Oficialmente, el Partido Demócrata no tiene candidatos presidenciales para 2028, no hay campaña, debates ni anuncios formales, pero bajo la superficie la carrera por suceder o recuperar la Casa Blanca ya ha empezado.
Nadie se ha presentado oficialmente a la presidencia, pero todos están en campaña.
Cuando los votantes demócratas depositen sus primeras papeletas en Iowa y Nuevo Hampshire a comienzos de 2028, la batalla por la nominación podría llevar ya casi dos años en marcha.
En todo Estados Unidos, los gobernadores demócratas encabezan actos de recaudación de fondos en los estados que celebran las primeras primarias presidenciales. Los senadores publican memorias. Exmiembros del gabinete realizan apariciones televisivas cuidadosamente coreografiadas. Miembros del Congreso construyen enormes audiencias en las redes sociales mientras insisten en que están centrados por completo en sus trabajos actuales. Los comités de acción política contratan personal discretamente. Los donantes conciertan reuniones. Los encuestadores prueban eslóganes. Los consultores diseñan estrategias para sumar delegados.
Nadie anuncia su candidatura. Todos se preparan.
El Partido Demócrata entra quizá en su contienda presidencial más imprevisible en medio siglo, unas primarias realmente abiertas, sin un presidente en ejercicio, sin un vicepresidente en el cargo que herede automáticamente el testigo y sin un líder de consenso evidente.
El resultado es lo que los estrategas de Washington llaman cada vez más las primarias invisibles, una vasta campaña en la sombra en la que decenas de ambiciosos demócratas compiten por influencia mucho antes de que un solo candidato presente la documentación oficial.
Un partido en busca de su próxima identidad
Lo que está en juego va mucho más allá de los nombres propios.
El Partido Demócrata sigue tratando de asimilar las lecciones políticas de la era Trump. ¿Deben los demócratas desplazarse hacia el centro para recuperar a los moderados de los suburbios o abrazar un mensaje económico más populista que movilice a los votantes jóvenes? ¿Debe la inmigración seguir siendo una cuestión definitoria? ¿Puede la política climática replantearse en torno al empleo en lugar del sacrificio? ¿Cómo debe el partido abordar las cuestiones culturales que los republicanos han usado con eficacia en su contra en las últimas elecciones?
El futuro candidato no se limitará a heredar una coalición.
Será quien defina qué representa el Partido Demócrata tras casi una década dominada por Donald Trump.
Esa incertidumbre explica por qué tantos posibles aspirantes se comportan como futuros presidenciables sin decirlo abiertamente.
Gavin Newsom, hacer campaña sin hacer campaña
Pocos políticos han abrazado la campaña en la sombra de forma tan visible como el gobernador de California, Gavin Newsom.
Desde hace años, Newsom amplía cuidadosamente su perfil nacional mediante debates televisados con figuras conservadoras, apariciones en estados gobernados por republicanos, entrevistas en pódcast de gran repercusión y críticas constantes a la administración Trump y al propio Trump.
Su mensaje es claro, los demócratas no pueden limitarse a oponerse a los republicanos, deben vencerlos en el debate nacional.
Newsom ha cultivado a grandes donantes, ha estrechado lazos con los sindicatos y se ha situado como uno de los comunicadores más reconocibles del partido.
Su desafío es igual de evidente.
Los republicanos disfrutarían enfrentándose a un gobernador de California, presentando a Newsom como la encarnación de los excesos progresistas. Los propios demócratas siguen divididos sobre si su depurada presencia mediática se traduce en un atractivo electoral amplio.
Andy Beshear, el demócrata al que los republicanos siguen votando
Si los demócratas buscan pruebas de que la política liberal aún puede tener éxito en territorios profundamente conservadores, el gobernador de Kentucky, Andy Beshear, se ha convertido en el ejemplo más claro.
Elegido en dos ocasiones en uno de los estados más republicanos de Estados Unidos, Beshear ha cultivado una imagen calmada y bipartidista centrada en la respuesta a desastres, la sanidad y el desarrollo económico.
