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¿Los cerebros jóvenes se recuperan mejor de una lesión? Un estudio lo cuestiona

Los traumatismos craneoencefálicos afectan cada año hasta a 69 millones de personas, estas lesiones pueden provocar epilepsia postraumática.
Las lesiones cerebrales traumáticas afectan cada año hasta a 69 millones de personas y pueden derivar en epilepsia postraumática. Derechos de autor  Canva
Derechos de autor Canva
Por Giedre Peseckyte
Publicado última actualización
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La plasticidad que permite a los cerebros jóvenes adaptarse y recuperarse también podría jugar en su contra tras una lesión, al favorecer la formación de redes anómalas vinculadas a crisis epilépticas, según un nuevo estudio.

Los cerebros jóvenes son flexibles. Se adaptan y forman nuevas conexiones con facilidad. Cuando algo falla, se suele pensar que un cerebro más joven tiene más margen para reorganizarse y compensar los daños.

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Sin embargo, esa misma flexibilidad también puede tener un lado negativo tras una lesión cerebral traumática, un daño en el cerebro causado por una fuerza externa, como una caída, un accidente de tráfico, una lesión deportiva o un golpe en la cabeza, según un estudio publicado en 'Experimental Neurology'.

“Mucha gente da por hecho que los cerebros jóvenes son más resistentes tras una lesión, pero nuestros resultados indican que la realidad es mucho más matizada”, señaló Samba Reddy, experto en neurociencia y terapias experimentales en el Texas A&M Naresh K. Vashisht College of Medicine y autor principal del estudio.

Las lesiones cerebrales traumáticas afectan cada año hasta a 69 millones de personas. Este tipo de daños puede derivar en epilepsia postraumática, un trastorno crónico caracterizado por crisis que puede aparecer meses o incluso años después de la lesión.

El estudio sugiere que los cerebros más jóvenes podrían ser más vulnerables a los procesos que conducen a la epilepsia postraumática, al menos en ratones.

“La misma plasticidad que ayuda a los cerebros jóvenes a adaptarse también puede crear condiciones que favorecen el desarrollo de redes que generan crisis epilépticas”, explicó Reddy en una nota de prensa. Aunque los ratones jóvenes desarrollaron la epilepsia más tarde, una vez iniciado el proceso la carga de crisis fue significativamente mayor.

Los ratones de más edad, en cambio, tenían más probabilidades de mostrar actividad convulsiva poco después de la lesión, pero presentaban una incidencia y una carga global de epilepsia postraumática menores.

En otras palabras, el cerebro joven puede responder mejor al daño gracias a su capacidad para modificar sus conexiones y su organización en función de la experiencia o de una lesión. Pero esa misma capacidad también puede generar conexiones anómalas que contribuyan a la formación de redes que producen crisis epilépticas.

La memoria es otra historia

Los ratones de mayor edad mostraron de hecho una recuperación más rápida en algunas medidas de función motora. Sin embargo, el envejecimiento tuvo sus propios costes.

Los animales mayores presentaron señales más claras de neuroinflamación y de remodelación anómala de los circuitos, y tuvieron mayores dificultades para conservar la memoria a largo plazo.

“El envejecimiento modificó la trayectoria de la recuperación más que simplemente hacerla más difícil”, señaló Reddy. “Los cerebros envejecidos parecían menos susceptibles a la actividad convulsiva crónica, pero seguían siendo vulnerables de otras formas, especialmente en lo que respecta a la memoria y a la función cognitiva.”

Los resultados apuntan a que las consecuencias a largo plazo de una lesión cerebral no dependen solo de la magnitud del daño físico, sino de cómo responde el cerebro a ese daño con el paso del tiempo.

Esto podría ayudar a explicar por qué dos personas con lesiones aparentemente similares pueden presentar evoluciones a largo plazo muy distintas.

La investigación también ofrece pistas sobre por qué la edad puede ser determinante al estudiar las consecuencias de una lesión cerebral traumática. En los cerebros más jóvenes, la preocupación puede ser el desarrollo gradual de redes anómalas que generan crisis epilépticas. En los cerebros de mayor edad, la inflamación, los cambios en los circuitos y el deterioro de la memoria pueden ser rasgos más destacados.

“Un cerebro joven puede necesitar intervenciones dirigidas a impedir el desarrollo gradual de redes que producen crisis epilépticas”, explicó Reddy, “mientras que los cerebros más envejecidos pueden beneficiarse de estrategias que aborden la pérdida de memoria, la inflamación y el deterioro cognitivo tras una lesión.”

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