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Científicos españoles descubren 80 nuevas especies vegetales en los últimos 2 años

80 nuevas especies descubiertas
80 nuevas especies descubiertas Derechos de autor  SEBOT
Derechos de autor SEBOT
Por Jesús Maturana
Publicado Ultima actualización
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Investigadores vinculados a la Sociedad Botánica Española han incorporado 80 especies vegetales al registro científico mundial entre 2024 y 2025, un trabajo que abarca desde los ecosistemas ibéricos hasta las selvas tropicales de África y América Latina.

Los números hablan por sí solos. 80 especies vegetales nuevas para la ciencia en apenas dos años. El dato lo confirma Ignacio Ramos-Gutiérrez, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Sociedad Botánica Española (SEBOT), una organización que reúne a casi un millar de especialistas. Pero esto no es solo una cuestión de cantidad.

Entre las plantas descritas hay flores, helechos y briófitos, un tipo de musgo que casi nadie mira pero que cumplen funciones clave en los ecosistemas. El género 'Carex', un tipo de hierba que crece en zonas húmedas y montañosas, aporta 24 especies al listado. La familia de las malváceas suma otras 13. Lo interesante es que muchas de estas plantas estaban ahí, creciendo, y nadie las había identificado formalmente.

Dos casos particulares llaman la atención: la 'Castrilia latens', encontrada en Granada, y la 'Inaguochloa pajonalensis', descubierta en Gran Canaria. Estas dos plantas no solo son especies nuevas. Representan géneros completamente nuevos, algo poco común en taxonomía botánica. Crear un género nuevo significa que esas plantas tienen diferencias suficientes respecto a todo lo conocido como para merecer su propio apartado en la clasificación biológica.

El trabajo se ha extendido principalmente por zonas tropicales de África e Iberoamérica, regiones donde la diversidad vegetal todavía guarda secretos. Hay especies de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Sudáfrica, Namibia y Angola. La colaboración con botánicos locales ha sido clave para acceder a territorios remotos y combinar el conocimiento del terreno con las técnicas de análisis en laboratorio.

El proceso: más complejo de lo que parece

Describir una especie nueva no es cuestión de salir al campo, ver una planta rara y ponerle nombre. Ramos-Gutiérrez explica que el proceso puede llevar más de un año. Primero hay que revisar todos los herbarios disponibles para asegurarse de que esa planta no está ya descrita en algún catálogo olvidado. Luego vienen los análisis morfológicos (medir, comparar, documentar cada detalle) y los estudios moleculares, que en las últimas décadas se han vuelto imprescindibles.

La genética ha cambiado las reglas del juego. Ya no basta con mirar la forma de las hojas o el color de las flores. Ahora se analiza el ADN para confirmar que realmente se trata de algo distinto. Eso ha complicado el trabajo, pero también lo ha hecho más preciso.

Cuatro investigadores del Real Jardín Botánico-CSIC han liderado buena parte de estas descripciones. José Luis Fernández Alonso encabeza la lista con 14 especies nuevas. Le siguen Pablo Vargas, con tres, y Jesús Muñoz y Ricarda Riina, con una cada uno. Entre los 19 nombres que han firmado, estos cuatro concentran un esfuerzo notable que refuerza la posición del centro madrileño como referencia internacional.

Para qué sirve todo esto

Alguien podría preguntarse si tiene sentido dedicar tanto tiempo a catalogar plantas cuando hay problemas ambientales urgentes. La respuesta de los botánicos es clara: sin saber qué especies existen, no se puede proteger nada. Es imposible diseñar estrategias de conservación efectivas si ni siquiera está claro qué hay que conservar.

Muestra fotográfica de los descubrimientos
Muestra fotográfica de los descubrimientos SEBOT

Algunas de las especies descritas ya están amenazadas desde el momento de su descubrimiento. Es el caso del arbusto 'Acalypha linearis' en Angola, la 'Rosa roque-muchachensis' en La Palma o el 'Clinopodium arundanum' en Sierra Bermeja, Málaga. Identificarlas formalmente es el primer paso para poder incluirlas en listas de protección y tomar medidas antes de que desaparezcan.

Más allá del valor ecológico inmediato, estas plantas pueden tener aplicaciones prácticas. Recursos genéticos para mejorar cultivos, compuestos útiles en medicina, especies clave para restaurar ecosistemas degradados. En un contexto de cambio climático acelerado, tener un catálogo completo de la biodiversidad puede marcar la diferencia.

Ramos-Gutiérrez insiste en el "valor intrínseco" de este conocimiento. Cada planta representa parte de la historia evolutiva del planeta, y esa historia todavía no la conocemos del todo. Además, a partir de 2026 entrará en vigor una revisión de las normas de nomenclatura botánica que buscará mayor sensibilidad social en los nombres científicos, lo que añade otro elemento a este campo en constante evolución.

La cifra de 80 especies es alta, pero también es una señal de alarma. Quedan muchas plantas por documentar, y algunas podrían extinguirse antes de que la ciencia llegue a registrarlas. Por eso los investigadores hablan de una carrera contrarreloj. Cada expedición, cada análisis en el herbario, cada secuencia genética, suma en ese esfuerzo por entender y preservar lo que todavía crece en algún rincón del mundo.

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