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¿Es elitista hablar de turismo 'slow', la nueva moda del sector?

Un viajero observa un río de Ninh Bình, en Vietnam
Un viajero observa un río de Ninh Bình, en Vietnam Derechos de autor  Giau Tran / Unsplash
Derechos de autor Giau Tran / Unsplash
Por Javier Iniguez De Onzono
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Los portales de viaje se apresuran a ensalzar los viajes pausados como la tendencia de 2026, señalando sus potenciales beneficios medioambientales y psicológicos. Pero, ¿puede todo el mundo permitírselos?

Un nuevo anglicismo sobrevuela por el sector turístico español y las agencias de marketing. Lo que antes era una simple excursión de domingo al Monasterio de Santo Domingo de Silos, lugar de nacimiento del castellano, ahora se vende como un "refugio entre el silencio". ¿Salir a caminar por Sierra Cebollera, en la comarca riojana de los Cameros? Un espacio natural para "perderse".

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En el último giro de tuerca para publicitar destinos 'inusuales' en un país que absorbió 96,8 millones de turistas (casi el doble de su población) en 2025, hasta el propio portal turístico de España se ha apuntado a hablar de turismo 'slow', es decir, un viaje sin prisas. Los gurús del sector definen esta nueva modalidad como un "turismo que promueve fomentar el disfrute de la experiencia, orientado al consumo, a través de patrones de viaje lentos".

Los entes especializados en este subsector defienden que un turismo reposado puede suponer una oportunidad para promover destinos más pequeños o rurales, apoyando a las comunidades locales y colaborando con ellas para que crezcan de forma sostenible.

Esto, en términos de políticas públicas, tiene sentido: las hordas turísticas tienden a concentrarse en muy pocos sitios y los gobiernos (con campañas recientes en Francia o en Japón) tienden a querer atraerlos a otros rincones de su geografía para evitar las aglomeraciones y que se reparta el pastel de uno de los sectores más lucrativos del mundo. En España, mismamente, la mitad de los viajeros se concentra en tres regiones -Cataluña, Canarias y Baleares- pese a ser el tercer país más extenso de Europa.

Las redes sociales son precursoras de este fenómeno, aunque pervirtiendo en algunas ocasiones este concepto en pro de la estética. 'Influencers' como Sonia Mota (@simplyslowtraveler) alcanzan los 1,1 millones de seguidores en Instagram con un 'feed' basado en tonos neutros, estereotipos mediterráneos y mucho dinero invertido. Mediante una simple búsqueda en Google ya se pueden encontrar agencias de viajes emergentes tratando de subirse al carro con experiencias "personalizadas" en grupos.

No obstante, varios ensayistas puntualizan que este fenómeno, a pesar de la amplificación de la que se beneficia hoy, no es nuevo y tiene determinadas connotaciones sociológicas sobre la forma en la que las personas tienden a posicionarse con respecto a su rol como turistas y la población local.

Los pros y contras del viaje 'slow'

En 'The Tourist: A New Theory of the Leisure Class' (1976), Dean MacCannell introdujo el concepto de "autenticidad escenificada": los espacios turísticos construyen un simulacro de vida local genuina. Es decir, el viajero puede llegar a ser consciente de que le están ofreciendo una función alejada de la cotidianidad de los lugareños, pero la acepta.

En 'Time to transform the way we travel?', un equipo de académicos de Australia y China señalan por un lado los beneficios de los viajes 'slow': la voluntad de reducir el impacto medioambiental; tratar de exprimir una experiencia auténtica y significativa (pese a las contradicciones que apuntaba McCannell) o generar un vínculo con el territorio visitado.

Los expertos también señalan otra de las consideraciones más reclamadas por los defensores del viaje 'slow': la búsqueda de bienestar o de la instrospección ante un mundo acelerado. No obstante, estos señalan una serie de consideraciones a tener en cuenta. ¿Se puede cambiar radicalmente la sostenibilidad de un viaje si el turista depende de un avión para llegar?

Incluso si se asume renunciar a los vuelos, ¿queda esta tipología de viajes restringida a las zonas más acomodadas del planeta que se pueden permitir otro tipo de transportes?No es lo mismo, por ejemplo, tratar de moverse en tren o en caravana por Europa, uno de los continentes más pequeños y ricos del mundo, que hacerlo en Sudamérica, donde la ausencia de infraestructuras y las grandes distancias imposibilitan no coger vuelos para viajar en un corto espacio de tiempo.

Ante esto podría argumentarse que podría alargarse la estancia en un destino concreto en lugar de tratar de llegar a varios puntos turísticos. Ocurre en portales como 'Tintablanca', una editorial especializada en viajes, que defiende elegir un único destino para "exprimirlo al máximo". "Se trata de alquilar un pequeño apartamento en el Trastevere romano o en el Marais parisino y vivir la rutina del lugar", escriben.

Pero, ¿puede un turista con ingresos bajos y escasos días de vacaciones permitirse, tal y como romantiza esta publicación, "bajar cada mañana a la misma panadería, aprender a saludar al camarero del café de la esquina en su idioma o memorizar el sonido exacto de las campanas de la iglesia más cercana?". Con una media de 22 días de vacaciones al año (de los que 14,3 días se emplean para viajes) o un salario mediano en España que se situaba en 24.500 euros en 2024, el debate está servido.

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