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La dieta que podría elevar el coeficiente intelectual infantil hasta 10 puntos

Niño en Bielorrusia, imagen de archivo
Niño en Bielorrusia, archivo Derechos de autor  BelTA
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Por Laura Fleischmann
Publicado última actualización
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Un análisis de 73 estudios sugiere que la alimentación en los primeros años de vida condiciona el desarrollo mental posterior. Hierro, yodo y zinc parecen desempeñar un papel clave en el cociente intelectual y las capacidades cognitivas.

Lo que comen los niños en sus primeros años de vida podría influir en su inteligencia. Así lo sugiere un amplio análisis de estudios internacionales.

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Según este trabajo, determinados patrones de alimentación, tanto en la primera infancia como durante la pubertad, guardan relación con el rendimiento cognitivo en etapas posteriores.

Un equipo de investigación de la Universidad de Swansea, en el Reino Unido, analizó en total 73 estudios científicos. Incluía tanto estudios de seguimiento a largo plazo como ensayos en los que se probaron intervenciones dietéticas concretas.

Los resultadosse publicaron en la revista científica 'Advances in Nutrition'.

Fases especialmente sensibles del desarrollo cerebral

Los científicos se centraron en dos etapas de la vida, los primeros años y la pubertad. Ambas se consideran periodos de especial intensidad en el desarrollo del cerebro.

En losdos primeros años de vida se forman las estructuras neuronales básicas, mientras que en la adolescencia se produce una nueva reorganización de numerosas redes cerebrales.

Según los investigadores, en estas ventanas de desarrollo el cerebro es especialmente sensible a una alimentación desequilibrada, por lo que las carencias de nutrientes clave podrían tener consecuencias a largo plazo.

Fruta, verdura y cereales integrales se asocian a efectos positivos

Las relaciones más claras se observaron en niños menores de tres años. Varios estudios de larga duración mostraron que una dieta rica en fruta, verdura, cereales integrales y lácteos se asociaba posteriormente con mejores resultados en pruebas de inteligencia.

En cambio, los alimentos muy procesados y los productos ricos en azúcar se relacionaban a menudo con un rendimiento cognitivo más bajo, unos efectos especialmente marcados durante el primer año de vida.

Un estudio neerlandés que siguió durante varios años a unas 1.900 niñas y niños halló además una relación entre unos hábitos alimentarios poco saludables en la etapa de lactante y una menor cantidad de sustancia blanca cerebral a los diez años.

Los niños con menos sustancia blanca tendían después a obtener puntuaciones de cociente intelectual más bajas.

Según diversos estudios, si se corrigieran las deficiencias de yodo, zinc y hierro en todo el mundo, el cociente intelectual medio podría aumentar hasta diez puntos.

El hierro desempeña un papel clave

Los investigadores prestaron especial atención al aporte de hierro. Varios estudios apuntan a que una alimentación rica en hierro entre el sexto y el duodécimo mes de vida puede asociarse a mejores resultados cognitivos.

A la inversa, se observó que una carencia de hierro en la primera infancia puede asociarse incluso años después con dificultades de atención, pensamiento espacial, cálculo y control cognitivo.

Llamaba la atención que un tratamiento posterior aparentemente no conseguía compensar del todo estos déficits.

Además del hierro, el equipo analizó otros nutrientes como yodo, vitamina D, ácidos grasos omega 3, colina y distintas combinaciones de vitaminas.

Resultados poco consistentes en adolescentes

Mientras que los resultados en niños pequeños fueron relativamente coherentes, en la adolescencia el panorama fue más complejo. Los suplementos adicionales de hierro o yodo solo mejoraban el rendimiento cuando existía previamente una deficiencia real.

En el caso de la vitamina D apenas se detectaron efectos positivos sobre la inteligencia, y los datos relativos a los ácidos grasos omega 3 tampoco fueron homogéneos.

Sin embargo resultó llamativo un detalle, los efectos beneficiosos aparecían sobre todo cuando el nivel de omega 3 en sangre superaba un determinado umbral. La simple toma de suplementos no parecía suficiente, lo decisivo sería que el organismo absorbiera realmente estos ácidos grasos.

En conjunto, todas las investigaciones coincidían en un punto, entre los adolescentes una alimentación más saludable rica en cereales integrales, fruta, verdura y lácteos se asociaba con una mayor inteligencia verbal y un cociente intelectual más alto.

En cambio, una dieta rica en azúcar se relacionaba con una disminución de la inteligencia.

Los investigadores piden prudencia

Pese a las señales relativamente claras, los autores advierten contra sacar conclusiones precipitadas. Los estudios analizados diferían en algunos casos de forma considerable en la metodología, las herramientas de medición y los grupos de edad examinados.

Además, la inteligencia es un rasgo complejo influido por numerosos factores. Junto a la alimentación, también resultan determinantes la genética, la educación, el entorno familiar y las condiciones sociales.

Por ello, los investigadores recomiendan que los futuros estudios delimiten mejor las fases biológicas del desarrollo y utilicen biomarcadores que permitan medir de forma más objetiva la ingesta real de nutrientes.

El análisis actual aporta más indicios de que una alimentación equilibrada en las primeras etapas de la vida puede favorecer el desarrollo intelectual.

En especial durante los primeros años de vida, el aporte de nutrientes esenciales parece desempeñar un papel importante. No obstante, aún es necesario estudiar con mayor detalle si, y en qué medida, alimentos o nutrientes concretos influyen en la inteligencia.

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