Si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, probablemente sea un pato. La DMA parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, pero muchos insisten en que es una gallina.
La Ley de Mercados Digitales (DMA) se concibió originalmente como un instrumento del derecho de la competencia. Aunque desde entonces su encaje se ha matizado, se construyó sobre unos cimientos conceptuales defectuosos que seguirán pasándole factura.
Conviene recordar algo. Hace casi exactamente tres años, la entonces comisaria de Competencia, Margrethe Vestager, ya adelantaba (fuente en inglés) los peligros del metaverso y de OpenAI. Advertía:
"Desde luego no hemos actuado con excesiva rapidez, y esto puede ser una lección importante para nosotros en el futuro", dijo.
"Tenemos que anticiparnos y planificar el cambio, dado el hecho evidente de que nuestra labor de control y el proceso legislativo serán siempre más lentos que los propios mercados. Por ejemplo, ya es hora de que empecemos a preguntarnos cómo debería ser una competencia sana en el metaverso o cómo algo como ChatGPT puede cambiar la ecuación", añadió.
Hace entre cinco y siete años se hizo evidente un cambio de fondo en la mentalidad de los reguladores europeos. Empezaron a tratar de impedir que tecnologías dañinas llegaran a surgir antes de que esas tecnologías se generalizaran. El objetivo es loable, la ejecución ha resultado perjudicial tanto para las empresas europeas como para los consumidores. La razón no es difícil de ver. Aproximadamente tres años después de la advertencia de Vestager, Meta anunció (fuente en inglés) que cerraría Horizon Worlds en junio (nota: esa decisión fue revertida por Meta poco después). El episodio recuerda oportunamente que los reguladores son notoriamente malos a la hora de predecir los resultados del mercado.
Se podrían citar infinidad de ejemplos similares en los últimos años, empezando por el Reglamento de IA de la UE, que contenía incoherencias y supuestos que ya estaban desfasados cuando entró en vigor.
Durante una reciente visita con motivo del 35º aniversario de la Autoridad de Competencia húngara, el presidente de la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC), Andrew N. Ferguson, ofreció un diagnóstico contundente (fuente en inglés) de la situación europea.
"La sobrerregulación y una aplicación excesivamente enérgica de las normas de competencia han mermado la capacidad de Europa para competir [...] No es casualidad que casi todas las empresas designadas como 'guardianes de acceso' por la Comisión Europea en virtud de la Ley de Mercados Digitales sean compañías estadounidenses", afirmó.
En Europa, las grandes tecnológicas pueden parecer enormes, pero tamaño no equivale a dominio y parece que de algún modo hemos olvidado esta lección. Microsoft, por ejemplo, probablemente la empresa mejor posicionada estratégicamente del sector, no ha conseguido hasta la fecha abrirse paso de forma significativa en las redes sociales, las búsquedas para el gran público ni el mercado a gran escala de los modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM).
La regulación prematura, sin embargo, no es el único síntoma de esta actitud regulatoria problemática. El arquitecto del Reglamento de Servicios Digitales (DSA), Thierry Breton, envió una carta a X (fuente en inglés) y, de forma indirecta, a Elon Musk, advirtiendo de que retransmitir una entrevista con un candidato a la presidencia de Estados Unidos podría constituir una infracción del DSA. La presunción de culpabilidad implícita en esa carta era inconfundible.
Lazar Radic expuso recientemente (fuente en inglés) lo que muchos sospechaban desde hace tiempo: la DMA y quienes la aplican tratan "Amazon.com como un ferrocarril del siglo XIX". Errores similares impregnan la forma en que los reguladores ven a otros gigantes tecnológicos estadounidenses. Conviene asumir que esta mentalidad condena de antemano a empresas y consumidores europeos a perder.
El paralelismo con la regulación del sector de las telecomunicaciones es esclarecedor y a la vez descorazonador. Cuando se reguló a las telecomunicaciones, los países europeos eran propietarios de la infraestructura subyacente y las empresas europeas competían sobre ella.
En el siglo XXI, sin embargo, Europa ha cedido de facto la capa de infraestructura digital, es decir, las plataformas actuales, a las empresas estadounidenses. Los reguladores han respondido aplicando la misma lógica que utilizaron con las telecos hace décadas, regular el acceso y hacer cumplir la no discriminación. Pocas personas han percibido el fallo fatal de este enfoque. Significa que incluso las empresas europeas que quieren desafiar a los actores consolidados estadounidenses se ven abocadas, en la práctica, a competir en la plataforma y no por el mercado. Esa es una batalla imposible de ganar. Solo es posible ganar si se compite hasta apropiarse por completo del mercado.
En definitiva, la DMA, junto con otras normas tecnológicas recientes, es el síntoma de una filosofía regulatoria fracasada. Lo más preocupante es que abolir solo la DMA no bastaría para resolver los problemas de fondo de Europa.
Lo que se necesita es una desregulación a gran escala, desmantelar una parte sustancial del acervo de reglamentos y directivas de la UE y, al mismo tiempo, reactivar seriamente la casi dormida aplicación de las normas del mercado interior. Porque para dominar el mercado hay que ser viable y eficiente en las cinco capas del "pastel de la IA" (por utilizar la acertada expresión de Jensen Huang).
La Unión Europea necesita un enfoque tan audaz que Javier Milei envidiaría tanto su rapidez como su determinación.
Nada de eso ocurrirá, ni puede ocurrir, sin un cambio institucional radical. Y ese cambio radical parece casi estructuralmente imposible, dada la arquitectura institucional de la UE.
Muchos países de Europa central y oriental conservan un recuerdo muy vivo. En la Unión Soviética, el éxito siempre se medía en relación con otros Estados fallidos. Sin embargo, objetivamente, incluso el éxito relativo dentro del sistema equivalía al fracaso cuando se comparaba con el mundo exterior, y solo era cuestión de tiempo que la realidad lo dejara en evidencia.
Todo político, legislador y regulador haría bien en recordar que la ley de la oferta y la demanda no se puede desafiar. Solo se puede intentar suprimirla a costa de un precio cada vez mayor para los ciudadanos y las empresas locales. La DMA es un pato, no una gallina. La DMA no regula la competencia, regula el fracaso.
Este artículo se publicó originalmente en EU Tech Loop (fuente en inglés) y se ha reproducido en el marco de un acuerdo con Euronews.