Con 6 psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes, frente a una media europea cercana a los 18, acceder en España a una terapia con la frecuencia necesaria es misión imposible para miles de pacientes. La alternativa es acudir a la sanidad privada rascándose el bolsillo para quien puede pagarlo.
Nunca se había hablado tanto de salud mental en España. Ansiedad, depresión, estrés, trastornos de la conducta alimentaria o bienestar emocional han pasado de permanecer muchas veces ocultos en el ámbito privado a ocupar conversaciones familiares, campañas institucionales, medios de comunicación y redes sociales. El silencio se ha roto. El problema es qué ocurre después, cuando una persona decide pedir ayuda.
España cuenta con aproximadamente seis psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes, una cifra que continúa muy alejada de una media europea que ronda los 18 profesionales. La escasez tiene consecuencias directas sobre la atención: listas de espera, consultas separadas durante semanas o meses y dificultades para desarrollar tratamientos psicoterapéuticos con la continuidad necesaria.
El resultado amenaza con consolidar una sanidad mental a dos velocidades. Quienes disponen de recursos económicos pueden recurrir a un psicólogo privado y recibir atención semanal o quincenal. Sin embargo, aquellos que dependen exclusivamente del sistema público pueden encontrarse con esperas considerablemente mayores.
La pregunta resulta inevitable: ¿se está convirtiendo la atención psicológica en un lujo reservado a quienes pueden pagarla?
Gran demanda en otoño
El otoño marca un momento especialmente sensible para la salud mental y un repunte de las consultas con el psicólogo. El cambio de estación, la reducción progresiva de las horas de luz y la vuelta plena a las obligaciones y rutinas llevan a muchas personas a buscar ayuda profesional en esta época del año.
Pero el problema de fondo es que la demanda de atención psicológica se ha convertido en estructural y las agendas de numerosos profesionales permanecen saturadas durante buena parte del año.
Para el psiquiatra Kazuhiro Tajima, fundador de APIR, especializada en la preparación de psicólogos residentes, este crecimiento de la demanda tiene también una explicación social. "Nunca se ha hablado tanto de ansiedad, depresión o bienestar emocional y eso, sin duda, es un avance. Hemos conseguido que la salud mental deje de ser un tema tabú. Sin embargo, también ha cambiado profundamente el concepto de salud mental y eso está transformando la demanda asistencial", explica.
El cambio no es menor. Tradicionalmente, los servicios públicos de salud mental estuvieron concebidos fundamentalmente para diagnosticar y tratar enfermedades mentales. Ahora reciben también a un número creciente de ciudadanos que buscan ayuda profesional para afrontar problemas vitales que no necesariamente constituyen una patología.
"Durante décadas, los servicios de salud mental estaban orientados fundamentalmente a atender enfermedades mentales. Hoy, además, cada vez más personas buscan ayuda porque atraviesan situaciones que forman parte de la condición humana: un duelo, una ruptura sentimental, problemas laborales, conflictos familiares o dificultades para adaptarse a determinados momentos vitales", señala Tajima.
Que esas situaciones no constituyan necesariamente una enfermedad no significa que el sufrimiento deba ser ignorado. "No debemos minimizar ese sufrimiento, ya que muchas de estas personas pueden beneficiarse enormemente de una psicoterapia, de aprender herramientas para afrontar mejor la vida o, simplemente, de disponer de un espacio donde sentirse escuchadas", sostiene el psiquiatra.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones del actual debate sobre salud mental. La sociedad ha hecho un enorme esfuerzo para convencer a los ciudadanos de que pidan ayuda cuando la necesiten, pero esa mayor concienciación no ha venido acompañada de un crecimiento equivalente de los recursos públicos.
"El problema es que el sistema público no fue diseñado para ofrecer ese tipo de acompañamiento de forma universal. Su misión principal ha sido siempre diagnosticar y tratar la enfermedad mental. Si ahora le pedimos que además atienda una demanda creciente de malestar emocional cotidiano, sin una transformación estructural y sin recursos adicionales, es lógico que aparezca la saturación", advierte Tajima. Y la saturación termina trasladándose al paciente.
Una consulta cada dos o tres meses
Una psicoterapia necesita continuidad. Sin embargo, la falta de profesionales provoca que muchos pacientes atendidos en el sistema público tengan que esperar largos periodos entre consultas, con citas cada dos o tres meses.
Fran Gullón, psicólogo clínico, pone el foco en una de las consecuencias menos visibles de esta falta de profesionales. No basta con acceder a un psicólogo; el tratamiento necesita unas condiciones que permitan que realmente exista un proceso terapéutico.
"Una psicoterapia no es una sucesión de citas aisladas. Necesita continuidad, vínculo y tiempo. Si vemos a un paciente cada dos o tres meses, en muchos casos no estamos haciendo psicoterapia: estamos intentando sostener como podemos una atención insuficiente", explica Gullón.
La consecuencia es especialmente preocupante cuando una intervención temprana podría evitar el agravamiento del problema. "Esto genera una realidad que vemos todos los días en la práctica clínica: personas que necesitan una intervención psicológica precoz, pero que deben esperar semanas o meses para acceder a ella", añade.
