Analistas en medios internacionales atribuyen las protestas en Irán a la crisis económica y a disputas políticas e ideológicas, pero en el país avanza la quiebra ecológica, que destruye el contrato social.
Las protestas de 2026, que han estallado tras un largo periodo de cortes programados de agua y luz, una contaminación del aire mortal en las grandes ciudades y cierres sucesivos de centros educativos y comerciales, ya no pueden explicarse únicamente por factores como el disparo del dólar, la fuerte carestía de bienes y servicios y la desafección hacia el sistema político.
Esta vez, la cuestión va más allá de "cómo vivir", se trata de la "posibilidad de existir". En realidad, lo que vemos hoy en las calles es una coalición entre una clase media que ha perdido su futuro en la economía y los pobres, que perciben en riesgo su supervivencia biológica en un territorio devastado.
Cuando la naturaleza se une a los manifestantes
En el Irán de hoy, la geografía y el medio ambiente ya no son un escenario neutral, el medio ambiente se ha convertido en una "fuerza opositora". El hundimiento del terreno en Isfahán y Teherán, la desecación total de los humedales y el avance de partículas de polvo han añadido una nueva capa de "falta de futuro".
Irán afronta una "destrucción climática múltiple" en la que los desastres ambientales, encadenados, han convertido la ineficacia política en algo parecido a un callejón existencial sin salida.
Muerte de los acuíferos y hundimiento del terreno
Según las autoridades y los informes de la Organización de Cartografía, el consumo desmedido y depredador de los recursos de agua subterránea ha llevado a que las llanuras de Irán afronten una "muerte irreversible". El suelo en Irán no se hunde unos pocos milímetros, en algunas zonas se abre a un ritmo escalofriante de 20 a 30 centímetros al año, una tasa 40 veces superior a la media de los países desarrollados y el mayor registro documentado en el mundo. La subsidencia ha dejado atrás las llanuras agrícolas y ha alcanzado el tejido histórico de Isfahán. Las grietas profundas en la mezquita del Imam y en los puentes históricos sobre el Zayande Rud evidencian el colapso físico de la identidad cultural de Irán. En Isfahán, la subsidencia se ha convertido en una "crisis de existencia", y de hecho ha vuelto inhabitables partes de la ciudad.
En la gran área de Teherán y sus alrededores, como Varamin y Shahriar, la subsidencia se ha acercado a los aeropuertos internacionales, las líneas ferroviarias y las refinerías. Según cifras oficiales, Irán afronta un balance negativo de 130.000 millones de metros cúbicos en sus acuíferos, lo que significa que, incluso si las precipitaciones vuelven a niveles normales, los depósitos subterráneos ya no tienen capacidad para almacenar agua.
Cuando un ciudadano ve que su casa se agrieta por la extracción de agua debida a industrias o a una agricultura ineficiente ordenada desde arriba, su protesta deja de ser una reivindicación política y se convierte en una "defensa instintiva del hogar".
Asfixia por polvo y mazut
Mientras en el oeste y el sur los humedales y lagos desecados se han convertido en grandes focos de generación de polvo fino, en las grandes ciudades la incapacidad para suministrar combustible limpio ha derivado en un uso extendido del mazut (un residuo pesado y de baja calidad de la destilación del petróleo crudo) en centrales y fábricas. En los últimos años los iraníes han quedado atrapados en una encrucijada inhumana, "frío o veneno".
Aunque Irán posee la segunda mayor reserva de gas del mundo, la obsolescencia de las infraestructuras y la falta de inversión han provocado un balance negativo de gas. Para evitar cortes del suministro doméstico en invierno, se ha empujado a las centrales a quemar mazut, fuelóleo pesado con alta concentración de azufre.
Los datos oficiales indican que la emisión de óxidos de azufre en las grandes ciudades, durante los periodos de quema de mazut, aumenta hasta diez veces por encima del límite permitido.
A diferencia de décadas pasadas, cuando la contaminación era cosa del invierno, ahora el aire de las grandes ciudades también está en estado crítico en primavera y verano, por las tormentas de polvo provenientes de humedales desecados y por la formación de ozono troposférico como contaminante secundario debido a la intensa radiación solar sobre gases tóxicos.
Según las estaciones de medición, en urbes como Teherán, Arak e Isfahán el número de días limpios ha caído en algunos años por debajo de cinco en todo el año. Eso equivale a suprimir el derecho a respirar de 86 millones de personas.
Los datos del Ministerio de Sanidad señalan que las muertes atribuidas a la contaminación del aire en Irán se acercan a la cifra estremecedora de 30.000 al año. Es una "matanza gradual" que ya no depende de la estación ni de la geografía, todo el país se ha convertido en un foco de trauma.
Devastación de la biodiversidad y de la seguridad alimentaria
La muerte por sequía de miles de robles en la cordillera del Zagros y la conversión de los pastizales en desiertos estériles no solo empujan el ecosistema de Irán hacia la destrucción, también colocan la seguridad alimentaria del país al borde del colapso.
Según los informes de Recursos Naturales, más de 1,5 millones de hectáreas, cerca del 30%, de los bosques de robles del Zagros han sufrido sequedad y declive, lo que supone la desaparición del filtro natural de agua y suelo en media nación.
Cada año, alrededor de 100.000 hectáreas de tierras agrícolas y pastizales de Irán están en riesgo de convertirse en desierto absoluto. Además, según los expertos, la degradación del suelo en Irán ha alcanzado ya un nivel crítico, porque la tasa de erosión es cerca de tres veces la media mundial y la más alta entre los países de Oriente Próximo.
