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El estrecho de Ormuz, entre el poder de la amenaza y la fragilidad económica de Irán

Golfo Pérsico
Golfo Pérsico Derechos de autor  AP Photo& TASNIMNEWS
Derechos de autor AP Photo& TASNIMNEWS
Por Alain Chandelier
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Cerrar el estrecho de Ormuz para Irán es tanto la mejor arma como el mayor temor. Una acción que también podría cortar las arterias vitales del propio Irán y, al mismo tiempo, paralizar la economía mundial.

El estrecho de Ormuz no es solo un pasaje marítimo, sino la 'arteria vital' de la economía moderna. Esta angosta vía fluvial, que en su punto máximo de curvatura mide solo unos 33 kilómetros de ancho, es el punto de conexión de las vastas reservas de petróleo de Oriente Medio con los sedientos mercados mundiales.

La importancia de este cuello de botella se comprende cuando observamos las asombrosas cifras: más de 20 millones de barriles de petróleo crudo y enormes cantidades de gas natural licuado (GNL) pasan por esta ruta a diario; una cifra equivalente a aproximadamente una quinta parte del consumo total de petróleo del mundo y a más de un tercio del comercio de energía en alta mar.

Sin embargo, esta importancia económica siempre ha estado vinculada a una incertidumbre política. Durante las últimas décadas, cada vez que las tensiones diplomáticas entre Irán y Occidente (en particular, Estados Unidos) alcanzaron un punto de ebullición, Teherán utilizó la' carta de Ormuz' como herramienta de presión estratégica. Desde la era de las guerras petroleras de la década de 1980 hasta la era de las negociaciones nucleares y las severas sanciones de los últimos años, el meme iraní no ha dejado de repetirse: "Si no podemos exportar nuestro petróleo, nadie debería poder hacerlo".

Estas amenazas reiteradas han convertido al estrecho de Ormuz en un foco de guerra psicoloógica. Si bien muchos observadores internacionales ven estas afirmaciones como una especie de engaño político para ganar puntos en la mesa de negociaciones, la realidad geográfica y las capacidades asimétricas del Ejército iraní han hecho imposible que el mundo simplemente abandone esta opción. La verdadera pregunta ahora es qué lógica estratégica hay detrás de estas reiteradas declaraciones? ¿Tendrá Irán la fuerza y la voluntad para cruzar esta frontera roja en el momento prometido?

La respuesta a esta pregunta no debe buscarse en el equilibrio de poder clásico, sino en la lógica del equilibrio de amenazas y en la teoría de Stephen Walt. En este contexto, los gobiernos no se equilibran necesariamente con un poder superior, sino que reaccionan ante una amenaza que parece peligrosa.

Si bien Irán no está al nivel de una coalición rival en términos de fortaleza económica y militar clásica, la combinación de proximidad geográfica con capacidades asimétricas ha convertido al Estrecho de Ormuz en un factor de amenaza único. En otras palabras, al aumentar con sensatez esta capacidad, Irán aumenta el coste mental que supone para la otra parte atacar a sí mismo, sin tener que ir necesariamente a la guerra. Esta lógica de disuasión, por supuesto, tiene sentido cuando existen medios prácticos para llevarla a la práctica.

Herramientas operativas

Irán está utilizando la estrategia de «impedir el acceso y la denegación de acceso» para cerrar el estrecho de Ormuz. En este modelo, el objetivo no es necesariamente la destrucción total de la flota enemiga, sino aumentar el costo de entrada y estancia en la región hasta tal punto que las operaciones resulten imposibles o irracionales para el bando contrario. Irán se basa en cuatro pilares fundamentales para estas capacidades:

En primer lugar, la explotación de minas marinas baratas, ocultas y altamente destructivas, incluidas las minas de amarre, durmientes e inteligentes, cuya probable existencia provocaría la interrupción total del tráfico comercial y aumentaría el costo de los seguros de los buques.

En segundo lugar, el ataque de las lanchas rápidas de la Armada de la Guardia Revolucionaria, que están equipadas con lanzacohetes y misiles de crucero ligeros. En la accidentada e insular geografía de la costa sur de Irán, estas embarcaciones permanecen ocultas a los radares y saturan los sistemas de defensa de las grandes armadas con ataques simultáneos de diferentes facciones.

En tercer lugar, disparan misiles de costa a mar, como el Abu Mahdi', y misiles antibuque, como el Qader', con un alcance de 300 a 1000 kilómetros, que en la práctica cubren todo el Golfo Pérsico y el Mar de Omán. Los lanzadores de estos misiles de crucero son móviles y son extremadamente difíciles de detectar y desmantelar antes de lanzarlos desde satélites y aviones espías.

En cuarto lugar, el dominio de las islas tripartitas (Abu Musa, Gran Tabb y Pequeña) e islas como Qeshm y Ormuz permitiría al Irán vigilar y disparar en el paso más estrecho desde tierra y con artillería guiada.