Para aquellos que pueden asumir su coste, la consulta privada se convierte entonces en la vía para evitar las listas de espera y garantizar una mayor continuidad terapéutica. Para quienes no disponen de esos recursos, esa posibilidad sencillamente no existe. La renta acaba convirtiéndose así en un factor que puede determinar no solo cuándo se recibe atención psicológica, sino también con qué frecuencia.
Para Gullón, el debate sobre las listas de espera no debería limitarse al tiempo que transcurre hasta la primera consulta. "Hablamos mucho de cuánto tarda un paciente en entrar en Salud Mental y muy poco de lo que ocurre después. Conseguir una primera cita no sirve de mucho si la siguiente llega cuando han pasado ocho o diez semanas", advierte.
Faltan psicólogos
La falta de psicólogos clínicos tampoco parece tener una solución inmediata. Para la convocatoria más reciente se han ofertado 293 plazas PIR (Psicólogo Interno Residente), apenas 13 más que el año anterior. Aunque supone un nuevo incremento de las plazas de formación especializada, el crecimiento resulta limitado frente a la distancia que todavía separa a España de las ratios europeas.
El problema tiene además un efecto retardado. Incrementar hoy las plazas de formación no significa disponer inmediatamente de cientos de nuevos especialistas, ya que los futuros psicólogos clínicos deben completar su periodo de formación sanitaria especializada.
Gullón insiste además en que aumentar el número de profesionales no puede desligarse de la formación especializada. El sistema PIR supone cuatro años de formación sanitaria especializada en los que el psicólogo se forma dentro del propio Sistema Nacional de Salud.
"Debemos seguir reclamando un incremento del número de psicólogos clínicos en España, acorde con las necesidades actuales de la sociedad y convergente con las ratios de los países de nuestro entorno", defiende.
"Si sabemos que faltan psicólogos clínicos, no podemos esperar a que el déficit sea insostenible para empezar a formar especialistas. Cada plaza PIR que no creamos hoy es un psicólogo clínico que no tendremos dentro de cuatro años", sentencia Francisco Gullón.
Sociedad medicalizada
Pero aumentar los recursos no resuelve por sí solo otro de los grandes debates abiertos por la creciente preocupación social por el bienestar emocional. La popularización de conceptos relacionados con la psicología y la psiquiatría ha permitido identificar problemas antes silenciados, pero también puede favorecer que experiencias normales de la vida sean interpretadas automáticamente como patologías.
"Debemos ser prudentes para no caer en la medicalización de la vida cotidiana. No toda tristeza es una depresión, no toda preocupación es un trastorno de ansiedad y no toda dificultad para concentrarse implica un TDAH", advierte el psiquiatra Kazuhiro Tajima.
La frontera entre sufrimiento y enfermedad se convierte así en uno de los grandes desafíos para los profesionales. En este sentido, el psicólogo clínico señala que uno de los retos actuales consiste en diferenciar entre el sufrimiento inherente a determinadas experiencias vitales y aquellos problemas que requieren una intervención sanitaria especializada.
"No necesitamos diagnosticar más; necesitamos diagnosticar mejor. Y, sobre todo, necesitamos que cuando alguien sí necesita tratamiento especializado pueda recibirlo a tiempo", puntualiza Gullón. "La salud mental no consiste en no sufrir; consiste en desarrollar la capacidad de afrontar las dificultades de la vida y saber reconocer cuándo ese sufrimiento ha dejado de ser una reacción normal para convertirse en una enfermedad que requiere tratamiento", explica.
Dejar de ser un privilegio
España ha avanzado enormemente en uno de los grandes retos relacionados con la salud mental: conseguir que pedir ayuda deje de percibirse como una debilidad y que enfermedades como la depresión o los trastornos de ansiedad puedan abordarse públicamente sin el estigma que las acompañó durante décadas.
El siguiente desafío es mucho más material: disponer de profesionales suficientes para atender a quienes llaman a la puerta del sistema. Para el psiquiatra y fundador de APIR, la respuesta requiere actuar en dos direcciones: incrementar la capacidad asistencial y, al mismo tiempo, repensar el modelo.
"Es imprescindible aumentar la capacidad asistencial del sistema público, pero también adaptar el modelo a una realidad social que ha cambiado profundamente. Solo así conseguiremos que quienes realmente necesitan atención psicológica especializada puedan recibirla en el momento adecuado".
El psicólogo Francisco Gullón coincide en que el verdadero avance llegará cuando la concienciación social vaya acompañada de capacidad asistencial. "Hemos conseguido algo importantísimo: que la gente pierda el miedo a pedir ayuda. Ahora tenemos que conseguir que pedirla sirva de algo". En su opinión, "la salud mental no puede depender del código postal ni de la cuenta corriente. Si una psicoterapia está indicada, poder recibirla con la frecuencia necesaria debería depender de criterios clínicos, no económicos".
Hay una contradicción cada vez más difícil de ignorar: se anima a los ciudadanos a pedir ayuda cuando la necesitan, pero cuando finalmente dan el paso, descubren que acudir a un psicólogo puede depender del dinero que tengan en su cuenta bancaria.