Las impresoras 3D convierten hoy más de dos docenas de alimentos en objetos comestibles, pero la tecnología sigue siendo cara y poco práctica; los investigadores ven su potencial sobre todo en hospitales, residencias y en una alimentación personalizada.
Las impresoras 3D hace tiempo que dejaron de utilizarse solo para piezas de plástico. Cada vez más imprimen también alimentos, en lugar de filamentos de plástico, estos dispositivos empujan masas blandas, como chocolate, queso o alternativas vegetales a la carne, capa a capa a través de una boquilla, cuya forma se diseña previamente en el ordenador.
En el mercado ya se han consolidado varios fabricantes, entre ellos la empresa ucraniano-búlgara Chocola3D, la compañía española Natural Machines y la alemana Print2Taste. Por ahora, la tecnología se utiliza sobre todo en nichos, desde pastelerías hasta clínicas, mientras el salto al uso cotidiano generalizado sigue pendiente.
La impresora procesa distintas pastas
Según el fabricante, Chocola3D se desarrolla desde 2014, aunque la empresa se fundó algunos años más tarde. Clientes de Ucrania, Bulgaria, Alemania y Estonia utilizan ya el dispositivo, de acuerdo con la compañía. Los usuarios rellenan por sí mismos jeringas abiertas con pastas como chocolate, queso, carne, verduras o proteína de guisante, en total serían posibles más de 26 materiales.
A diferencia de los aparatos con sistemas de cápsulas cerradas, aquí los usuarios no dependen de recargas específicas, aunque deben determinar por su cuenta los ajustes de impresión adecuados. Estos impresores de alimentos cuestan, dependiendo del proveedor, entre varios cientos y varios miles de euros.
La forma de los alimentos se diseña en el ordenador
El tecnólogo de alimentos Mario Jekle, de la Universidad de Hohenheim, investiga esta técnica de forma independiente de los fabricantes. Los distintos pasos se conocen de la propia cocina, explica en una entrevista con 'Euronews': "Por ejemplo, trituramos una pasta fina. Esa pasta se moldea después, eso también lo hace usted en casa con una manga pastelera cuando prepara pasteles delicados. Luego todo se calienta, igual que en casa en el horno o en la sartén". Lo novedoso es sobre todo la preparación digital: "La combinación y, sobre todo, el diseño digital de todo ello". La forma de un producto hay que diseñarla primero en el ordenador.
Las pastelerías ya utilizan la técnica para figuras de mazapán en tartas de boda. Según Jekle, el potencial se encuentra sobre todo en piezas únicas o en pequeñas series de hasta unos 200 ejemplares. El mayor reto llega después de la impresión, el material debe aplicarse de forma fluida pero, a continuación, ofrecer suficiente consistencia para poder comerse con cuchillo y tenedor, por ejemplo tras calentarlo en el horno o en una cámara de impresión calefactable.
Imprimir filetes vegetales en casa lleva 15 minutos
Jekle describe también cómo podría funcionar en el futuro un impresor de alimentos en el día a día. Quien quiera imprimir una alternativa vegetal al filete solo tendría que encargarla al aparato, sería un proceso de entre cinco y 15 minutos. Las plantillas digitales procederían "bien de bases de datos, de una aplicación o de las especificaciones del cartucho".
Para Jekle, el aspecto central es poder regular de forma precisa los ingredientes siguiendo un sistema modular. De este modo, una alternativa cárnica impresa podría tener una proporción de fibra claramente mayor "que la carne normal, que no contiene fibra como tal".
Un uso doméstico no sería realista antes de dentro de entre cinco y diez años, de momento no existe una cadena de suministro para las recargas. Jekle también considera importante que las materias primas utilizadas requieran el mínimo procesamiento posible. Su equipo trabaja, por ejemplo, con flujos secundarios de la industria alimentaria y de la agricultura, es decir, con residuos que ya se generan en la producción convencional, y a partir de ellos crea, mediante impresión 3D, nuevos alimentos.
