Según cálculos de la ONU, unos 10.000 colombianos participan en conflictos internacionales por todo el mundo. Muchos lo hacen acuciados por la difícil situación económica en el país. Sin embargo, al final el resultado dista mucho de ser el deseado: silencio, dolor e incertidumbre.
Corría el mes de septiembre de 2025, cuando un inesperado enfrenamiento fratricida entre militares colombianos se produjo en un lugar -cuanto menos- sorprendente: la línea del frente en Ucrania. La escena la narra Sarai Vera, cuyo esposo, de John Edward Villarreal, permanece desaparecido desde el año pasado, cuando se le perdió la pista tras sufrir un ataque. Su esposa, no obstante, conserva la esperanza de que esté vivo y de poder saber de él "pronto".
No está solo, según cálculos de la ONU, miles de colombianos combaten actualmente en conflictos que les son ajenos. La mayoría de ellos lo hace movido por el dinero; un dinero que si bien es necesario, muchas veces dista de traer la felicidad.
"Fue un tema de dinero, incluso conozco familiares que los esposos y los hijos se fueron para Rusia porque ofrecían más dinero del bando de Rusia", relata Vera a 'Euronews', a través de una videollamada desde su casa, en Bogotá. "Fue un tema de dinero que a la hora del té, en el campo de batalla, se estaban atacando colombianos con colombianos".
Esta mujer, de origen venezolano y madre de una hija, explica que "el sueldo base" era de unos 12 millones de pesos colombianos al mes; es decir, unos 2.800 euros mensuales. Además, la oferta incluía un bonus de siete millones de pesos, unos 1.600 euros, que, según dice, correrían por cuenta de la OTAN. "En comparación a un sueldo mínimo acá en Colombia, pues se van con la idea de que voy a ganar mucho dinero", apunta.
En ese sentido, Mireya Pineda también esgrime un argumento similar al explicar que fueron "las pocas oportunidades laborales" en Colombia las que empujaron a su esposo, Pablo Puentes, a sumarse a las Fuerzas Armadas ucranianas como sanitario, ya que, anteriormente, había trabajado como conductor de ambulancias.
"Él se desesperaba mucho cuando no tenía trabajo y, pues el desespero, lo llevó a tomar esa decisión de decir yo voy, trabajo tres meses, seis meses y me vuelvo", cuenta Pineda. "El sueño de él siempre fue la casa, la casa propia".
El matrimonio tiene dos hijos: un niño de 11 años y una niña, de 6. A Pineda, que dice ser "una berraca", se le saltan las lágrimas al narrar la historia de su pareja, quien actualmente se encuentra en manos de Rusia y ha sido condenado a 28 años de prisión en una cárcel de máxima seguridad. Su esposa tiene previsto viajar en los próximos días a Ucrania con el propósito de ver si puede acelerar las gestiones para su liberación.
La reputación de los soldados colombianos
Los suyos son apenas dos ejemplos, en un mar cada vez mayor de casos de colombianos que deciden armar el petate y jugarse la vida en conflictos que les son ajenos. Según estiman las Naciones Unidas, "más de 10.000 colombianos podrían haber sido reclutados en conflictos armados en distintas partes del mundo, tanto por medios legales como irregulares". De hecho, varios mercenarios colombianos han sido detenidos en relación con el magnicidio de Jovenel Moïse, en Haití.
Esto obedece a diversos factores, como la inestabilidad que sufre el país, el proceso de paz iniciado por el Gobierno del presidente Gustavo Petro que ha dejado a miles de guerrilleros sin fuentes de ingresos y, sobre todo, por la buena fama de las Fuerzas Armadas colombianas, lo que convierte a sus exmiembros en candidatos muy atractivos a ojos de otros Ejércitos o de grupos de mercenarios.
"Los soldados colombianos son reconocidos en el extranjero como soldados muy buenos, con muy buenas capacidades, y eso provoca que se genere ese centro de atención hacia Colombia y a buscar esta población", explica a 'Euronews' Carlos Ramírez, coordinador de la ONG La Voz De Los Que No Están, cuya misión es ayudar a localizar a sus compatriotas desaparecidos en combate.
Sin embargo, esa reputación puede ser en muchos casos exagerada, sostiene Ramírez. Esto se debe a que en Colombia el servicio militar es obligatorio, lo "que no necesariamente significa que tú vayas al conflicto", pero por la que se obtiene "una libreta militar".
"Todos los colombianos tenemos una libreta militar y ese es como el pase libre también hacia el extranjero, aunque no todos los que la poseen, tienen experiencia real en combate", lamenta Ramírez.
