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Rockdelux, referente de la prensa musical en España, sucumbe al coronavirus

La portada de homenaje de Javier Aramburu.
La portada de homenaje de Javier Aramburu.   -   Derechos de autor  ROCKDELUX
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En España, hubo una iniciativa durante estos tiempos de coronavirus del sector cultural, encabezada por el teatro, en que se propuso un fin de semana de apagón de contenidos por la falta de reacción del ministerio ante la devastación que se avecinaba y se confirma.

Pues bien, una de sus consecuencias inmediatas ha sido el anuncio de la desaparición de la revista ‘Rockdelux’ tras el actual número de mayo. Una revista antigua de 35 años y referente no solo en España si no también en Latinoamérica de la prensa musical y mucho más. Algo debe estar pasando en el mundo del arte en tierras hispanas cuando lo poco que existe en el kiosco se va antes de que podamos volver a salir a la calle con normalidad. Y asistir a conciertos.

Un número de despedida con 55 colaboradores

En este último número de mayo, el 394 después de que en noviembre saliera un número especial por el 35 aniversario, hasta 55 colaboradores disponen de una página cada uno para sus recomendaciones en tiempos de confinamiento. Acerca de discos, libros, películas, series de televisión, blogs, podcasts o videojuegos. Entre ellos, quien suscribe este artículo. Pero ninguno de nosotros sabía que iba a ser el número de despedida.

En el editorial ‘It’s time to say goodbye’, la dirección encabezada por Santi Carrillo reconoce el cada vez más difícil equilibrio para una pequeña editorial como la suya entre las ventas y la publicidad: “este equilibrio lleva años resquebrajándose, y el golpe inesperado de la pandemia del coronavirus ha sido (es) una bofetada brutal que hace aún más inviable el proyecto”.

La apuesta por la versión digital, que es verdad que RdL nunca llegó a explotar completamente, tampoco era la solución según la dirección por la incertidumbre de cómo financiarla. “El periodismo (el musical y el de cualquier otro tipo) no se hace (o no se debería hacer) gratis”, según se afirma en el editorial. “Una revista digital, ahora mismo, únicamente es viable subrayando una vuelta a ese amateurismo no remunerado contra el que siempre hemos luchado”.

Entre la ‘movida’, el techno-pop y el heavy

RdL nació de las cenizas de ‘Rock Espezial’ (1981-1984), que a su vez era heredero de ‘Vibraciones’ (1974-1981), toda una saga de la prensa musical en España que tradicionalmente ha estado ubicada en Barcelona. Como lo han sido también algunas de la mayores editoriales de habla hispana.

En noviembre de 1984, con la salida de ‘Rockdelux’ se intentó un triple amasijo entre tendencias, new wave y heavy metal que era bastante antinatura en forma y fondo.

Así, hasta que al cabo de cuatro años Carrillo, Juan Cervera y Francesc Vaz tomaron las riendas y fueron perfilando el modelo que se había mantenido hasta la actualidad, con Miquel Botella como coordinador de redacción. Carrillo como director editorial y figura tan respetada como temida y criticada, y Cervera como maestro de ceremonias de la sección de crítica de discos que se había convertido en una institución.

Mientras tanto, otros dos críticos barceloneses un poco más veteranos Jaime Gonzalo e Ignacio Julià en lo más parecido a una escisión montaban la revista ‘Ruta 66’ más interesada propiamente en el rock and roll. Ambas revistas vivieron vidas paralelas, pero fue RdL quien triunfó y se llevó al público al abrazar sin prejuicios el hip hop, la electrónica y los sonidos no anglosajones.

En el cambio de siglo, ‘Ruta 66’ cerró y volvió a abrir pero ya sin Gonzalo y Julià que posteriormente se reintegrarían como colaboradores en RdL.

‘Factory’, ‘DancedeLux’ y Primavera Sound

La marca de esta última les permitió ser directores artísticos del BAM, la programación de música independiente de la fiestas de Barcelona y, actualmente, eran los asesores del gigante Primavera Sound, uno de los mayores festivales de música independiente en Europa.

Paralelamente, editaron el trimestral ‘Factory’ (1994-2000), más centrado en el ‘indie rock’, y el anual DancedeLux (1996-2005), con cada nueva edición del otro festival faro barcelonés Sónar. Durante casi dos décadas, se acompañó mensualmente la revista principal de un CD que no era una simple colección de temas del momento sino una radiografía de las principales discográficas independientes del mundo.

Esperadas, y ensalzadas y denostadas a partes iguales, eran las listas de resumen del año cada mes de enero que sentaban cátedra y provocaban debates propios de gente apasionada por su trabajo hasta dejar de saludarse por el criterio de selección.

Y esta estrategia se llevó a su máximo exponente con los números especiales de aniversarios o de números redondos: los mejores álbumes de la historia; los mejores álbumes españoles; los mejores álbumes, películas, series y cómics de los noventa; lo mismo ampliado a la literatura de la primera década del nuevo siglo; la mejor música desde 1984; los monográficos por los fallecimientos de Lou Reed, David Bowie, Prince, Leonard Cohen o Aretha Franklin; y así hasta el especial de 35 aniversario de noviembre pasado sobre la segunda década del siglo. Una enciclopedia para seguir consultando indefinidamente.

La apuesta latina y la web que no llegó

El editorial de adiós sigue asumiendo estos criterios, pese a que la entrada progresiva en sus páginas de la música urbana cada vez más alejada de los patrones del rock y más recientemente una portada con el artista de reguetón colombiano J. Balvin les causara una de las peores ventas de su historia. “Haciendo amigos y enemigos sin la tibieza de las cosas neutras”, se lee a título de orgullo en esta despedida.

Con el apostillado de “una escuela oficiosa de periodismo musical y, ya, cultural”. Para, además, lanzar un reto: “en fin, dejamos un hueco e invitamos a otros a que lo ocupen. Verán que no será sencillo ni fácil”. Es cierto que, por el camino, se han caído algunas de sus firmas ilustres por las lógicas desavenencias personales en un circuito tan susceptible como el musical. Y también se les podría reprochar que no acabaran de dar el salto hacia un modelo más ambicioso de alternativa cultural ante el desértico paisaje en castellano.

Pero para eso hacía falta inversores externos, como los que están fagocitando unos festivales de éxito en la Península Ibérica. Porque en España hay industria de festivales, pero nunca se consolidó una verdadera industria musical (Rosalía es una sana excepción). Y esto también explica que no haya habido suficientes lectores ni suficiente publicidad en estos momentos críticos en que para no haber no hay ni festivales. Ni una estructura pública que contribuya a todo ello.

En declaraciones a la prensa barcelonesa, Carrillo desvela que a principios de año estaban en negociaciones para la entrada de “una gran empresa”. Y así relanzar la revista y cambiar totalmente la web. Sin perder la independencia de la marca. Pero, ahora, ya es demasiado tarde.

Sus responsables han preferido bajar la persiana con estos 35 años y medio y el prestigio intacto antes que dejar de pagar a los colaboradores.