El 1 de marzo, un dron Shahed de fabricación iraní impactó en la base aérea británica de Akrotiri, en Chipre, acercando de forma inesperada la guerra de Oriente Próximo a territorio europeo.
Chipre, considerado durante décadas un país estable, se perfila ahora como un punto estratégico en un entorno cada vez más volátil, atrapado entre tensiones regionales, intereses de potencias globales y una división interna aún sin resolver.
Vivir junto a las bases militares
Las zonas de soberanía británica de Akrotiri y Dhekelia ocupan cerca del 3% del territorio de la República de Chipre, en el sur de la isla. Su influencia se extiende más allá de sus límites físicos y abarca casi el 60% del municipio de Kourion, donde viven unas 40.000 personas.
En el pueblo de Akrotiri, a las afueras de la base, los residentes conviven con la presencia constante de aviones y patrullas militares. Aproximadamente un tercio de la población trabaja en las instalaciones. Cuando impactó el dron, se desató la confusión.
"Había sirenas, pero no había instrucciones claras", explicó el teniente de alcalde de Akrotiri, Giorgos Kostantinou. La orden de evacuación no llegó hasta el día siguiente y unas 1.000 personas tuvieron que ser desplazadas temporalmente, alojándose en casas de familiares, hoteles y un monasterio cercano.
El incidente puso de relieve un vacío legal: las autoridades chipriotas no tienen jurisdicción sobre las zonas de soberanía británica, lo que limita su capacidad de actuación en situaciones de emergencia.
¿Recurso estratégico o riesgo creciente?
Las bases han sido durante años un asunto delicado en Chipre. Tras la independencia de la isla en 1960, el Reino Unido mantuvo el control sobre ellas, y una parte de la población sigue considerándolas un vestigio colonial. El Gobierno chipriota ha puesto en duda el papel de estas instalaciones tras el ataque con dron, y el debate continúa siendo una fuente de tensión política.
"Para muchos, la base se está convirtiendo en una amenaza", señaló Pantelis Georgiou, alcalde de Kourion. "Necesitamos saber quién es responsable, especialmente en materia de protección civil".
Chipre, que actualmente ostenta la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea, no es miembro de la OTAN y depende de sus socios europeos y del Reino Unido para su defensa. Tras el ataque, varios países europeos desplegaron medios militares en la región, entre ellos Grecia, mientras que el Reino Unido permitió a Estados Unidos utilizar sus bases para operaciones defensivas.
El turismo, en riesgo
A pesar del contexto de seguridad, las autoridades tratan de transmitir calma. El turismo, que representa alrededor del 12% del PIB del país, sigue siendo clave para la economía.
Los representantes del sector han restado importancia al incidente, pero el impacto fue inmediato: las reservas hoteleras cayeron cerca de un 40% en marzo, justo al inicio de la temporada. Las autoridades advierten de que las consecuencias a largo plazo dependerán de la evolución del conflicto.
Una isla dividida bajo presión
La crisis en Oriente Medio también agrava la histórica división de Chipre. La isla permanece dividida desde 1974 entre la República de Chipre, reconocida internacionalmente, y la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre, reconocida únicamente por Turquía.
En ambos lados, la presencia militar se ha intensificado, con Turquía reforzando su posición en el norte tras los despliegues europeos en el sur. Los analistas advierten de que el conflicto en Oriente Medio podría profundizar aún más las divisiones y retrasar los esfuerzos de reunificación.
Un equilibrio cada vez más frágil
Por ahora, la vida cotidiana sigue su curso. Sin embargo, por debajo de la superficie, la guerra está transformando la isla en múltiples niveles: político, económico y social.
Chipre se mantiene alejada de los frentes de combate, pero cada vez está más expuesta a sus consecuencias. La cuestión ya no es si el conflicto le afecta, sino cuánto.