Pero tener una herramienta por sí sola no significa usarla. Lo que hace comprensible el comportamiento de Irán en el estrecho de Ormuz es la lógica que rige su compromiso con las grandes potencias en momentos de crisis, una lógica que la teoría de juegos explica tan bien.

En este contexto, el comportamiento de Irán puede considerarse un caso clásico de 'jugar al borde del abismo', una situación en la que ambas partes reconocen que cruzar la frontera final es desastroso, pero intentan obligar a la otra parte a dar marcha atrás con un enfoque calculado.

Lógica de juego asimétrica

En el contexto de la teoría de juegos, el arsenal militar de Irán en el estrecho de Ormuz es un medio de enviar señales antes de convertirse en un medio de destrucción. De hecho, cada ejercicio con misiles o cada descubrimiento de ciudades subterráneas dedicadas a la fabricación de misiles envía un mensaje cifrado al oponente para consolidar en su mente la credibilidad de la amenaza.

Según esta teoría, una amenaza que no parece real no crea poder de negociación; por lo tanto, al demostrar constantemente sus capacidades técnicas, Irán entiende a la otra parte que el costo de entrar en un conflicto no se calcula en función de las probabilidades, sino en función de una realidad militar. Eso significa que el éxito de Irán en este juego no consiste en disparar de verdad, sino en convencer al oponente de que "tengo la capacidad y la voluntad de disparar".

La lógica que rige este comportamiento, por otro lado, tiene una diferencia fundamental con respecto a las estrategias marítimas clásicas. Si bien las principales potencias, como Estados Unidos, pagan costos exorbitantes para mantener la supremacía marítima y mantener las rutas siempre abiertas, la estrategia de Irán se centra en restringir el acceso.

Este podría ser un modelo económico y militar inteligente, porque para cerrar o poner en peligro un mar no es necesario tener portaaviones caros, pero se puede poner en tela de juicio el funcionamiento de las armadas más caras del mundo con herramientas baratas y asimétricas, como minas navales y lanchas rápidas. De hecho, Irán ha apostado por hacer imposible que el oponente juegue en lugar de intentar ganar una batalla clásica.

¿Apostar por la supervivencia o por el suicidio económico?

Pero, ¿por qué, a pesar de todas estas capacidades, el bloqueo real del estrecho casi nunca se ha producido? Porque cerrar el estrecho de Ormuz parece una palanca poderosa en teoría, pero en la práctica, entrar en la campaña es como un juego de suma negativa en el que no se gana.

A nivel mundial, la primera chispa de este cuello de botella hace que el mercado energético sufra inmediatamente un choque vertical. Las previsiones económicas sugieren que los precios del petróleo podrían alcanzar fácilmente los 150 dólares (126 euros) y que ese salto desencadenaría una devastación dominó provocada por la inflación mundial, el hundimiento de los mercados bursátiles y una aguda crisis energética en Europa y Asia, especialmente para China, el socio estratégico de Irán.

Por otro lado, según la Doctrina de Seguridad Energética, mantener la ruta abierta se considera un interés nacional vital para los Estados Unidos; por lo tanto, el bloqueo del estrecho podría cambiar el consenso mundial contra Irán de un simple impulso diplomático a una coalición militar total cuyo objetivo final sería no solo la reapertura de la ruta, sino también el desmantelamiento de la infraestructura crítica y militar de Irán.

Sin embargo, en el plano interno, la ecuación es mucho más complicada y dolorosa para Irán, ya que cerrar el estrecho prácticamente significaría cortar la arteria de la viabilidad económica del país en sus propias manos. Si bien gran parte de los ingresos en divisas de Irán dependen de las exportaciones de petróleo y productos petroquímicos, gran parte de los cuales van por el mismo camino, bloquearlos significaría una paralización total de los recursos financieros del gobierno.

Más allá del petróleo, la seguridad alimentaria y farmacéutica del país también se ve gravemente afectada, ya que cada año se importan millones de toneladas de productos básicos e insumos para el ganado a través de puertos del sur, como el Imán Jomeini y Bandar Abbas. En tales circunstancias, Irán detendría la llegada de alimentos y medicamentos con sus propias manos, lo que dejaría a la sociedad enfrentándose a una crisis de medios de vida sin precedentes.

Por lo tanto, la racionalidad estratégica dicta que esta opción solo pasará de la mesa a la fase de acción cuando el costo de no cerrar el estrecho, o de la inacción ante un ataque total, supere el costo de este suicidio económico.

En última instancia, el estrecho de Ormuz no es para Irán un instrumento de guerra, sino un arma psicoestratégica; un arma cuyo valor reside precisamente en no utilizarla. Al mantener esta opción sobre la mesa, Irán está ajustando la balanza de amenazas a su favor, acercándose al borde del abismo en el juego de la crisis, pero absteniéndose de cruzar esta frontera roja hasta que vea peligrar su supervivencia. Por esta razón, el estrecho de Ormuz es más que un campo de batalla, un escenario para gestionar la percepción, disuadir y jugar con la racionalidad.

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