Los PFAS más recientes, aunque se han diseñado como alternativas más seguras, siguen siendo tan persistentes que se extienden por todo el planeta y suponen un riesgo de exposición para la fauna silvestre.
Los científicos han descubierto una nueva forma de controlar los llamados "contaminantes eternos" en la fauna salvaje y advierten de que uno de los pingüinos más pequeños del mundo no ha logrado escapar de ellos.
Un nuevo estudio de la Universidad de California en Davis y de la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo concluye que el 90% de los pingüinos de Magallanes que viven a lo largo de la costa patagónica de Argentina presentan señales de PFAS.
El trabajo, publicado en la revista 'Earth: Environmental Sustainability', señala que los investigadores están ahora preocupados porque los contaminantes eternos de nueva generación, a menudo presentados como más seguros, siguen siendo "lo bastante persistentes" como para dispersarse por todo el planeta y representar un riesgo para la fauna.
Qué son los contaminantes eternos
Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) son un grupo de más de 10.000 compuestos químicos sintéticos que se han vuelto omnipresentes en la Tierra. Los científicos han detectado PFAS en la cima del monte Everest, en la sangre humana e incluso en especies que bucean a gran profundidad frente a la costa de Nueva Zelanda.
Estos compuestos pueden tardar más de 1.000 años en degradarse de forma natural, de ahí su apodo de 'contaminantes eternos'. Los PFAS se utilizan sobre todo para hacer que productos de uso cotidiano sean resistentes al agua y a la grasa, como el menaje antiadherente, los envases de alimentos o la ropa.
Sin embargo, los científicos han ido acumulando pruebas que apuntan a que la exposición crónica a los PFAS está vinculada a un abanico de problemas graves de salud, entre ellos la aparición de determinados cánceres, la reducción de la fertilidad y alteraciones del sistema inmunitario. En los animales, los efectos de los PFAS siguen siendo relativamente desconocidos.
PFAS en pingüinos
Hasta ahora, los investigadores solo podían seguir la exposición a contaminantes mediante análisis de sangre o arrancando plumas. Sin embargo, los científicos de la Universidad de California en Davis han encontrado un método menos invasivo, convirtiendo a los pingüinos en pequeños "toxicólogos".
El equipo colocó correas de silicona en las patas de 54 pingüinos de Magallanes, que actúan como muestreadores pasivos, durante un par de días en las temporadas de cría de 2022 a 2024. Estos sensores absorben de forma segura las sustancias químicas presentes en el agua, el aire y las superficies con las que entran en contacto los pingüinos.
Una vez recuperados, los muestreadores se enviaron a la Universidad de Búfalo para su análisis. Allí, los investigadores comprobaron que se detectaron PFAS en más del 90% de las bandadas, pese a lo remoto que es el hábitat de estos pingüinos. Las pruebas revelaron una combinación de contaminantes antiguos persistentes junto con sustancias que han sustituido a los PFAS que se han ido eliminando.
"La presencia de GenX y otros PFAS de sustitución, sustancias normalmente asociadas a fuentes industriales cercanas, demuestra que estos compuestos no se quedan en el entorno local, sino que llegan incluso a los ecosistemas más remotos", explica la autora principal del estudio, Diana Aga.
"Esto plantea preocupaciones importantes, ya que los nuevos PFAS, pese a haber sido diseñados como alternativas más seguras, siguen siendo 'lo bastante persistentes' como para dispersarse por todo el planeta y suponer un riesgo de exposición para la fauna".
Los científicos quieren ampliar su red de "detectives medioambientales" colocando los muestreadores en distintas especies. Tienen previsto probarlos a continuación en cormoranes, que pueden sumergirse a más de 76 metros de profundidad, para analizar la presencia de PFAS.
"Al convertir a los pingüinos en centinelas de su entorno, disponemos de una herramienta poderosa para dar a conocer los problemas que afectan a la salud de la fauna y, en un sentido más amplio, a la conservación de las especies marinas y de nuestros océanos", afirma la coautora Marcela Uhart.