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Privacidad, xenofobia, fronteras: Cómo el 11-S cambió la vida de los europeos

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Por Marta Rodriguez Martinez  & Alice Tidey, Tarima Marques Nistal con AP
Foto de archivo: un avión despega del Aeropuerto Nacional Reagan de Washington mientras se despliega una gran bandera estadounidense en el Pentágono.
Foto de archivo: un avión despega del Aeropuerto Nacional Reagan de Washington mientras se despliega una gran bandera estadounidense en el Pentágono.   -   Derechos de autor  J. Scott Applewhite/AP
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Un 11 de septiembre, hace veinte años, muchos europeos sabían que el mundo estaba a punto de cambiar. Ya fuera en Madrid, París, Roma o Londres, la mayoría se encontraba delante de un televisor para observar el evento traumático global que marcó el inicio del siglo XXI: el atentado contra las Torres Gemelas, en el corazón de Nueva York, el centro del capitalismo, hoy rebautizado como "zona cero".

Poco importa que lo que estaban viendo en sus pantallas ocurriera en otro continente, a muchos kilómetros de sus casas, pocos dudaron ese día de que, en algún modo, el derrumbe de aquellos dos rascacielos acabaría teniendo un impacto en sus vidas.

Y así fue: desde ir de vacaciones en avión hasta consultar las redes sociales en el teléfono móvil. Euronews ha hablado con expertos en política internacional para analizar los ámbitos en los que el 11-S marcó una nueva era en la vida de los europeos.

Los viajes: colas en los aeropuertos

David Zalubowski/Copyright 2021 The Associated Press. All rights reserved.
Viajeros en el aeropuerto internacional de Denver, el 24 de agosto de 2021.David Zalubowski/Copyright 2021 The Associated Press. All rights reserved.

El primer cambio, el más inmediato y tangible para la ciudadanía de todo el mundo, incluida la europea, se llevó a cabo en los aeropuertos. Puede que pocos recuerden lo que significaba volar sin tener que esperar una larga cola ante el control de seguridad, pero hace veinte años subirse a un avión no era nada parecido a lo que es hoy en día.

El impacto del 11-S en la aviación se sintió de inmediato. Solo dos meses después del peor ataque terrorista en suelo estadounidense, el entonces presidente George W. Bush firmó una ley por la que se creaba la Administración de Seguridad en el Transporte, un cuerpo de inspectores federales de aeropuertos que sustituía a las empresas privadas que las aerolíneas contrataban para encargarse de la seguridad.

Entonces empezó la escalada de introducción de medidas de seguridad aeroportuaria en todo el mundo. A los pasajeros se les prohibió subir más de 100 mililitros de líquido al avión, se les pidió que permitieran revisiones aleatorias de equipaje y que sus enseres personales fueran escaneados, o que se quitaran el cinturón para pasar por debajo del arco de seguridad.

Tras el intento del ciudadano británico Richard Reid de derribar un vuelo de París a Miami a finales de 2001 con una bomba escondida en su zapato, también se empezó a quitar el calzado a los pasajeros.

Pero todo esto, que cambió los tiempos y las expectativas a la hora de volar, tan solo es una parte muy superficial de lo que significó el 11-S para los desplazamientos internacionales de personas y las fronteras.

Políticas migratorias y xenofobia

El investigador Alejandro Velez, autor de la tesis doctoral 'Efectos y consecuencias del 11-S: una perspectiva ético-política' de la Universidad Pompeu Fabra, señala que donde primero se empezó a notar el impacto del 11-S fue en las políticas de inmigración y asilo. Los atentados a las Torres Gemelas llevaron a una criminalización de los inmigrantes, sobre todo a los procedentes de países árabes y de mayoría musulmana.

La inmigración ya se consideraba como un problema de seguridad antes, pero el ataque en Nueva York fue "un pretexto perfecto para el fortalecimiento de este tipo de políticas que se empezaron a aplicar de forma indiscriminada", añade.

La inmigración a nivel político "comenzó a entenderse en clave de seguridad, más que humanitaria", precisa Velez y señala con un ejemplo cómo esto se tradujo en la vida política europea:

"Si tú miras en profundidad todos los proyectos de Frontex (la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas), hay muchísimos en los que se trata de usar la tecnología precisamente para evitar la migración, tanto por el Mediterráneo, como por los bosques que dividen a países como Bosnia, Hungría o la frontera con Turquía".

Estas políticas se inpiraron en el Derecho Penal del Enemigo, indica el investigador, es decir, en considerar al otro, a priori, como una amenaza.

