El navegante, varado en la isla de Jamaica con su tripulación y al borde de la inanición, consultó sus tablas astronómicas y predijo con exactitud un eclipse de luna que utilizó como arma de negociación con los indígenas taínos.
Era 1504 y Cristóbal Colón se encontraba en su cuarto viaje al Nuevo Mundo cuando sus barcosnaufragaron en las costas de Jamaica- que a pesar de ser bautizada en 1494 como la isla Santiago, siempre fue denominada por el nombre que le dieron los nativos 'Xaymaca' o 'Yamaya' y que significaba "tierra de madera y agua". El almirante y su tripulación estaban varados, sin posibilidad de zarpar, en una isla de la que no podían salir.
Un callejón sin salida en Jamaica
El escribano mayor del viaje, Diego Méndez, intentó la única solución posible: partir en canoa hacia La Española —la actual República Dominicana— para pedir ayuda al gobernador Nicolás de Ovando. Tardó cinco días en llegar, pero Ovando, que desconfiaba profundamente de Colón, se negó a enviar socorro y retuvo a Méndez durante meses. Mientras tanto, en Jamaica, los náufragos habían logrado establecer una relación de intercambio con los nativos, que les suministraban alimentos a cambio de baratijas y utensilios europeos.
Durante meses la situación se mantuvo, pero la esperanza se fue apagando. Hubo un motín entre los propios marineros, lo que generó tensiones con los indígenas. Los habitantes de la isla, hartos del conflicto y agotada su paciencia, decidieron dejar de suministrar alimentos a los europeos. La tripulación de Colón estaba al borde de morir de inanición.
Las tablas astronómicas, la salvación de Colón
Fue entonces cuando Colón recurrió a uno de los recursos más ingeniosos de la historia de la exploración: sus tablas astronómicas. El navegante llevaba consigo el 'Almanach Perpetuum', un calendario astronómico elaborado por el astrónomo alemán Johann Müller, conocido como 'Regiomontanus', que recogía con precisión los movimientos de los astros para años venideros, incluyendo eclipses lunares.
Colón consultó sus documentos y encontró lo que necesitaba: el 29 de febrero de 1504 se produciría un eclipse de luna visible desde Jamaica. La luna se teñiría de rojo carmesí, el característico color que adquiere durante los eclipses totales por la refracción de la luz solar a través de la atmósfera terrestre, el mismo fenómeno que en la actualidad se conoce popularmente como luna de sangre.
Tres días antes del eclipse, Colón convocó a los líderes indígenas y les comunicó que su Dios cristiano estaba profundamente irritado con ellos por haberles retirado los alimentos. Como señal de su ira, les advirtió, esa misma noche la luna desaparecería y se teñiría de color rojo sangre.
El eclipse y la rendición de los taínos
Cuando llegó la noche del 29 de febrero, el cielo jamaicano cumplió exactamente la predicción del almirante. La Luna comenzó a oscurecerse progresivamente y adquirió el inconfundible tono rojizo del eclipse total. Los nativos, aterrados ante lo que interpretaron como una señal sobrenatural, acudieron a suplicar a Colón que intercediera ante su Dios para detener el fenómeno.
El navegante, según recoge su hijo Hernando en la biografía del almirante, fingió retirarse a rezar y deliberar con la divinidad. Calculó el momento exacto en el que el eclipse comenzaría a remitir y reapareció ante los nativos comunicándoles que su Dios había aceptado el ruego y perdonaría a los indígenas si volvían a suministrarles alimentos.
Cuando la Luna recuperó su aspecto habitual, los indígenas quedaron convencidos. El suministro de provisiones se reanudó hasta que un barco fletado finalmente por Diego Méndez llegó a recoger a los náufragos. Colón desembarcó en Sanlúcar de Barrameda en noviembre de 1504. Moriría dos años después, en Valladolid, en mayo de 1506.
La ciencia como supervivencia
El episodio de Colón es uno de los ejemplos más célebres en la historia de la ciencia de cómo el conocimiento astronómico puede convertirse en una herramienta de supervivencia. No fue el único explorador en recurrir a esta estratagema, hay multitud de relatos similares atribuidos a otros exploradores europeos en distintas partes del mundo.
Lo que hace singular el caso de Colón es su precisión documental: la fecha del eclipse del 29 de febrero de 1504 ha sido verificada por astrónomos modernos, que han confirmado que fue visible desde Jamaica con las características que describen las fuentes históricas.
El almirante y descubridor de América no improvisó: calculó, esperó el momento oportuno y utilizó el conocimiento científico de su época con una frialdad y una eficacia que le salvaron la vida a él y a su tripulación.