Varios proyectos en Doñana, Galicia o Cataluña recuperan burros para limpiar montes y reducir combustible vegetal. Su pastoreo constante crea cortafuegos naturales y ya protege miles de hectáreas en un contexto de incendios cada vez más intensos.
Cada verano, los incendios forestales arrasan miles de hectáreas en España. El aumento de las temperaturas, la sequía y el abandono rural, con menos población y ganado, han favorecido la acumulación de vegetación seca, convirtiendo amplias zonas en combustible listo para arder.
Ante este escenario, algunas comunidades han optado por una solución tan antigua como innovadora: recuperar el uso de burros como herramienta preventiva contra incendios. Estos animales, que han acompañado al ser humano durante más de 7.000 años, vuelven ahora al monte para limpiar la maleza de forma constante y natural.
La urgencia es creciente. En agosto de 2025, cerca de un millón de hectáreas habían ardido en distintas regiones del país, el peor balance en tres décadas. La magnitud de la crisis llevó a declarar zonas de desastre en Castilla y León, Galicia, Asturias, Extremadura, Madrid y Andalucía. Frente a esa amenaza, el trabajo silencioso de los burros propone una estrategia lenta, pero eficaz: consumir diariamente la vegetación que alimenta los incendios.
El origen de los 'burros bomberos'
Desde 2014, 18 burros de la asociación El Burrito Feliz patrullan los alrededores del Parque Nacional de Doñana. Los animales rescatados del abandono se han convertido, según su presidente, Luis Manuel Bejarano, en "bomberos herbívoros".
Mortadelo, Magallanes, Leonor o Ainoa forman parte de este particular batallón. Trabajan hasta siete horas diarias entre marzo y noviembre, pastando franjas de unos 40 metros por 15 metros. Cada jornada eliminan vegetación seca y reducen el riesgo de incendio en las zonas asignadas.
La estrategia ha dado resultados: Doñana no ha registrado incendios forestales en nueve años. El proyecto incluso ha despertado el interés de la Unidad Militar de Emergencias, cuyos efectivos visitaron el parque y 'adoptaron' simbólicamente a uno de los animales.
Los burros cuentan además con el apoyo de voluntarios del colectivo Mujeres por Doñana, que transportan agua y supervisan su actividad en zonas inaccesibles para vehículos.
Los expertos destacan que los burros presentan características especialmente útiles para esta tarea. A diferencia de vacas u ovejas, pueden alimentarse de vegetación más seca y áspera, consumiendo de forma constante el matorral que facilita la propagación del fuego.
La catedrática de ecología de la Universidad Pública de Navarra Rosa María Canals subraya que el pastoreo de burros reduce la carga vegetal y ayuda a contener incendios en paisajes cada vez más densos y secos.
Durante décadas, la mecanización agrícola provocó la desaparición progresiva de estos animales. Su ausencia, unida a la despoblación rural y al abandono del pastoreo tradicional, ha contribuido a la acumulación de combustible natural en los montes.
De Doñana a Cataluña y Galicia
El modelo se ha extendido a otros territorios. En Tivissa (Tarragona), el proyecto Burros Bomberos, iniciado en 2020 con tres animales, ya cuenta con unos 40 que limpian cerca de 400 hectáreas. Desde su introducción, aseguran sus impulsores, no se han registrado incendios en la zona.
En Allariz (Orense), la Asociación Andrea utiliza burros para mantener cerca de 1.000 hectáreas dentro de una reserva de la biosfera. Equipados con GPS, los animales recorren hasta 19 kilómetros diarios alimentándose de matorral. Iniciativas similares han surgido también en Cataluña, Galicia o el País Vasco, combinando conservación ambiental, recuperación rural y prevención de incendios.
Los impulsores de estos proyectos subrayan, sin embargo, que los burros no son una solución única. La planificación forestal, la gestión del territorio y la reducción de especies altamente inflamables, como pinos o eucaliptos, siguen siendo claves.
Aun así, el regreso de estos animales representa una herramienta eficaz y sostenible. En un contexto de incendios cada vez más intensos, la respuesta podría estar,paradójicamente, en recuperar prácticas ancestrales para proteger los paisajes del futuro.