Su atractivo es evidente.
Si los demócratas aspiran a reconstruir su apoyo en la América rural, Beshear ofrece quizá su mejor caso de estudio.
Su reto es igual de importante, un gobernador con una exposición nacional relativamente limitada debe averiguar si es capaz de traducir su popularidad regional en un movimiento nacional.
Incluso titulares aparentemente no relacionados, como su reciente petición pública de mayor transparencia sobre la salud del senador por Kentucky Mitch McConnell, han reforzado su imagen de líder ejecutivo ponderado dispuesto a abordar cuestiones políticamente delicadas.
Pete Buttigieg, ¿sigue siendo el mejor comunicador?
Pocos demócratas se desenvuelven tan bien en entornos mediáticos hostiles como Pete Buttigieg.
El exsecretario de Transporte se ha convertido en uno de los defensores más eficaces del partido en televisión, aparece con regularidad en cadenas conservadoras donde desmonta con calma los argumentos republicanos.
Desde su sorprendente campaña presidencial de 2020, Buttigieg ha ampliado su perfil político más allá de la especialización en políticas públicas para entrar en debates más amplios sobre democracia, economía e identidad estadounidense.
Sus partidarios sostienen que representa a la nueva generación de dirigentes demócratas, pero sus críticos cuestionan si su atractivo va más allá de los votantes suburbanos con mayor nivel educativo.
En cualquier caso, pocos observadores dudan de que sigue siendo uno de los posibles aspirantes más disciplinados.
Alexandria Ocasio-Cortez, ¿de activista a líder nacional?
La congresista neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez ha protagonizado quizá la transformación política más notable dentro del Partido Demócrata.
En su día, los moderados la descartaban como una candidata de protesta, ahora se ha convertido en una de las figuras nacionales más influyentes del partido.
Su enorme comunidad en línea le da acceso directo a millones de votantes jóvenes sin depender de los medios tradicionales.
Su reto es convencer a los demócratas escépticos de que puede unir la amplia coalición necesaria para derrotar a los republicanos a escala nacional.
Sus partidarios sostienen cada vez con más fuerza que el partido no puede permitirse nominar a otro centrista cauteloso.
Sus críticos temen que su marca progresista siga siendo demasiado polarizadora en estados clave decisivos.
Josh Shapiro, el ejecutivo de Pensilvania
El gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, ocupa otro espacio atractivo.
Joven, elocuente y al frente quizá del estado bisagra más importante del país, Shapiro ha ido ganando atención nacional con proyectos de infraestructuras bipartidistas y gestión de crisis.
Muchos estrategas demócratas consideran en privado que Pensilvania es indispensable en cualquier camino en el Colegio Electoral de regreso a la Casa Blanca.
Ganar allí como gobernador atrae de forma natural las especulaciones sobre una candidatura presidencial.
JB Pritzker, el progresista multimillonario
El gobernador de Illinois, JB Pritzker, tiene algo que valora cualquier candidato presidencial, recursos.
Como uno de los políticos más ricos de Estados Unidos (la familia Pritzker es propietaria de la cadena hotelera Hyatt), Pritzker puede financiar enormes maquinarias políticas y presentarse al mismo tiempo como un defensor sin complejos de las prioridades progresistas, de los sindicatos y del derecho al aborto.
Su disposición a plantar cara con firmeza a los republicanos lo ha hecho cada vez más popular entre los activistas demócratas.
Está por ver si esa popularidad se extiende al conjunto del país.
Raphael Warnock, la voz del Senado
El senador por Georgia Raphael Warnock sigue despertando discretas especulaciones sobre una posible candidatura presidencial.
Su historia personal, de pastor en la iglesia Ebenezer Baptist a senador por uno de los estados más competitivos del país, le confiere un perfil especialmente inspirador.
El problema para Warnock es el calendario.
