América Latina aspira a liderar la ONU en 2026 con tres candidatos clave, mientras crece la presión internacional para que, por primera vez en ocho décadas, una mujer ocupe la Secretaría General de Naciones Unidas.
En 2026, las Naciones Unidas afrontan uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La salida de António Guterres tras una década al frente del organismo coincide con una coyuntura global marcada por guerras abiertas, como Ucrania o Gaza, tensiones geopolíticas crecientes y una crisis de legitimidad de las instituciones multilaterales.
En este escenario, la elección del próximo secretario o secretaria general no es solo una cuestión administrativa: es un debate sobre el futuro papel de la ONU. A ello se suma un factor clave: la expectativa de que el cargo recaiga en América Latina, siguiendo la práctica informal de rotación regional, y la creciente presión internacional para que, tras 80 años de historia, una mujer asuma por primera vez el liderazgo de la organización.
De los cuatro aspirantes principales, tres son latinoamericanos y concentran buena parte de la atención internacional: Michelle Bachelet, médico y expresidenta de Chile; Rebeca Grynspan, economista y ex segunda vicepresidenta de Costa Rica; y Rafael Grossi, actual director general del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Pero, ¿quiénes son y qué les ha llevado hasta aquí?
Michelle Bachelet: la política global
La expresidenta chilena encarna el perfil más político de los tres. Dos veces presidenta de Chile (2006-2010 y 2014-2018) y ex alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, su candidatura se apoya en una trayectoria de liderazgo estatal y multilateral.
Su perfil es el de una líder política con proyección global, acostumbrada a gestionar crisis y a operar en entornos complejos. Su discurso insiste en la necesidad de reforzar el multilateralismo en un momento en que este parece erosionado, así como en modernizar la organización para hacerla más eficaz y más cercana a los desafíos contemporáneos.
Pero su visibilidad y su historial en temas sensibles han generado reservas en algunos actores internacionales, lo que introduce dudas sobre su capacidad de reunir consensos en el Consejo de Seguridad. Durante su etapa como alta comisionada, fue criticada por una gestión considerada cauta en casos como China, especialmente tras su visita a Xinjiang, y por su actuación en crisis como Venezuela o Nicaragua.
A estos cuestionamientos se suman obstáculos políticos. En marzo, el Gobierno chileno encabezado por José Antonio Kast retiró el respaldo oficial a su candidatura al considerar que la dispersión de candidaturas latinoamericanas y las diferencias con actores clave hacen "inviable esta candidatura".
Además, sectores conservadores en Estados Unidos han presionado en su contra, cuestionando su postura en temas como el aborto y pidiendo que se utilice el veto en el Consejo de Seguridad. Estas resistencias refuerzan la imagen de una candidata sólida pero divisiva en un proceso donde el consenso entre potencias resulta determinante. A pesar de estos contratiempos, Bachelet ha mantenido su candidatura.
Rebeca Grynspan: la reformadora pragmática
Frente a ese perfil más político, Rebeca Grynspan representa una candidatura que se mueve con especial soltura dentro de la arquitectura institucional de la ONU, un terreno que conoce desde dentro y en profundidad.
Economista de formación, ex vicepresidenta de Costa Rica y actual responsable de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, ha construido una carrera estrechamente vinculada al multilateralismo y a la gestión de consensos entre países con intereses divergentes, especialmente en ámbitos como el desarrollo, la financiación y las desigualdades globales.
Su candidatura se articula menos en torno a grandes gestos políticos que en una idea de reforma progresiva pero efectiva del sistema: mejorar los mecanismos internos, agilizar la toma de decisiones y reconstruir la confianza de los Estados miembros en una organización percibida por muchos como lenta o distante.
Grynspan proyecta una imagen de pragmatismo técnico y capacidad de diálogo, basada en la negociación constante y en la búsqueda de puntos de acuerdo, más que en el liderazgo carismático o la confrontación pública. Ese perfil le permite resultar aceptable para distintos bloques geopolíticos, algo clave en una elección condicionada por equilibrios delicados.