"Hay muchas investigaciones que demuestran que la gente percibe la inmigración en general como un peligro para su cultura o su situación económica y, evidentemente, una amenaza también puede referirse a cuestiones de seguridad en las que se teme por su vida o por su sociedad", explica a Euronews Marc Helbling, profesor de Sociología Política de la Universidad de Bamberg y coautor del libro "Terrorismo y migración: Una visión general".

"Y esto debería llevar entonces a más prejuicios y actitudes negativas hacia los inmigrantes", añade.

"Es una sensación bastante fuerte, no poder ir a trabajar por tus orígenes"

La historia de Rafi, nacido en Afganistán y residente en Alemania desde su adolescencia, ejemplifica cómo estas actitudes se han traducido en la vida de las comunidades de migrantes en Europa.

A los 19 años estaba empleado como becario en una empresa que operaba en el aeropuerto de Múnich. "Todavía no tenía pasaporte alemán, y cuando presenté mi pasaporte afgano, eso suscitó muchas preguntas y miedo".

Durante varias semanas, se comprobaron sus documentos y antecedentes: "Es una sensación bastante fuerte, no poder ir a trabajar por tus orígenes".

Unos años después, quiso hacer un viaje a Londres con su hermano y un amigo. Presentaron una solicitud de visado a la embajada, que le fue aprobada en pocos días. En cambio, su hermano y su amigo, también de origen afgano, fueron invitados por carta a la embajada de Düsseldorf para una entrevista. Allí les hicieron unas 70 preguntas en una especie de interrogatorio, la mayoría de ellas relacionadas con grupos terroristas. "¿Conoce usted a la organización X, tiene contactos con la organización Y?" Luego llegó la decisión del visado: rechazado.

"Eres un peligro potencial", les dijeron a los dos jóvenes en la embajada británica como justificación. "Entonces volé solo", recuerda Rafi. "Eso fue muy triste".

Unos años más tarde, Rafi quiso viajar a Estados Unidos para hacer un máster. A diferencia de otros solicitantes de visado, tuvo que presentar un currículum absolutamente libre de lagunas. Tenía que enumerar todos los países a los que había viajado o vivido. No era tan fácil, al huir de niño con sus padres del régimen de Kabul, permaneció en diferentes países como refugiado. Tuvo que demostrarlo.

También tuvo que responder a muchas preguntas que le hizo la embajada por correo electrónico. Entre ellas, si estaba transfiriendo dinero a una organización terrorista. "En aquel momento, había una nueva mezquita afgana en Múnich que recaudaba dinero para los afganos exiliados. Yo les transfería 10 euros al mes". Entonces le surgió un dilema: temía que se le atribuyeran esas donaciones. Pero al final optó por declararlo, porque creyó entonces que las autoridades ya estaban al corriente y que lo que quería era comprobar si era honesto.

"Después de unas siete semanas, me invitaron a la embajada y me aprobaron el visado: siete semanas de ansiedad para cinco meses de prácticas. Fue todo un acontecimiento".

El auge de la extrema derecha

La noción del otro como enemigo ha calado en el discurso político en todo el mundo.

Velez señala que lo han aprovechado Gobiernos como los del expresidente de Estados Unidos Donald Trump, que basó su primera campaña política en la promesa de construir un muro en la frontera con México, o el del presidente de ultraderecha Jair Bolsonaro en Brasil.

Pero más allá del contienente americano, la política europea no ha sido ajena a la estigmatización de la inmigración como arma arrojadiza: desde partidos de extrema derecha como el español Vox o el francés Reagrupación Nacional hasta Gobiernos como el de Viktor Orban en Hungría.

"Estamos en una época en la que se junta la política de la guerra contra el terror con la posverdad y esto también ha llegado a Europa, con los partidos de extrema derecha que azuzan ese miedo al otro", señala Velez.

"Está claro que estos atentados tienen un fuerte efecto y que también conducen a la aparición de la extrema derecha y a su éxito electoral", indica Helbling.

El fin de la privacidad: nos leen, nos escuchan y nos clasifican

Mark Lennihan/AP
En esta foto de archivo de 2013, las cámaras de seguridad del Departamento de Policía de Nueva York se encuentran en el Monumento y Museo Nacional del 11 de septiembre.Mark Lennihan/AP

El 11-S también marcó el ocaso de la privacidad individual. Las fronteras que franquearon entonces los Gobiernos ahora lo aprovechan las compañías privadas para recabar datos sobre sus potenciales consumidores.

"En cierto modo, las decisiones que se tomaron en Estados Unidos, especialmente en el contexto de la Ley Patriota (Patriot Act), determinaron el comportamiento que debían adoptar todos los países en materia de seguridad y vigilancia", explica a Euronews Catarina Frois, doctora en Antropología Cultural y Social por el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, Portugal.