Tensiones por el agua y conflictos dentro del país
Si bien todavía no se ha producido un desplazamiento masivo hacia las zonas más húmedas del norte, ya han saltado chispas de "tensiones interregionales" por recursos de agua limitados. Los proyectos de trasvase entre cuencas, diseñados para sostener industrias ineficientes en la meseta central, se han convertido ahora en focos de enfrentamiento entre provincias.
Más allá de las disputas provinciales, la tensión hídrica ha entrado en los hogares de las grandes ciudades. Los cortes reiterados y el racionamiento informal del agua potable, la fuerte caída de presión y el deterioro preocupante de su calidad, con mayor concentración de sales y nitratos, se han convertido en una rutina agotadora para los ciudadanos.
El ciudadano iraní, en las zonas más desfavorecidas e incluso en el corazón de la capital, siente que no solo su futuro, también el derecho al agua de su tierra está siendo saqueado. Cuando el grifo se queda seco en un piso, se rompen los últimos hilos de confianza entre ciudadano y Estado.
Este cuadro tiene un alto potencial para derivar en conflictos locales y étnicos. El riesgo de que Irán se convierta en un archipiélago de "puntos críticos" que se enfrentan por un sorbo de agua es una "crisis inminente" que cuestiona la legitimidad de la gestión centralizada.
Una oscuridad impuesta, colapso de la red eléctrica y vida digital paralizada
Además de la crisis del agua y el clima, el desequilibrio energético ha hecho que los cortes programados y prolongados de electricidad ya no se limiten al verano y se extiendan a todas las estaciones. Esta oscuridad impuesta va más allá de apagar las luces. En las torres residenciales de las grandes ciudades cortar la luz significa parar las bombas de agua, dejar sin servicio los ascensores y paralizar por completo la vida cotidiana.
Para las capas más desfavorecidas, esos apagones implican que se echen a perder las únicas reservas de comida en sus frigoríficos y les impongan pérdidas económicas considerables. Para una generación cuyo ecosistema vital se define en el espacio digital, cortar la luz significa perder acceso a internet y a las VPN, sus únicas ventanas al exterior.
El cierre forzoso de industrias y unidades de producción para compensar el déficit de electricidad doméstica ha provocado una nueva ola de desempleo y parones en la producción.
La quiebra ecológica y la erosión de las clases, un vínculo estrecho
La quiebra ecológica no es solo una catástrofe medioambiental, es el principal catalizador de la sociedad iraní. Cuando la erosión del suelo se come cada año entre el 10% y el 15% del PIB, la riqueza nacional no se pierde en los mercados globales, se lava en la tierra y queda enterrada en embalses colmatados. El agricultor propietario, columna vertebral de la clase media tradicional, al perder agua y suelo se ha convertido en infantería de la periferia urbana.
A la vez, el desequilibrio energético catastrófico y los cortes recurrentes de luz han asestado el golpe final a un tejido productivo ya moribundo de pequeña escala, donde los apagones obligatorios en industrias y comercios equivalen en la práctica a confiscar poco a poco el jornal de los trabajadores y a destruir el escaso capital que les queda a los emprendedores de la clase media. Un Estado incapaz de garantizar un suministro estable de energía compensa su ineficacia deteniendo la rueda del sustento de la gente.
En las grandes ciudades, la clase media de cuello blanco sufre la caída del valor de sus viviendas, su único activo tras la ola de inflación, y las grietas en las paredes de las casas en Isfahán son a la vez grietas en la seguridad financiera y psicológica de las familias iraníes.
En este sistema, "subsidencia del terreno", "escasez de agua" y "apagones" forman los tres lados de un triángulo de caída social, la subsidencia devora el valor del único activo físico, la vivienda, la falta de agua pone en riesgo la seguridad del hogar y la supervivencia, y el apagón saca del circuito la posibilidad de trabajar y producir. El resultado de esta confluencia es el derrumbe de los estándares de vida de la clase media y el empuje de los pobres hacia el fondo de la pirámide de la pobreza.
El bloqueo del poder, la paradoja entre ideología y supervivencia
Ahí se desnuda la paradoja del Irán de 2026. Resolver las crisis climáticas exige grandes inversiones internacionales, diplomacia del agua y la adopción de estándares ambientales globales, pero la estructura política ha demostrado que prefiere sacrificar la vida normal de la gente en favor de objetivos ideológicos, en vez de normalizar relaciones, levantar sanciones y rebajar la tensión para atraer capital.
El poder quizá intente apaciguar la ira de los pobres con limosnas de agua o planes de choque sin respaldo, pero no puede rellenar con consignas el hecho del balance negativo del gas ni los acuíferos vacíos. El medio ambiente se ha convertido así en el segundo frente de la guerra, donde el enemigo ya no son conspiraciones externas, sino las leyes inmutables de la física y la naturaleza.
El nacimiento de la "política de la vida"
Lo que sucede en las calles del Irán de 2026 no repite los ciclos anteriores de agitación, es el alumbramiento de un nuevo patrón político. Cuando los manifestantes gritan, ya no lo hacen solo por el pan o por libertades civiles, luchan por el derecho a respirar, por el derecho a pisar un suelo firme y por el derecho a un futuro habitable. La coalición de grupos y clases sociales diversas se ha ligado ahora a un aliado implacable, la tierra quemada.
El coste del silencio ya no es solo la pobreza, es la muerte biológica en una geografía que se vuelve inhabitable. Para el iraní de hoy, la protesta es la única vía que queda para defender el derecho a existir. Sustituir una ideología total por la posibilidad de una vida normal ya no es una opción política, es una necesidad para la supervivencia de la civilización.