La ciudad costera, la más afectada por los dos terremotos que sacudieron Venezuela, ya sufrió en 1999 uno de los peores desastres naturales de la historia del país. La combinación de una geografía de alto riesgo, pobreza e infraestructuras deterioradas sigue condicionando su historia.
La Guaira vuelve a mirar a la montaña con miedo.
La ciudad costera, principal puerta de entrada a Caracas y la zona más castigada por los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el norte de Venezuela este miércoles, vuelve a ser el epicentro de una tragedia nacional. Declarada "zona de desastre" por el Gobierno, sus calles permanecen cubiertas de escombros mientras los equipos de rescate buscan supervivientes entre edificios derrumbados y barrios gravemente afectados.
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, describió la situación como "una verdadera tragedia" y aseguró que La Guaira, donde viven alrededor de medio millón de personas, ha sido la región más afectada por los seísmos.
Las imágenes de edificios derrumbados, carreteras fracturadas y vecinos buscando supervivientes entre los escombros han devuelto a muchos venezolanos un recuerdo que nunca terminó de desaparecer. Porque esta no es la primera vez que La Guaira protagoniza una catástrofe nacional.
El recuerdo imborrable de 1999
Para los venezolanos, el nombre de La Guaira sigue inevitablemente ligado al llamado deslave de Vargas. En diciembre de 1999, tras varios días de lluvias torrenciales, enormes corrientes de barro, rocas y agua descendieron desde la cordillera del Ávila y arrasaron barrios enteros construidos sobre las laderas.
La tragedia dejó al menos 15.000 muertos, según las cifras oficiales, aunque el número real nunca llegó a conocerse con exactitud y algunas estimaciones lo sitúan muy por encima. Miles de viviendas desaparecieron bajo el barro, decenas de miles de personas perdieron todo lo que tenían y numerosas familias nunca pudieron regresar.
Aquella catástrofe marcó un antes y un después para la ciudad y supuso además la primera gran crisis del recién estrenado Gobierno de Hugo Chávez, que llevaba apenas unos meses en el poder.
Casi tres décadas después, La Guaira vuelve a convertirse en el epicentro de una tragedia nacional y en el símbolo de la vulnerabilidad de una región que nunca terminó de recuperarse por completo.
Una geografía que multiplica los riesgos
La ciudad se asienta sobre una estrecha franja de terreno entre el mar Caribe y la cordillera del Ávila, una ubicación que la expone tanto a deslizamientos de tierra durante las lluvias intensas como a la actividad sísmica que afecta al norte de Venezuela.
Gran parte de la Guaira está construida sobre abanicos aluviales, grandes depósitos de sedimentos formados durante miles de años por desprendimientos procedentes de la montaña. En otras palabras, el terreno sobre el que hoy se levantan barrios, carreteras e infraestructuras es el resultado de los mismos procesos geológicos que, periódicamente, vuelven a golpear la región. Los registros históricos documentan grandes desastres en la zona desde, al menos, finales del siglo XVIII.
Además de su población, La Guaira concentra infraestructuras estratégicas para el país. Allí se encuentran el principal puerto venezolano y el aeropuerto internacional Simón Bolívar, la mayor puerta de entrada aérea a Venezuela, dos instalaciones esenciales para el transporte de personas y mercancías cuya actividad también se ha visto afectada por los terremotos.
Más que una tragedia natural
Pero la geografía explica solo una parte de la historia. La Guaira es también uno de los estados más pobres de Venezuela y cuenta con una importante población afrovenezolana, históricamente una de las comunidades más desfavorecidas del país.
Durante años fue uno de los grandes bastiones del chavismo. Tras el deslave de 1999, Hugo Chávez impulsó programas de vivienda, infraestructuras y proyectos sociales financiados con los ingresos del petróleo. Sin embargo, con el paso del tiempo muchos de esos desarrollos se deterioraron o quedaron abandonados en medio de la prolongada crisis económica.
Hoy, muchos habitantes siguen dependiendo de la pesca artesanal, de la actividad del puerto o de desplazamientos diarios a Caracas para trabajar en la construcción, la seguridad o el servicio doméstico. La combinación de pobreza, infraestructuras deterioradas y una elevada exposición a los desastres naturales hace que cada nueva emergencia tenga un impacto especialmente devastador sobre la población.
Un nuevo desafío para el Gobierno
La respuesta a esta nueva emergencia llega en un momento especialmente delicado para Venezuela.
Mientras continúan las labores de rescate entre edificios derrumbados y barrios afectados, las autoridades tratan de restablecer los servicios básicos y evaluar la magnitud de los daños en una ciudad que ya conocía demasiado bien el coste de una catástrofe natural.
La comparación con 1999 resulta inevitable. Entonces fueron los deslizamientos de tierra provocados por las lluvias torrenciales; esta vez han sido los terremotos.
Una ciudad acostumbrada a reconstruirse
Los habitantes de La Guaira llevan décadas conviviendo con la sensación de que la naturaleza puede cambiar sus vidas en cuestión de minutos. Cada temporada de lluvias revive el recuerdo del barro que sepultó barrios enteros. Ahora los terremotos han abierto nuevas grietas en los edificios y en la población.
Desde el deslave de Vargas hasta los terremotos de esta semana, la ciudad ha quedado marcada por una sucesión de catástrofes que han condicionado su desarrollo y la vida de varias generaciones de venezolanos.
Entre el mar Caribe y la cordillera del Ávila, La Guaira sigue siendo uno de los lugares más bellos y, al mismo tiempo, más expuestos de Venezuela. Su historia demuestra que la fuerza de la naturaleza explica buena parte de sus tragedias, pero también que la pobreza, el crecimiento urbano en zonas de riesgo y el deterioro de las infraestructuras han agravado durante décadas las consecuencias de cada desastre.
Mientras los equipos de emergencia continúan buscando supervivientes entre los escombros, la ciudad vuelve a enfrentarse al reto que ya conocía demasiado bien: reconstruirse, una vez más.