Frois señala que las políticas de vigilancia dejaron de tener fronteras y el dilema sobre los límites de la libertad individual y la seguridad como bien común dejó de tener sentido: "nosotros como académicos, nos quedamos sin argumentos porque ya nadie quería pensar en ello".

"Con el pretexto de cuidarnos del terrorismo empezaron a cambiar leyes", explica Velez, "por ejemplo, en Estados Unidos y en otros lugares de Europa como en el Reino Unido, con normativas que permitían intervenir comunicaciones, no solamente telefónicas, sino a través de redes sociales o a través de las páginas que visitamos en nuestro navegador".

"Todo esto se empezó a almacenar en bases de datos inmensas para crear perfiles de riesgo", añade. "Ahora no es raro que cuando intentes cruzar una frontera te puedan pedir las contraseñas de tus redes sociales".

Pero esta intromisión en la privacidad de los usuarios ha ido más allá de los Gobiernos.

Ahora regalamos información a diario a las grandes compañías, como Facebook, Apple, Google, "sin saber para qué va a ser usada" y "sin necesidad de tortura, no como lo hacía la Stasi en la Guerra Fría", lamenta Velez. Estas pueden llegar a saber quienes son nuestros mejores amigos, nuestra visión política e incluso el número de nuestra tarjeta de crédito.

Y el control no es solo en Internet. Se ha convertido en algo cotidiano el ambicioso despliegue de sistemas de videovigilancia en las ciudades.

"Reino Unido fue uno de los pioneros de las grandes redes de videovigilancia en las ciudades", explica Velez, "sin embargo el crimen no ha bajado, ni siquiera a partir de que se han instalado sistemas más modernos con detección de geometría facial o detección de movimientos sospechosos".

Sin embargo, el investigador lamenta que sí han sido usados para la represión como se ha visto por parte de China en Hong Kong.

"Lo pensamos antes y lo seguimos pensando hoy: no está justificado", añade Catarina Frois. "Las cámaras de seguridad no son capaces de anticiparse a la delincuencia porque no hay ningún sistema de vigilancia que sea capaz de leer la mente de las personas".

Frois defiende que su finalidad última, más allá de prevenir la delincuencia, es convencer a las personas de que vivimos en un estado de terror.

Y de ahí, la moneda de cambio por nuestra privacidad: sentirnos más seguros. Tan solo la envergadura de un trauma colectivo como fue el 11-S puede explicar semejante concesión.

¿De verdad un mundo nuevo post 11-S?

AP Photo/Beth A. Keiser, File
Archivo: el 13 de septiembre de 2001, los trabajadores de rescate continúan su búsqueda mientras el humo se eleva desde los escombros del World Trade Center en Nueva York.AP Photo/Beth A. Keiser, File

Todos los expertos concuerdan en que el 11-S supuso un hito en la historia, a partir del que se puede analizar la construcción de un nuevo paradigma mundial, en el que llevamos ya viviendo dos décadas, pero sobre unas bases que ya existían.

"El 11 de septiembre creó un nuevo orden mundial, en la forma en que la gente entiende el terrorismo en general, y en cómo se aplicaron ciertas políticas de seguridad y vigilancia. Pero estos dispositivos ya existían desde hacía mucho tiempo. Ya estaban en marcha", señala Frois.

"El día que se quiso interceptar todas las comunicaciones, se hizo de la noche a la mañana. Esto significa que los dispositivos ya existían. Los problemas de intolerancia, racismo y xenofobia ya estaban también ahí antes del 11-S. Resulta que esta intolerancia ya no era solo de un bando, sino que fue asumida por el otro bando como una lucha, como una guerra de facto".

Cuando se cumplen 20 años del impacto a las Torres Gemelas, para el investigador Alejandro Velez es importante reflexionar sobre todo lo que hemos perdido desde entonces, más allá de si ahora sufrimos más para subir en un avión.

"Creo que ese riesgo latente de terrorismo, que se nos metió en las costuras de la sociedad, ha justificado cosas terroríficas como la tortura, asesinatos selectivos, intervenciones militares cuyas consecuencias continúan. Y creo que algo que tampoco debemos olvidar es que el 11 de septiembre fue un día, pero Irak, Afganistán, Libia lo han vivido diariamente durante 20 años".

Y en Europa, Velez pone el punto de mira en todas las inversiones millonarias en seguridad que los Gobiernos europeos han realizado en detrimento de sus sistemas de salud o educativos. En su lugar, se fueron a armamento y a sistemas de vigilancia.