Funciones como el desplazamiento infinito y los contenidos personalizados fomentan un uso compulsivo. Los expertos reclaman a las grandes tecnológicas que cambien de modelo de negocio para lograr una transformación real.
Una reciente decisión de la Comisión Europea, que concluye que el "diseño adictivo" de TikTok vulnera la legislación de la UE, ha reavivado el debate sobre si las redes sociales son realmente adictivas. La Comisión señala funciones como el desplazamiento infinito o 'scrolling', la reproducción automática, las notificaciones y los contenidos personalizados potencialmente perjudiciales para la salud mental y física de los usuarios.
Al otro lado del Atlántico, un juicio en California sobre la adicción a las redes sociales evalúa denuncias similares contra las plataformas de Google y Meta. La demandante, conocida como KGM, y su equipo jurídico sostienen que aplicaciones como Instagram están diseñadas deliberadamente para mantener enganchados a los usuarios más jóvenes. ¿Están estas plataformas diseñadas para ser adictivas y, si es así, qué se puede hacer para plantarles cara?
¿Son adictivas las redes sociales?
Las plataformas de redes sociales funcionan de manera similar a las máquinas tragaperras, ya que proporcionan recompensas imprevisibles y ofrecen una respuesta rápida, como comentarios y "me gusta", explica Natasha Schull, profesora asociada de medios, cultura y comunicación en la Universidad de Nueva York.
Elementos de diseño como el botón de "me gusta", las páginas que recomiendan nuevos contenidos y el 'scrolling, en el que el flujo nunca termina, también pueden favorecer un uso compulsivo de las plataformas, señala Christian Montag, profesor de ciencias cognitivas y del cerebro en la Universidad de Macao, en China.
"Recibir un 'me gusta' sienta bien", explica Montag a 'Euronews Next'. "Luego se quiere volver a sentir lo mismo, así que se publica de nuevo, lo que puede acabar generando un hábito". TikTok añade la reproducción automática y los vídeos cortos a la mezcla, lo que crea un ciclo de recompensa aún más rápido.
"El cerebro humano responde con fuerza a la novedad, y aquí está ocurriendo algo nuevo cada 15 segundos", dice Montag. "Así que, aunque el vídeo que se está viendo no sea gran cosa, siempre se entra en modo de expectativa de que al menos el siguiente sí pueda serlo".
La Comisión Europea advirte en su decisión de que los usuarios pueden entrar en un "modo piloto automático" en plataformas como TikTok, donde consumen contenidos de forma pasiva en lugar de interactuar activamente con ellos, señala Daria Kuss, responsable de programa en la Universidad de Nottingham Trent, en Reino Unido.
"Este tipo de consumo de redes sociales se ha relacionado con una peor salud mental, incluida la adicción, la comparación social ascendente, el miedo a quedarse fuera, el aislamiento social y la soledad", indica Kuss. TikTok rechaza la caracterización de su plataforma como adictiva hecha por la Comisión y califica esas conclusiones de "rotundamente falsas". La empresa afirma que ofrece controles de tiempo de pantalla y otras herramientas para que las personas regulen cuánto tiempo pasan conectadas.
Cambiar el modelo de negocio para cambiar el comportamiento
Los expertos sostienen que las empresas de redes sociales miden su éxito por el tiempo que los usuarios pasan en el dispositivo, lo que alimenta los ingresos publicitarios. Tanto Montag como Schull señalan que este modelo recompensa de forma inherente la maximización de la interacción.
"Si se les preguntara [a las empresas de redes sociales] si diseñan intencionadamente para generar adicción, dirían que en absoluto, que lo que hacen deliberadamente es optimizar la interacción", comenta Schull, que subraya que probablemente las compañías no concibien sus productos con la idea de crear adicciones.
Montag y Schull proponen que las plataformas pasen a modelos de suscripción. Si los usuarios pagaran una pequeña cuota, las plataformas dejarían de depender de la publicidad y del seguimiento de datos personales para obtener beneficios, lo que permitiría eliminar algunas de esas funciones.
