La polémica del Mundial 2026 con el español en ruedas de prensa ha dejado en evidencia algo que cualquiera que siga LaLiga o el 'deporte rey' ya sabía: el castellano se ha convertido en la lengua franca del fútbol.
Hakimi nació en Madrid, Vinícius lleva ocho temporadas en el Real Madrid y Frenkie de Jong lleva siete en el Barcelona. Los tres hablan español con soltura, los tres quisieron responder en ese idioma a preguntas de periodistas que también lo hablaban y los tres fueron frenados por un moderador de la FIFA con la misma frase: "No está permitido".
La polémica surgió en las ruedas de prensa previas al partido entre Brasil y Marruecos del Mundial 2026, cuando la organización impidió que las preguntas y respuestas se formulasen en español. El protocolo que hasta hace poco estaba vigente solo autorizaba preguntas en inglés o en los idiomas oficiales de las selecciones participantes en cada partido. En la sala del estadio MetLife había cinco idiomas disponibles (francés, árabe, portugués, italiano e inglés) y ni rastro del segundo idioma con más hablantes nativos del mundo; el que se habla en uno de los tres países anfitriones del torneo.
Si añadimos y consideramos también a quienes lo aprenden como segunda o tercera lengua, el número de hispanohablantes asciende a 600 millones de personas. Un idioma con tantos oídos para ser escuchado y con un gigante futbolístico como es la FIFA sin traductor.
Días después se repitió la escena con De Jong. Un periodista mexicano intentó preguntarle en español antes del Países Bajos-Japón y la FIFA volvió a recitar su frase protocolaria y casi robótica: "No está permitido". El neerlandés quiso echar un capote y contestó que no le molestaba responder en la lengua de Cervantes, idioma que domina después de estar años en LaLiga. Pues ni con esas. El centrocampista de 'La Oranje' tuvo que responder en inglés igualmente.
Cuatro días de críticas en redes y medios bastaron para que el organismo rectificara. La FIFA anunció que permitirá preguntas en español en todas las conferencias de prensa del Mundial e incorporará el idioma a los sistemas de traducción de manera permanente. Había construido una norma técnicamente defendible (incluir sólo los idiomas oficiales de los equipos en juego) pero que ignoraba un elemento evidente: el español también lo hablan, y de sobra, futbolistas que ni siquiera eran de países hispanohablantes.
Una liga que exporta más que fútbol
Lo que la escena del MetLife dejó al descubierto no es nuevo para nadie que siga el fútbol europeo de cerca. LaLiga lleva años funcionando, de facto, como una escuela de español para medio mundo. Hakimi se formó en la cantera del Real Madrid, Vinícius lleva ocho temporadas en el club blanco y De Jong, siete en el Barcelona. Son los nombres visibles de un fenómeno que es estadístico.
El fútbol español ha incorporado más de 21.000 jugadores extranjeros a su competición a lo largo de su historia, con un crecimiento progresivo desde mediados del siglo pasado hasta alcanzar, en la temporada 2023/24, una proporción cercana a la mitad del total de futbolistas en la categoría.
Dicho de otro modo: en algún momento de los últimos años, jugar en Primera dejó de ser sinónimo de jugar con españoles. Eso explica, en parte, por qué hace apenas un par de temporadas el Real Madrid alineó un once inicial sin un solo futbolista español, algo que provocó un pequeño terremoto mediático y obligó a Carlo Ancelotti a salir a defender el "carácter español" del club apelando a su cantera.
El dato no sorprende a quien conoce las reglas del juego. España mantiene un límite de tres plazas para jugadores extracomunitarios por club, una cifra similar a la de Italia, mientras que la Premier League permite hasta 17 futbolistas "no formados en casa" por plantilla, aunque en la práctica casi ningún club inglés agota ese cupo. El resultado es una liga que, pese a sus límites regulatorios sigue siendo uno de los principales puntos de llegada del talento global. Y todo ese talento, tarde o temprano, acaba aprendiendo el idioma del vestuario en el que va a pasar media vida.
