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Las restricciones migratorias en Italia podrían costarle a Milán un equipo de fútbol

Las restricciones migratorias en Italia podrían costarle a Milán un equipo de fútbol
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Davide Salvadori ha invertido mucho en la creación de un equipo de fútbol que reúne a 14 nacionalidades diferentes y permite a los inmigrantes integrarse en una parte esencial de la vida italiana.

Su San Ambrosio o Sant'Ambrogio en italiano, patrono de la ciudad de Milán fue fundado el pasado mes de mayo mediante la fusión de los Black Panthers y los Corelli Boys, dos equipos nacidos en centros de inmigrantes hace tres años.

El nombre es un homenaje al patrono "porque todos somos milaneses, a pesar de nuestros orígenes", dice Salvadori, director y portavoz del equipo a Euronews.

No es el primer equipo de inmigrantes en la ciudad, pero saltó a las noticias por ser el primero en jugar en una liga oficial. Sobre todo, sigue siendo ante todo "un proyecto de integración e intercambio intercultural, incluido un equipo de mujeres.

El equipo está formado por 60 jugadores, en su mayoría solicitantes de asilo y refugiados. Los italianos por tanto son aquí una minoría. Entre los países de procedencia domina África Occidental: Senegal, Gambia, Malí, etc., además de otras partes del mundo, para un total de 14 nacionalidades representadas.

Algunos llevan ya tiempo viviendo en Italia con protección humanitaria, un trabajo y una casa, otros, en cambio viven en centros de migrantes. Su edad oscila entre los 17 y los 26 años de edad.

Mamadou, un senegalés de 25 años, es el capitán del equipo. Anteriormente fue jugador de las Panteras Negras y de otro equipo de Córcega, una ciudad cercana al Milán; juega como centrocampista y es uno de los futbolistas más experimentados.

Mamadou lleva cuatro años y medio en Italia. Él, al igual que otros miembros del equipo, llegó a Italia en un barco. Es inevitable que se emocione mientras habla de ello. Estuvo encarcelado en Libia cuatro meses, rodeado de armas y violencia, sin saber si sobreviviría a la cárcel y mucho menos a un viaje por el mar en patera. Tardó 8 meses en cruzar el Mediterráneo. Un barco humanitario logró rescatarlos. Llegó a Lampedusa y pasó dos días en un campo de inmigrantes, pero fue trasladado a Milán inmediatamente después.

Se le concedió entonces el estatuto de refugiado y lleva trabajando poco más de un año, primero en una carpintería y luego como guardia de seguridad en un banco. Comparte piso con un amigo. "Fue duro al principio", cuenta. "Con los documentos y todo. Encuentras gente buena y mala en el camino, pero ahora estoy contento de estar aquí".

Los jugadores de San Ambrosio tienen historias muy diferentes, pero todos comparten su pasión por el fútbol. Entrenan todos los martes y jueves por la noche, con partidos los fines de semana. Recientemente han conseguido su primera victoria contra Città di Sesto.

"Los italianos son como las niñas, siempre temerosas de hacerse daño", dice Youssef, el marroquí de 17 años, el más joven del equipo. "Me gusta este equipo porque realmente vives el juego".

Para él, la mejor parte es que puede jugar con chicos adultos. Youssef nació en Italia, pero pasó toda su infancia en Marruecos. Volvió a Italia hace sólo 8 meses aunque por su perfecto italiano no se nota. Aquí va a la escuela (comparte el mismo instituto con otros compañeros de equipo) y sueña con ser un jugador profesional en el futuro. También quiere mudarse a París cuando cumpla los 18 años, aunque su padre no lo vea bien porque allí no conoce a nadie, dice

Abdul, de Gambia, también sueña con ser futbolista. Tiene 18 años, pronto cumplirá 19, y llegó a Italia hace dos años. Al igual que su capitán, también tuvo que cruzar el mar desde África en un barco. Su única compañía durante el viaje fue un amigo que finalmente se quedó en Sicilia.

Estaba en Italia cuando su padre murió en 2017. Sólo podía hablar con su familia por teléfono. De la primera etapa en el país, Abdul dice que cuando llegó a Sicilia fue colocado en un centro de migrantes con otras 500 personas. "Fue horrible", cuenta. Al cumplir los 18 años y gracias a un amigo italiano que se ofreció como voluntario con los inmigrantes, decidió venir a Milán en busca de un futuro. Ahora vive con una familia italiana en una de las zonas más céntricas de la ciudad, va a la escuela y trabaja en una tienda de fotocopias cinco días a la semana. A veces sale con los amigos que ha hecho en el campo, aunque no está ocupado con la escuela o el trabajo", dice.