Una combinación de malas condiciones salariales, ausencia de conciliación y territorios amplios y despoblados, pero con una alta demanda de productos de origen animal, crean una tormenta perfecta que dificulta la permanencia de estos profesionales en las zonas rurales de España.
Los veterinarios húngaros, eslovacos o lituanos -la 17ª, 18ª y 23ª economías europeas, respectivamente- cobran más que sus colegas españoles. Son datos que provienen de una encuesta elaborada por la FVE, la Federación de Veterinarios Europeos, que reflejan que la mediana salarial de los 266 participantes voluntarios supone unos 26.400 euros brutos anuales.
Estas representan, no obstante, cifras mucho más optimistas que las del propio convenio colectivo de estos trabajadores en España. Para posiciones como la de técnico de laboratorio, el pacto laboral contempla cifras de apenas 19.403,17 euros anuales, aunque sin contar con los complementos.
Además, el 60% de aquellos veterinarios españoles que migraron a otros países afirma que lo hace para mejorar sus condiciones de trabajo, según este estudio, cuyos encuestados afirman haber hecho unas ocho horas extras mensuales, algo más de dos puntos por encima de la media de la Unión Europea.
Las condiciones laborales de estos profesionales podrían explicar una parte de la fotografía de este sector en el medio rural. Durante un encuentro de trabajo celebrado en Rovaniemi, Finlandia, en el marco de la Asamblea General de la FVE, la Organización Colegial Veterinaria (OCV) presentó la ponencia 'El desafío español: qué funciona y qué falla en el ejercicio rural', en la que detalló las consecuencias de esta carencia estructural.
"Al ser cada vez menos, los compañeros tienen una mayor carga de trabajo, deben acudir a mayor número de granjas y hacer cada día más kilómetros. Son unas condiciones muy duras, que dificultan el relevo generacional, y hay que analizar también la rentabilidad". Así sumarizaba el presidente de la OCV, Gonzalo Moreno, otra de las aristas dela España vaciada: grandes extensiones de terreno con demografías, en determinadas zonas, comparables a la Laponia finlandesa.
Esto trae consecuencias directas para la economía, especialmente en regiones como Castilla y León o Aragón: España se posiciona actualmente como el primer productor ganadero de la Unión Europea, con más de cinco millones de toneladas anuales exportadas y el 26% del total comunitario, por delante de Alemania.
La asociación de mataderos castellano y leonesa Amacyl calcula que la ausencia de veterinarios suficientes provoca una reducción de jornada de hasta el 45% en este tipo de instalaciones, además de en otras industrias adyacentes como la láctea.
Pero la ausencia de control por parte de los profesionales no solamente tiene consecuencias para el empresariado y el sector. 'eldiario.es' ha publicado esta misma semana la apertura de un expediente al matadero Vicente de Lucas Fuentetaja, a pocos minutos de Segovia, tras sacrificar a 200 cervatillos que vivían amontonados en condiciones evidentes de miedo y estrés. Se ha constatado que los animales siguieron vivos durante minutos tras ser disparados en el momento del sacrificio.
Este mismo año, la organización ARDE denunció el estado de una macrogranja de cerdos de Castellote (Teruel), con varios animales heridos de muerte y conviviendo con cadáveres en descomposición dentro de las instalaciones.
Otras plataformas como Ecologistas en Acción han denunciado que, paradojicamente, la proliferación de estas grandes explotaciones ganaderas pone en peligro la repoblación de estos núcleos ante la contaminación generada y, por tanto, la llegada de nuevos profesionales veterinarios.
La OCV también destaca la paradoja que existe en España. Pese a tener la oferta formativa en Veterinaria más amplia de la UE -quince facultades y creciendo, con una nueva que planea abrir la Universidad de Salamanca-, buena parte de los titulados no quiere o no puede ejercer en el medio rural. Se estima que el 35% de los egresados desarrolla su carrera fuera del país.