En el puerto del Galibier, la retirada de nieve marca el regreso del buen tiempo en los Alpes franceses, mientras los operarios constatan que cada año hay menos nieve que limpiar.
Cada verano, el Col du Galibier, en los Alpes franceses, se llena de autocaravanas y sillas plegables a pie de carretera para presenciar el mítico paso del Tour de Francia.
A mediados de mayo, el paisaje es muy distinto. Todavía cubierta por su inmenso manto blanco, la montaña resuena con el rugido de las fresas quitanieves, que van abriendo poco a poco las gruesas capas acumuladas durante el invierno hasta sacar de nuevo a la luz el asfalto enterrado.
"A veces podemos llegar a encontrar hasta diez, 12 o 14 metros", explica Patrick Arnaud, operario de mantenimiento y explotación de carreteras, al volante de su fresa quitanieves. Con los años, sin embargo, los operarios constatan que el volumen de nieve que hay que retirar tiende a disminuir.
"Antes, todos los años volábamos con explosivos la cornisa que se forma en la parte más alta del puerto. Ahora se ha vuelto muy irregular. Este año no lo vamos a hacer porque esa cornisa apenas se ha formado, así que el riesgo es prácticamente nulo", señala Frédéric Chevalier, responsable del mantenimiento viario del sector Cœur de Maurienne.
Técnica, precisión y conocimiento del terreno
Las operaciones de despeje de nieve en montaña exigen técnica, precisión y un excelente conocimiento del terreno, y deparan también su cuota de sorpresas y encuentros con la fauna local.
"Cuando hace muy mal tiempo, no vemos por dónde avanzamos. Podemos llegar a desorientarnos y acabar al borde de la carretera porque no se ve a cinco metros", explica Arnaud. "Cuando vemos salir a las marmotas y correr sobre la nieve es muy bonito. También vemos rebecos", añade.
La lenta reconquista de los puertos de montaña anuncia el regreso gradual de la alta temporada de verano, con la reanudación del tráfico, más turistas y un repunte de la actividad. Solo permanecen inalterables la inmensidad alpina y la belleza del paisaje.