Las investigaciones de Montag muestran que la gente no está dispuesta a pagar por suscripciones a redes sociales porque no está acostumbrada a esa idea. Sin embargo, una vez que los participantes entenden que ese modelo podría reducir el tiempo de pantalla o permitir contratar verificadores de hechos para combatir la desinformación, explica, son más proclives a pagar.
Otra posibilidad, añade Montag, sería destinar parte de la financiación pública que hoy reciben los medios tradicionales a apoyar plataformas alternativas. Algunos organismos públicos ya lo han intentado. En 2022, el Supervisor Europeo de Protección de Datos (SEPD) puso en marcha EU Voice y EU Video, dos canales europeos en redes sociales para las instituciones de la UE. Las plataformas cerraron en 2024 por falta de financiación.
El Public Spaces Incubator, un grupo de trabajo de radiodifusores públicos de Bélgica, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Canadá y Australia, afirma que ha desarrollado más de 100 prototipos para mejorar la conversación en línea.
Un ejemplo de la radiotelevisión pública canadiense 'CBC' muestra una "vista de plaza pública" integrada en una retransmisión en directo. Esta función permite ver los contenidos en grupo y comentar en tiempo real, con opciones de opinión más matizadas como "discrepo respetuosamente", "me ha hecho pensar" o "he cambiado de opinión". Por ahora no está claro qué herramientas, si es que alguna, se han implantado ni si podrían llegar a sustituir a las redes sociales.
Schull apunta que los cambios significativos en las grandes plataformas de redes sociales de 'Big Tech' quizá solo lleguen a través de acciones legales. "Si eres diseñadora o diseñador y trabajas para una empresa, tu objetivo es aumentar la interacción... y creo que la única manera de frenar eso es imponer límites claros y estrictos, límites de tiempo, de acceso y de edad", señala.
¿Hay alternativas?
El Fediverso, una red social descentralizada en la que plataformas independientes conectan a los usuarios sin publicidad, sin rastreo ni intercambio de datos, ofrece alternativas a las plataformas de 'Big Tech'. Entre estos sitios figuran Mastodon, como sustituto de X (antes Twitter), Pixelfed, una aplicación para compartir fotos similar a Instagram, y PeerTube, una aplicación de vídeo comparable a YouTube.
A 24 de febrero había 15 millones de cuentas _e_n el Fediverso, y el 66 % de ellas se encontraban en la red social Mastodon. Esta ganó popularidad cuando el multimillonario Elon Musk compró Twitter, hoy X, en 2022. Sin embargo, Montag subraya las dificultades a las que se enfrentan las empresas de redes sociales más responsables.
"Creo que será una tarea bastante difícil, siendo honestos, crear plataformas que por un lado sean cómodas de usar, pero que al mismo tiempo no se excedan en términos de interacción del usuario y prolongación del tiempo en línea", añade Montag.
¿Cómo frenar el 'doomscrolling'?
Los propios usuarios de redes sociales también pueden reducir el desplazamiento compulsivo. Schull recomienda dificultar al máximo el acceso a las redes sociales. Una estrategia es mover las aplicaciones a una carpeta llamada "redes sociales" en la última pantalla del teléfono, para que cueste más llegar a ellas. También aconseja configurar límites de tiempo de uso en el móvil.
Kuss y Montag sugieren incluso eliminar por completo las aplicaciones de redes sociales del teléfono. Si se quiere entrar en ellas, añadió Montag, es preferible hacerlo desde un ordenador de sobremesa, de modo que el acceso sea menos cómodo. "No digo que no se usen en absoluto las redes sociales, pero sí que no se tengan siempre al alcance, porque eso puede reducir el tiempo conectado", señala Montag, que recomienda desactivar las notificaciones de las aplicaciones que se quieran conservar en el teléfono.
Montag también sugiere sustituir el teléfono por tecnología analógica siempre que sea posible, por ejemplo utilizar un despertador tradicional o un reloj de pulsera para mirar la hora. Si nada de eso funciona, ocultar el teléfono de la vista directa en las situaciones cotidianas también puede ayudar, según Kuss. Aun así, tanto Montag como Schull insisten en que la responsabilidad no debe recaer en el consumidor, sino en las plataformas, que son las que tienen que cambiar.