Cuanto menos haya que tratar previamente una materia prima, menos energía se necesita, algo que, según Jekle, beneficia tanto al medio ambiente como al bolsillo de los consumidores.
Aplicación en medicina y cuidados
Más avanzado está el uso allí donde se necesitan cantidades pequeñas y exactamente dosificadas. Como informó el 'Tagesspiegel', un equipo del Hospital Universitario de Hamburgo-Eppendorf prueba comprimidos masticables impresos con sabor a frambuesa en forma de corazones o estrellas, que pretenden facilitar a los niños con cáncer la toma de medicamentos durante una quimioterapia. Muchos no toleran el sabor o el tamaño de los comprimidos convencionales, explica la médica adjunta Beate Winkler. En el mismo hospital se realizan además ensayos con pastillas de dosis individualizada para pacientes con párkinson.
También hay aplicaciones para personas mayores con problemas de masticación y deglución. La experta en nutrición Dorothee Volkert, de la Universidad Friedrich Alexander de Erlangen-Núremberg, estudió si la comida triturada puede volver a presentarse mediante impresión 3D con una forma familiar, por ejemplo una salchicha asada que, pese a su consistencia triturada, tenga aspecto de salchicha. Las respuestas fueron positivas, además los participantes ingirieron más energía y proteínas que antes, ya que se pueden añadir proteínas y grasa adicionales.
Carne del impresor 3D, muchos consumidores siguen escépticos
Una encuesta representativa de Bitkom entre 1.004 personas mayores de 16 años, realizada en 2025, muestra hasta qué punto la población de Alemania está abierta a la comida impresa.
Actualmente, el 24% puede imaginarse comer carne cultivada procedente de una impresora 3D, hace seis años era el 13%. La carne cultivada se obtiene a partir de células animales en un biorreactor y se convierte mediante la impresora en una estructura similar a la carne. La mayor apertura se observa entre los jóvenes, entre las personas de 16 a 49 años se sitúa en torno a un tercio, entre los 50 y 64 años en el 18%, y entre los mayores de 65 años en el 14%. Margareta Maier, de Bitkom, explica: "El procedimiento permite dar a los productos una apariencia y una textura similares a la de la carne convencional, pero con una huella ecológica considerablemente menor".
El precio sigue siendo un obstáculo, solo siete por ciento estarían dispuestos a pagar más por carne impresa que por la convencional, el 17% la considera en general un producto de lujo. Maier lo atribuye a los elevados costes de adquisición y a los ingredientes específicos: "Por eso todavía no son aptas para el mercado de masas y se emplean sobre todo en la restauración y la industria alimentaria".
Hasta dónde ha llegado ya la tecnología
El investigador Mario Jekle subraya que la comida impresa en 3D no pretende sustituir a la producción alimentaria tradicional: "No tenemos la visión de que en el futuro vayamos a reemplazar con ella la mitad de la producción de alimentos. Eso es una utopía, además una utopía equivocada".
La técnica tiene sentido sobre todo para personas sin tiempo para cocinar y para grupos con necesidades nutricionales especiales, por ejemplo en hospitales o centros de cuidados: "Con ella creamos en realidad una opción para producir alimentos destinados precisamente a estos grupos más pequeños, a estos grupos específicos, que contengan exactamente lo que necesitan".
Otro beneficio, según Jekle, es la reducción del desperdicio de alimentos, ya que las raciones pueden ajustarse mejor a las necesidades. En una gran cadena de supermercados ya se vende una alternativa vegetal al salmón producida con impresión 3D. Sin embargo, falta tiempo para que el impresor de alimentos se convierta en un aparato doméstico extendido. De forma similar a lo que ocurre con la impresión 3D de viviendas, la tecnología funciona ya para aplicaciones concretas, pero aún queda un largo camino hasta su uso generalizado en la vida cotidiana.