Muchos demócratas creen que su futuro político puede estar en 2032 más que en 2028, lo que le daría más tiempo para acumular experiencia a escala nacional.
Kamala Harris, la gran incógnita
Ninguna figura genera tanta incertidumbre como la exvicepresidenta Kamala Harris.
Tras encabezar la candidatura demócrata en 2024, Harris sigue siendo una de las dirigentes más conocidas del partido.
Su organización nacional, su red de recaudación de fondos y su experiencia política la convertirían de inmediato en una de las aspirantes más fuertes si decidiera presentarse.
Sin embargo, muchos demócratas siguen debatiendo si el partido debe apostar por una figura nacional conocida o girar de forma decidida hacia una nueva generación.
Su decisión de presentarse, o de no hacerlo, puede moldear por completo el conjunto de la contienda.
Los tapados
Toda contienda presidencial abierta acaba sacando a la luz candidatos sorpresa.
El senador por Georgia Jon Ossoff ha empezado a atraer más atención a medida que los demócratas buscan una figura capaz de llegar a distintas corrientes ideológicas, aunque sigue negando ambiciones presidenciales y se centra en su campaña al Senado.
El gobernador de Maryland, Wes Moore, sigue impresionando a los donantes con su biografía y su estilo de gobierno.
Incluso figuras como el senador por Arizona Mark Kelly, el senador por Connecticut Chris Murphy o el exalcalde de Chicago y exjefe de gabinete de la Casa Blanca Rahm Emanuel podrían emerger si los aspirantes más conocidos tropiezan.
La historia sugiere que alguien de quien apenas se habla hoy podría convertirse en el favorito de mañana.
Las nuevas reglas de la política presidencial
A diferencia de generaciones anteriores, estas primarias invisibles se desarrollan de forma continua en internet. Los candidatos ya no necesitan discursos en Iowa para ganar impulso.
Una sola entrevista en un pódcast puede llegar a millones de personas, dominar el ciclo informativo y elevar de la noche a la mañana el perfil nacional de un candidato. Un vídeo viral en TikTok puede alcanzar a más votantes jóvenes que semanas de publicidad televisiva.
Cada discurso sobre políticas públicas se convierte en material de campaña. Cada viaje al extranjero se analiza como una prueba de liderazgo presidencial y cada entrevista en una cadena de noticias por cable funciona como un minidebate presidencial.
Los consultores políticos sostienen cada vez con más frecuencia que los candidatos construyen ya marcas personales en los medios años antes de entrar formalmente en la política presidencial.
Obama sigue proyectando una larga sombra
Sobre todo este campo planea un hombre que no se presenta.
El expresidente Barack Obama sigue siendo quizá la voz más influyente del Partido Demócrata.
Aunque ha evitado cuidadosamente respaldar a cualquier posible sucesor, muchos dirigentes del partido creen que su opinión podría ser decisiva si las primarias se mantienen fragmentadas.
Si Obama acaba actuando como gran elector o decide mantenerse deliberadamente neutral, ello podría determinar el comportamiento de los donantes y los apoyos de las élites en todo el partido.
Primero llegan las elecciones de mitad de mandato
Por ahora, todos los posibles aspirantes a la presidencia insisten en que 2026, o en algunos estados 2027, es la prioridad inmediata. Los gobernadores deben gobernar y los senadores deben defender sus escaños.
Los demócratas deben demostrar primero que pueden recuperar el poder en el Congreso antes de soñar con regresar a la Casa Blanca. Sin embargo, cada acto de campaña, cada cena de recaudación de fondos y cada aparición en televisión nacional se observa con otra mirada.
¿Quién pareció presidencial? ¿Quién impresionó a los donantes? ¿Quién conectó con los votantes jóvenes? ¿Quién salió indemne de los titulares de la semana? Las respuestas están moldeando discretamente una carrera que oficialmente no existe.
Pero en Washington pocos se dejan engañar. La carrera por la nominación demócrata a la presidencia en 2028 ya está en marcha, aunque los candidatos se nieguen a reconocerlo.