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Chile | Atravesando el desierto de Atacama con los migrantes venezolanos

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Migrantes venezolanos caminan por una carretera en el desierto de Atacama, Chile
Migrantes venezolanos caminan por una carretera en el desierto de Atacama, Chile   -   Derechos de autor  AFP
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Norte de Chile, desierto de Atacama, el más árido del mundo. Por el margen de una carretera, con la arena y la desolación como únicos horizontes, avanzan paso a paso los migrantes venezolanos. De día, quema el sol y el viento sopla con fuerza, de noche, el termómetro desciende bajo cero. Las condiciones son extremas.

A una altitud de 3.700 metros, lo que hace difícil respirar, Anyier y su familia intentan recuperar el aliento. Nunca pensaron que sería tan duro.

"Esta fue la más dura, al pasar el desierto, nos moríamos de frío, me caí en una laguna, ahí fue donde se me reventaron los zapatos. Yo decía, no puedo continuar, no puedo, me faltaba el aire y caminaba y caminaba en el desierto", relata.

Hace siete horas que entraron en Chile desde Bolivia, su quinta frontera desde que dejaron Venezuela decididos a recorrer más de 5000 kilómetros. Lo que más les duele, que nadie quiera ayudarles.

"Pagamos todos justos por pecadores, porque nos decían a nosotros que no, que los venezolanos se portaron mal, y yo decía, pero es que no todos somos iguales, hay unos que venimos a trabajar porque necesitamos un buen futuro", explica Anyier.

Rechazo de los pastores aimaras

En Colchane, una pequeña comuna de 1.700 habitantes, dicen que han visto llegar en los últimos meses a gente muerta de hambre y con hipotermia. Algo sin precedentes, según el alcalde, Javier García.

_"Durante meses pudimos apreciar imágenes crudas, inhumanas, infrahumanas de niños que llegaban durante la madrugada, a temperaturas bajo cero, de 8 o 10 grados bajo cero, llorando de hambre". _

Pero la realidad tiene otra cara, la del choque cultural con unos pueblos aimaras muy reservados, que no entienden la forma de comportarse de algunos venezolanos. En estas zonas de caseríos muy humildes, habitadas por pastores de alpacas, cada vez es mayor el rechazo a los venezolanos.

"Nadie los atiende. En ese caso, que corten (el paso) a los venezolanos, que no los dejen pasar a Chile -pide Maximiliana, una vecina de la localidad-. De tanto pasar a Chile qué eslo que están haciendo es que están entrando a robar, están abriendo la puerta, uno les dice por qué me abre la puerta, 'no pues nosotros tenemos que sacar algo para comer'.

Apenas cruzan la frontera norte de Chile, algunos creen que están cerca de Santiago, pero desde Colchane aún quedan 2000 kilómetros para llegar a la capital.

La siguiente escala es Iquique, una ciudad de 200.000 habitantes, fuertemente golpeada por la pandemia. Aquí los migrantes se refugian donde pueden.

"¡Es tan difícil! Muchas personas piensa que vienen extranjeros, fuera de mi país, pero no ven la necesidad que uno pasa", se lamenta una migrante entre lágrimas.

Los más afortunados reciben dinero de amigos o familiares para poder comprarse el billete de autobús. Es el caso de Anyier y su familia, que después de un mes de un viaje y penurias, lograron llegar a Santiago el 23 de febrero. Allí su hermana la recibió con los brazos abiertos.