aborto en sí, sentí que estaba en mi juicio. Estaba calmada. Me sentí aliviada", responde ‘Eva’.

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"¿Sin culpabilidad, sin depresión?”, pregunta la periodista.

"¡No! Sin culpa, sin remordimientos, sin depresión... Nada de ese síndrome del que hablan. Lo único que sentí fue una enorme rabia. No he hecho nada malo". Dar a luz a bebés que nadie quiere, ¿no es una tragedia? Porque lo considero una tragedia. En Europa, en pleno siglo XXI... Y, esto, se debe a que aquí no podemos utilizar plenamente nuestros propios derechos humanos. En nombre de Dios Todopoderoso o de la Iglesia Católica, tan todopoderosa como el propio Dios, al menos aquí en Polonia. Sí, yo soy católica. Soy cristiana, estoy bautizada y confirmada. Estoy orgullosa de mí misma porque he luchado por mí, he luchado por mi vida tal como era y tal como es ahora”, cuenta ‘Eva’.

“No puedo creer que, todavía, tenga que luchar por mi propia vida. Que todavía tenga que convencer a alguien de que soy un ser humano válido. Que mi cuerpo me pertenece solamente a mí, y no pertenece al país. Al menos, cuando se trata de derechos reproductivos", concluye la joven polaca.

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La noche de la entrada en vigor de la nueva prohibición, los movimientos proabortistas salieron a la calle, desafiando la legalidad del anuncio del Tribunal, que el Consejo de Europa denuncia como una violación de los derechos humanos. Los activistas en favor de los derechos humanos quieren llevar a los responsables ante los tribunales polacos por abuso de poder. Y, también, llevar a todos los que hagan cumplir la prohibición, ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.