Portugal produce cerca de la mitad del corcho mundial. Corticeira Amorim, la mayor empresa, abre mercado al transformar este recurso milenario en materiales de alta tecnología, desde la cosecha hasta la fabricación.
El trabajo empieza al amanecer en los bosques de alcornoques de Corticeira Amorim (fuente en inglés).
"De media, un árbol puede producir durante 170, 200 años, más o menos, lo que permite hacer entre 15 y 17 extracciones de corcho", explica Carlos Abreu, del Departamento de Comunicación de Amorim Florestal.
Un alcornoque necesita al menos nueve años para regenerar su corteza y alrededor de 25 para poder ser descorchado por primera vez. Estos plazos tan largos son difíciles de conciliar con las necesidades de los pequeños y medianos productores, que representan el 90% de los proveedores de Amorim.
"Con las iniciativas en nuestros bosques, intentamos mostrar a otros propietarios que es posible gestionar la masa forestal de otra manera y obtener unos buenos ingresos", dice Nuno Oliveira, director forestal de Amorim Florestal.
La finca de Rio Frio sirve de escaparate para las últimas innovaciones de Amorim. Es uno de los mayores bosques de alcornoques plantados por el hombre en el mundo y funciona como un laboratorio al aire libre. Aquí los investigadores prueban formas de adelantar la primera cosecha, seleccionar las mejores plantas y aumentar la productividad sin alterar el ecosistema. Los árboles sanos también producen un corcho de mejor calidad.
La recolección es solo el primer paso. El reto, aún más complejo, es transformar esta materia prima en una gama de productos en constante expansión. Viajo al norte de Portugal, a las fábricas históricas de Amorim, donde el corcho entra en una de las industrias más avanzadas del mundo.
Fundada como empresa familiar en 1870, Amorim es hoy una multinacional con unos 4.000 empleados, presente en más de 100 países y que genera más de 1.000 millones de euros de ingresos anuales.
Hoy el corcho se utiliza en más de 30 sectores, desde la construcción y el aislamiento hasta los suelos y los sistemas de sellado. El aeroespacial es uno de los que más crece y también uno de los más protegidos por el secreto industrial. Pero en la sala de exposición se pueden tocar estos materiales de alta tecnología. Eduardo Soares, director de Innovación y Desarrollo de Negocio, me enseña uno de sus productos estrella.
"P50, uno de nuestros materiales más conocidos, que es esencialmente un compuesto de corcho, un escudo de protección térmica que se utiliza en múltiples fases de un dispositivo lanzador, siempre que sea necesaria la protección frente al calor".
Amorim afirma que ha invertido más de 90 millones de euros en investigación y desarrollo en los últimos diez años. Ese enfoque de alta tecnología también ha transformado su negocio principal, los tapones de corcho. La empresa sostiene desde hace tiempo que ha vencido al TCA, el compuesto responsable del sabor a corcho que puede estropear el vino.
Para Portugal el corcho es más que un negocio, forma parte del patrimonio natural y cultural del país. Encontrar nuevas formas de utilizarlo significa también mantener vivo ese legado.