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Los mercadillos y los espacios de antigüedades mantienen viva la historia

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Los mercadillos y los espacios de antigüedades mantienen viva la historia
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Por Rushanabonu Aliakbarova
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Coleccionistas, vendedores y restauradores dan nueva vida a objetos históricos en mercadillos, salones de antigüedades y museos privados.

A primera vista parece un conjunto de objetos sin relación: muebles antiguos, libros muy usados, juegos de cristal, tejidos bordados, cámaras y piezas de cobre. Pero detrás de cada pieza hay una historia, un recuerdo y, a menudo, décadas de conservación.

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Por todo Uzbekistán, los mercadillos y los espacios de antigüedades dejan ver otra faceta de la vida cultural del país, marcada por colecciones personales, historias familiares y objetos cotidianos que han llegado hasta hoy pasando de generación en generación.

En Taskent, el interés por las antigüedades y los objetos de época es cada vez más visible y atrae tanto a residentes como a visitantes extranjeros. Lo que empezó como una pequeña iniciativa familiar se ha convertido poco a poco en un negocio consolidado centrado en la conservación de objetos históricos.

Uno de los salones de antigüedades más conocidos del país funciona desde hace más de 30 años y reúne en un mismo espacio muebles vintage, cristal, pinturas, fotografías raras y objetos decorativos.

En su interior, muchas piezas no son las que suelen encontrarse en los museos tradicionales. Detrás hay un trabajo de investigación, restauración, atribución y valoración histórica.

Su propietaria, Lyubov Shapulina, cuenta que llegó a este ámbito al continuar la labor de sus padres.

"No entré en el negocio de las antigüedades como una profesión, estoy continuando el trabajo de mis padres", explica.

Según Shapulina, al principio la actividad se centraba en el arte contemporáneo, pero fue derivando hacia las antigüedades a medida que más personas empezaron a llevar objetos antiguos para tasarlos y venderlos.

"Si antes este trabajo dependía de la intuición y simplemente del buen gusto, hoy lo abordo ante todo como un trabajo profesional", señala. "Nos dedicamos a la atribución y prestamos atención al contexto histórico de cada pieza".

Con el tiempo, explica, las antigüedades dejaron de ser solo bienes comerciales.

"Cuando llevas más de 25 años en este campo, empiezas a tratar las antigüedades como parte del patrimonio histórico y cultural de nuestra región".

Hoy percibe un creciente interés entre el público joven y las empresas locales, sobre todo en el ámbito del diseño de interiores.

"Entramos en hoteles o casas de huéspedes y ya vemos elementos de antigüedades en el interior, armarios antiguos, tejidos suzani, bordados, alfombras. Veo cambios reales y un gran interés por la historia de Uzbekistán".

Su colección incluye ahora unos 2.000 objetos, desde muebles antiguos hasta pinturas contemporáneas. Los salones de antigüedades, afirma, suelen colaborar también estrechamente con artistas modernos.

"Es una especie de simbiosis. No podemos existir los unos sin los otros".

Entre sus principales especialidades figura la restauración de muebles antiguos, un campo que describe como técnicamente muy exigente.

"Restauramos elementos tallados, reparamos pérdidas y recuperamos el color. A veces compramos muebles en muy mal estado y los restauramos por completo".

Más allá de estos salones comisariados, los mercadillos al aire libre de Uzbekistán siguen atrayendo a coleccionistas, turistas y curiosos en busca de objetos poco habituales.

Uno de los mercados más conocidos del país es el bazar Yangiabad, en Taskent, donde las antigüedades se venden junto a piezas de recambio, aparatos electrónicos y artículos para el hogar.

Desde hace casi 20 años, el vendedor Abdurashid Matboboyev está especializado en equipos fotográficos y de cine de época.

"Mi principal campo es el equipo fotográfico, material de foto y de cine", explica. "Ese interés me acompaña desde joven".

Hoy, muchos de sus clientes son turistas extranjeros, sobre todo fotógrafos que buscan objetivos y accesorios vintage.

"Se les reconoce desde lejos, suelen llevar cámaras colgadas al cuello", comenta.

El trato con visitantes internacionales también le ha permitido aprender varios idiomas a lo largo de los años.

"Puedo hablar algo de inglés, un poco de japonés, algo de chino y un poco de italiano y francés".

Matboboyev afirma que el interés por la tecnología antigua también está creciendo entre los compradores locales más jóvenes.

"La gente joven hoy empieza a interesarse por los objetos antiguos", asegura. "Dicen que quieren aquella calidad de antes".

Está convencido de que la estética vintage vuelve poco a poco a cafés, restaurantes y espacios públicos de todo el país.

"La tendencia está regresando", concluye.

Desde Taskent, el recorrido sigue hacia el este hasta el distrito de Bagdad, en la región de Ferganá, donde el coleccionista Mirzaolim Tursunov ha transformado su casa en un museo privado que alberga más de 3.000 objetos.

Lo que empezó como una colección de monedas en los años noventa acabó convirtiéndose en un archivo mucho más amplio de libros, medallas, objetos de cobre y piezas artesanales.

"El primer objeto que adquirí fue una moneda del periodo kushán", recuerda. "Así empezó todo".

Tursunov cuenta que su fascinación por la historia se forjó en la infancia a través de los relatos de los miembros más mayores de su familia.

"Al principio era solo una afición. Con los años, ese interés se hizo más fuerte y con el tiempo se convirtió en el sentido de mi vida".

Muchas de las piezas que más le interesan están ligadas a la artesanía, como los objetos de cobre grabado y las piezas con inscripciones en árabe.

"Cuando ves estos objetos empiezas a pensar en cómo los usaba la gente en el pasado", dice. "Muestran lo inteligentes y hábiles que eran nuestros antepasados".

A diferencia de otros coleccionistas, Tursunov asegura que no le preocupa su valor de reventa.

"Colecciono estas piezas para nuestra gente, para mis hijos, para nuestra nación. Quiero conservarlas como parte de nuestro patrimonio".

Su museo privado recibe ya con regularidad a grupos escolares y visitantes extranjeros, entre ellos turistas de Estados Unidos e Irlanda.

Desde Ferganá, la ruta continúa hacia Bujará, donde pequeños mercados de antigüedades atraen a coleccionistas y turistas interesados en objetos históricos y en la numismática.

La vendedora Dilorom Jumayeva cuenta que los visitantes suelen sentirse atraídos por la cerámica, los tejidos suzani, los libros antiguos y las teteras.

"La gente que viene aquí se sumerge en la historia", afirma. "Es como si entraran en el pasado a través de los objetos que ven".

Entre los objetos de su colección hay un libro de más de 400 años que despierta un gran interés entre los turistas extranjeros.

"Los visitantes de Irán, de países árabes y de China se quedan muy impresionados cuando lo ven", señala.

Como muchos comerciantes, Jumayeva sigue buscando nuevas piezas por todo Uzbekistán, viaja a distintas regiones y trabaja con especialistas para verificar su autenticidad y su valor histórico.

"Hay un importante flujo de turistas, especialmente de los interesados en antigüedades y numismática", explica.

Al recorrer los mercadillos de Bujará, los visitantes se mueven entre herramientas antiguas, fotografías de época, recuerdos soviéticos y utensilios tradicionales que en su día se usaron en la vida cotidiana.

En estos espacios, los objetos siguen pasando de unas manos a otras, cargados de historias, recuerdos y significados culturales que evolucionan con el tiempo.

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