Ese es precisamente, el caso de Puentes, asegura Pineda. "Pablo prestó el servicio militar como bachiller, cuando tenía 18 años y acá el servicio militar como bachiller dura un año y pues, obviamente, no los sacan a zona de combate", detalla Pineda desde su casa en el municipio de Coromoro, en el departamento de Santander. "De ahí para acá ese hombre cuándo había vuelto a coger un arma: ya nunca".
¿Engañados o no?
La historia de Puentes, que comenzó en a finales de 2024, presenta, además, otro rasgo común a muchos de estos casos: el engaño. En este caso particular el "calvario" de este colombiano, según resalta Pineda, comenzó con un "conocido" que le habló de la posibilidad de encontrar trabajo conduciendo una ambulancia en Polonia. Sin embargo, al llegar allí, no le esperaba nadie. Finalmente, acabó viendo un letrero solicitando personal con conocimientos de primeros auxilios para Ucrania.
"Ya fue cuando él pasó para allá. Llegaron a un batallón, no recuerdo en qué zona, donde había muchos colombianos", cuenta. El último contacto entre ambos se produjo el 3 de enero de 2025. Pablo le advirtió que iba a participar en una misión de extracción de heridos y que, si no se comunicaba en dos días, contactara con un compañero. "Cuida mucho de los niños. Yo no sé si nos vamos a volver a ver", le dijo.
Ante la falta total de comunicación por parte de la unidad militar, Pineda inició por su cuenta un proceso de búsqueda. Presentó denuncias de desaparición ante la Defensoría del Pueblo, la Cruz Roja, la Cancillería, la Fiscalía y la Policía. Paralelamente, comenzó a rastrear hospitales, redes y plataformas internacionales de búsqueda de desaparecidos. Fue así como, el 15 de enero, encontró una fotografía en una página rusa en la que Pablo aparecía identificado como "vivo en cautiverio".
Días después, un video difundido en canal de Telegram confirmó que Pablo había sido capturado por fuerzas rusas tras haber buscado refugio en una trinchera enemiga durante una ofensiva. En julio de 2025, fue condenado a casi 30 años de prisión. "Él es un hombre al que no le gusta el encierro, un hombre que era hiperactivo porque no le gustaba quedarse quieto", lamenta su esposa.
En el caso de Villarreal, que llegó a firmar un contrato con las Fuerzas Armadas, que solo logró entender "por el traductor de Google", su esposa reconoce que él sí sabía que iba al frente, pero igual considera que hasta cierto punto fue embaucado. "Él sabía que era para combatir, pero yo pienso que, en cierto modo, sí fue engañado por esa persona que le dio esa información y él confió en ella", sostiene Vera.
Un camino tortuoso para los familiares
Desde La Voz De Los Que No Están, Ramírez confirma que, a pesar de que recientemente el Gobierno de Petro ratificó la Convención Internacional sobre Mercenarios del 1989, en el país existe "una zona gris" en la que se mueven los reclutadores.
"Los índices de desempleo son altos, las oportunidades de crecimiento económico son bajas y pues estas ofertas laborales -entre comillas- en redes sociales como TikTok, Instagram y otras se vuelven atractivas", apunta. "Hay unos que realmente dicen la verdad, cómo son las cosas; pero hay otros que sí tratan de adornar este panorama de una forma equivocada y eso incurre en que la gente diga: no me voy a preocupar, no va a ser tan difícil".
Pineda, que reclama más ayudas a los Gobiernos, tanto el de Kiev como el de Bogotá, agradece estos días el apoyo que ha recibido de la ONG, que busca aliviar y apoyar a los familiares de estos colombianos de los que, en algunos casos, nunca se vuelve a tener noticias. Allí, conoció a "personitas maravillosas" que se encuentran en una situación similar a la suya.
"Es tan complicado. Y cada historia es diferente", afirma Pineda. "Digamos que nos convertimos en una familia sin conocernos. Pero a la vez, cada caso es diferente, o sea, igual pero diferente".
En general, muchas de estas historias coinciden tener el sueño de una, una vida mejor que ofrecerle a los suyos, en ocasiones, sin siquiera avisarles a sus seres queridos de su intención de combatir en un conflicto remoto. Sin embargo, al final del camino, muchas veces lo que queda es apenas el silencio, el dolor y la incertidumbre.
Quizás por eso Vera recuerda cómo vio como "una señal" el hecho de que, en un principio, la intención de Villarreal de alistarse estuviera a punto de venirse abajo cuando su contacto en Colombia no apareció para hacerse cargo de su pasaporte. Sin embargo, finalmente logró incorporarse a filas. En junio de 2025, logró volar a Estambul y, desde allí, a Ucrania. En septiembre de ese mismo año, su unidad sufrió un bombardeo por parte del Ejército ruso. Desde entonces, se encuentra en paradero desaparecido. "Siempre le dije que no se fuera", lamenta su esposa.