Han hecho falta seis intentos, un reinicio y una serie malograda de Netflix, pero ahora, tras 24 años, por fin tenemos una buena película de Resident Evil.
Ser aficionado a los videojuegos no es fácil cuando se trata de adaptaciones cinematográficas. Salvo que incluyamos las recientes series de televisión como 'The Last Of Us' y 'Fallout', las traslaciones de la consola a la pantalla han dado históricamente como resultado auténtico veneno cinematográfico.
Una de las franquicias de videojuegos que peor suerte ha tenido es 'Resident Evil' de Capcom, maldita con seis películas de acción real, un desastroso reinicio en 2021 y una serie fallida de Netflix que fue cancelada de inmediato, como si una infección vírica de verdad resultase preferible a una segunda temporada.
Cuando se anunció que el niño bonito del terror independiente, Zach Cregger, iba a ponerse al frente de un nuevo reinicio de la denostada franquicia, había motivos de sobra para el escepticismo o el desánimo. O ambos. Después de dos películas aclamadas por la crítica (Barbarian y la ganadora del Oscar Weapons), daba la sensación de que Cregger estaba dispuesto a hacer caja y aceptar unos cuantos billetes de Playstation / Sony a cambio de acallar su voz más personal.
Deberíamos haber mantenido la fe, porque resulta que el director sabía muy bien lo que hacía. Han tenido que pasar 24 años, pero gracias a Cregger los fans de 'Resident Evil' tienen por fin una adaptación que pueden defender con orgullo.
En esta versión de 2026 se deja de lado la mitología de alto concepto y los acontecimientos de los juegos, se prescinde de la Alice de Milla Jovovich y se vuelve a lo básico. Conocemos a Bryan (Austin Abrams), un torpe mensajero médico que está a punto de regresar a casa con su novia, que acaba de comunicarle que está embarazada. En lugar de fichar la salida, acepta un trabajo con doble paga que consiste en transportar un paquete de máxima prioridad al Hospital General de Raccoon City.
Bryan cree que está entregando un órgano vital, pero no lo es.
En el trayecto atropella con el coche a una mujer que está viva pero parece en estado de shock. Tampoco lo está.
Así arranca la noche más larga en la vida de Bryan, en la que tendrá que lidiar con la ausencia de cobertura, pelearse con armas que no sabe recargar y enfrentarse a un montón de molestos candados.
Ah, sí, y hay un virus que reescribe el ADN, despoja a los infectados de su humanidad y los convierte en zombis hambrientos de carne, monstruos de muchas extremidades que dan volteretas, mutantes tentaculados y sacos de carne suicidas. Todo eso también será un obstáculo.
Cregger acierta en tantas cosas que roza lo heroico si se comparan los intentos anteriores. Administra a la perfección la sangre y las vísceras, la angustia que encoge el estómago, unos cuantos sustos bien medidos y nunca gratuitos, y añade además una dosis sorprendente de humor. Ese componente cómico resulta decisivo, porque Cregger y su coguionista Shay Hatten han entendido la importancia de introducir algo de cercanía en una mezcla que incluye niveles de horror corporal dignos de Brian Yuzna y criaturas que parecen haberse escapado de 'The Thing' de John Carpenter.
En gran medida esto es posible gracias a Austin Abrams, que interpretaba al drogadicto sin hogar en Weapons. Su personaje es un tipo corriente, chillón y patoso, sin ninguna de las cualidades heroicas ni la soltura en la acción que se supone a un protagonista. Es simplemente un tipo normal en una misión de ir del punto A al punto B, que intenta sobrevivir a todo lo que quiere matarlo. Abrams ha entendido perfectamente el encargo y lo borda.
La primera mitad de Resident Evil es sin duda la más sólida, porque en cuanto Bryan se cruza con un científico de Umbrella Corporation y una agente de seguridad (Paul Walter Hauser y Kali Reis), el viaje de tensión extrema empieza poco a poco a volverse algo más repetitivo. Es en esta segunda parte cuando el espectador recuerda que está en una adaptación de 'Resident Evil'; la inevitable aparición de la siniestra empresa biotecnológica y de algunos planos subjetivos para contentar a los jugadores desentona ligeramente dentro de esta historia de supervivencia protagonizada por un hombre corriente. Eso sí, la película nunca deja de ser delirantemente entretenida, hasta llegar a un desenlace improvisado que sí la perjudica. No por lo directo y casi cómicamente abrupto que resulta, ese aspecto encaja con el tono cada vez más disparatado del filme. El problema es cómo socava el arco del personaje de Bryan y lo reduce a un chiste con forma de Society, que hace que todo termine con una nota algo apagada.
Aun así, durante buena parte del metraje de Resident Evil, Cregger consigue no solo la mejor película de 'Resident Evil', sino la primera gran adaptación cinematográfica de un videojuego. Es cierto que no era difícil superar el listón, pero el mérito de este reinicio bien planteado está ahí. Demuestra que, cuando se apuesta por el talento adecuado delante y detrás de la cámara, incluso una franquicia aparentemente sentenciada puede resucitar.
Resident Evil ya está en los cines.