El principal vertedero de Bali está cerrado desde comienzos de abril a los residuos orgánicos, mientras Indonesia trata de hacer cumplir su antigua prohibición de los vertederos a cielo abierto. Esta restricción repentina ha obligado a las autoridades locales a reaccionar a contrarreloj, con pocas alternativas inmediatas disponibles.
Como consecuencia, la basura se acumula en las calles de distintas zonas de la isla. Algunos vecinos, frustrados, están quemando residuos, lo que envía un humo acre a las áreas residenciales y dispara las preocupaciones por la salud. Otros están pagando a recogedores privados para retirar los desechos, lo que recorta aún más unos márgenes ya ajustados para los pequeños comerciantes.
Indonesia prohibió oficialmente los vertederos a cielo abierto en 2013, pero la aplicación de la norma ha sido irregular hasta ahora. Bali, que recibió en torno a siete millones de turistas el año pasado, genera mucha más basura de la que su población de 4,4 millones de habitantes puede gestionar con facilidad.
El Gobierno prevé construir plantas de valorización energética de residuos, entre ellas una gran instalación que se espera que procese 1.200 toneladas diarias, pero estos proyectos tardarán años en completarse.