Aunque hay que decir que hecha la ley, hecha la trampa. Si bien es cierto que los clubes pueden contar entre sus filas con un máximo de tres extracomunitarios entre sus filas, (es decir, jugadores que no tengan nacionalidad de la Unión Europea) muchos jugadores obtienen la nacionalidad española, otros cuentan con la doble nacionalidad (Mastantuono en el Real Madrid es argentino pero con pasaporte italiano) y los jugadores de muchos países de África, Caribe y el Océano Pacífico tampoco cuentan para el total gracias a raíz del acuerdo de Cotonou.
Porque eso es lo que ocurre cuando un jugador llega a España sin hablar una palabra de castellano, que no tiene alternativa. Puede sobrevivir un tiempo con el inglés, apoyarse en compañeros traductores o en el cuerpo técnico, pero el vestuario, los entrenamientos, las entrevistas de cada jornada y la vida diaria fuera del campo terminan imponiendo el idioma local. El caso excepcional es Gareth Bale. El extremo galés del Real Madrid estuvo en el equipo blanco durante siete temporadas y en las ruedas de prensa todavía se desenvolvía en inglés.
Es exactamente lo mismo que documentó hace años un fenómeno parecido en otro deporte: en las grandes ligas de béisbol estadounidense, donde alrededor del 30% de los jugadores son latinoamericanos, muchos peloteros estadounidenses optan por aprender español específicamente para comunicarse con sus compañeros de equipo y entender mejor un vestuario cada vez más hispanohablante.
El fútbol español, con LaLiga como motor, ha producido el fenómeno inverso y a una escala mucho mayor: no son los locales los que aprenden el idioma de los recién llegados, sino los recién llegados los que terminan adoptando el idioma local como propio, incluso cuando vuelven a sus selecciones nacionales y conceden entrevistas en un Mundial.
Lo que confirman los números del propio torneo
El Mundial 2026 funciona, en ese sentido, como un termómetro perfecto. LaLiga es la tercera liga más representada en el torneo con 81 jugadores, por detrás de la Premier League (176) y la Bundesliga (101), pero por delante de la Ligue 1 (79) y la Serie A (66).
A esa cifra hay que sumarle el peso de la MLS, con 44 futbolistas convocados, una liga que opera en gran parte en español por la composición de sus plantillas y de su público. Entre el Barcelona, con 15 jugadores en el torneo, y el Atlético de Madrid, con 12, hay dos vestuarios que funcionan mayoritariamente en castellano sin importar la nacionalidad de quien los integra.
Y luego está el otro número, el que no tiene que ver con la competición sino con el alcance: según el último informe del CIES Football Observatory, Real Madrid y Barcelona son, por una distancia considerable, los dos clubes con más seguidores en redes sociales del planeta, con 488 y 442 millones respectivamente, muy por delante del Manchester United (239 millones) y el PSG (208 millones).
Entre los 100 clubes más seguidos del mundo, España coloca 21 equipos, más que cualquier otro país, con una presencia particularmente fuerte en plataformas como TikTok. Cada publicación en español de esos clubes llega, por pura aritmética, a una audiencia mayor que la de casi cualquier otro idioma del fútbol.
El idioma que nadie decretó pero que todos terminan hablando
El caso de De Jong sigue siendo el más ilustrativo de todos, porque no había ninguna necesidad obvia de que un centrocampista nacido en Arkel, un pueblo holandés de apenas cuatro mil habitantes, aprendiera español. Lo hizo porque vivir en Barcelona durante siete años sin hablarlo habría sido, sencillamente, absurdo. Lo verdaderamente absurdo fue que, en un Mundial disputado en parte en México, un organismo internacional le impidiera usarlo frente a un periodista que lo entendía perfectamente.
La propia FIFA reconoció después la gran cantidad de medios y periodistas hispanohablantes presentes en el torneo, así como el peso de los jugadores que dominan el idioma por jugar o haber jugado en LaLiga. Es, en el fondo, una manera elegante de admitir algo que el fútbol lleva mostrando desde hace años sobre el césped y en los vestuarios. El español no necesitaba que ningún organismo lo declarara oficial. Lo era ya mucho antes de que a alguien en Zúrich se le ocurriera escribir un protocolo de idiomas.