Sin embargo, su menor exposición mediática y un estilo más discreto pueden jugar en su contra en un proceso donde no solo cuentan las capacidades de gestión, sino también la visibilidad, la narrativa y el peso simbólico de la candidatura en un momento de redefinición del liderazgo global.
Rafael Grossi: el diplomático operativo
El tercer candidato, Rafael Grossi, introduce un matiz diferente en la contienda. Diplomático de carrera y actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica, ha estado en primera línea de algunas de las crisis más delicadas de los últimos años, especialmente en materia nuclear.
Su trayectoria y su red de contactos en capitales clave refuerzan su perfil como negociador fiable, capaz de interlocutar con actores enfrentados, incluidas las grandes potencias. En un contexto de creciente rivalidad geopolítica, su candidatura se apoya en una idea clara: una ONU más centrada en la gestión eficaz de conflictos que en grandes procesos de reforma.
A diferencia de sus competidoras, su discurso no se centra tanto en la transformación institucional o en las agendas sociales, sino en la eficacia de la ONU como instrumento para gestionar conflictos y garantizar la seguridad internacional. Esa orientación, más continuista, puede resultar atractiva para quienes priorizan la estabilidad, pero también limita su atractivo en un momento en que muchos reclaman cambios más profundos.
Por otro lado, se le ha señalado como un candidato con menor desarrollo en cuestiones sociales, de desarrollo o de derechos humanos, ámbitos que hoy ocupan un lugar central en la agenda de la ONU. Su perfil técnico, muy vinculado al ámbito nuclear y de seguridad, puede percibirse como limitado frente a la amplitud de desafíos que afronta la organización.
Más allá de estos tres perfiles latinoamericanos, la carrera incluye también al expresidente senegalés Macky Sall, que introduce la opción de un candidato africano en el proceso. Sin embargo, su candidatura parte con desventaja en un contexto marcado por la expectativa de que, siguiendo la rotación regional, el próximo liderazgo recaiga en América Latina.
80 años sin una mujer al frente
Más allá de los perfiles, la carrera de 2026 está atravesada por un debate de fondo. Nunca en los 80 años de historia de la ONU una mujer ha ocupado la Secretaría General, y este dato ha cobrado especial fuerza en el proceso actual, donde las candidaturas de Bachelet y Grynspan representan la posibilidad de romper ese techo de cristal.
Diversos sectores, desde gobiernos hasta organizaciones feministas y diplomáticas, sostienen que un liderazgo femenino no solo tendría un valor simbólico, sino que podría contribuir a renovar la legitimidad de la organización. La agenda de igualdad de género, además, se ha consolidado como uno de los ejes centrales del debate.
El pasado mes de enero, 'Euronews' entrevistó a la exministra argentina y cofundadora de GWL Voices Susana Malcorra, quien fue candidata a la Secretaría General en 2016 y conoce de primera mano las dinámicas internas del proceso. Malcorra resumió ese desequilibrio con claridad al afirmar que "la cuestión no es si hay opciones", sino si existe "voluntad de dar esa oportunidad".
Su reflexión introduce un matiz clave en el debate actual: el problema no radica en la experiencia o la preparación, como demuestran perfiles como los de Michelle Bachelet o Rebeca Grynspan, sino en los criterios implícitos que siguen condicionando la elección. Según Malcorra, esos sesgos operan de forma sutil pero persistente, evaluando a las mujeres bajo estándares contradictorios, como "demasiado duras o demasiado blandas", que no se aplican del mismo modo a los hombres.
Pero esa aspiración choca con la lógica realista que sigue dominando el proceso: la elección depende en última instancia del Consejo de Seguridad, donde los equilibrios de poder continúan pesando más que cualquier impulso de cambio histórico.