Desde la histórica y dramática expedición del italiano Umberto Nobile a bordo de un dirigible hasta la geopolítica y la investigación científica actuales, el Ártico ha pasado de ser una frontera inexplorada a convertirse en el centro neurálgico del clima, los recursos y la estrategia mundial.
Cuando Umberto Nobile despegó de Svalbard a bordo del dirigible Italia, en 1928, el Ártico era aún un espacio de incertidumbre geográfica y ambición humana. Hoy, casi un siglo después, ese mismo espacio se ha convertido en uno de los puntos estratégicos más sensibles del planeta.
La comparación entre estas dos épocas no es sólo una cuestión de progreso tecnológico: cuenta la historia de la transición de la exploración como conquista al Ártico como recurso, laboratorio climático y teatro geopolítico.
La era de las expediciones: objetivos y medios
En la década de 1920, el Gran Norte representaba una de las últimas zonas sin cartografiar de la Tierra. Las expediciones polares tenían tres objetivos principales: científicos, tecnológicos y políticos. En el caso de Nobile, estos elementos estaban estrechamente entrelazados.
El zepelín Italia tenía unos 106 metros de eslora y un volumen de más de 19.000 metros cúbicos de hidrógeno. Podía transportar unos 20 hombres, instrumentos científicos, combustible y provisiones para misiones largas.
A bordo se realizaban mediciones de la presión atmosférica, la temperatura, el campo magnético terrestre y observaciones directas del manto de hielo. Las rutas se planificaban con mapas incompletos y se corregían en vuelo, basándose en la experiencia de las tripulaciones y en una tecnología de navegación aún imprecisa.
El corazón geográfico de la aventura era el Océano Ártico central: una región sin puntos de referencia, dominada por hielos movedizos y condiciones meteorológicas extremas. Svalbard actuaba como avanzadilla europea hacia el Polo, mientras que Groenlandia, que estos días acapara titulares por las aspiraciones anexionistas de Donald Trump,permanecía al margen directo de las expediciones de Nobile, a pesar de ser uno de los grandes pilares geográficos de la cuenca ártica.
El fracaso de la aventura italiana puso de manifiesto las limitaciones de aquel planteamiento: medios pioneros, conocimientos parciales, márgenes de error mínimos. La exploración seguía ligada al heroísmo individual y al riesgo directo.
El accidente del dirigible Italia
La aventura de Nobile con el dirigible Italia terminó dramáticamente, el 25 de mayo de 1928, durante el vuelo de regreso del Polo Norte a la base de Svalbard. Tras alcanzar con éxito el Polo y llevar a cabo las observaciones científicas previstas, el dirigible se vio afectado por unas condiciones meteorológicas repentinamente adversas y perdió altitud, estrellándose contra la capa de hielo del océano Ártico, al noreste de Svalbard.
Algunos miembros de la tripulación murieron inmediatamente tras el impacto, mientras que parte de la nave se desprendió y desapareció con otros hombres a bordo, que nunca fueron encontrados.
Sin embargo, Umberto Nobile y varios compañeros fueron arrojados al hielo y sobrevivieron al choque, refugiándose en lo que se conocería como la "tienda roja", coloreada con anilina para hacerla visible desde arriba. Durante semanas, los supervivientes soportaron condiciones extremas, gracias a unos suministros mínimos y a una radio de emergencia que, contra todo pronóstico, consiguió transmitir señales de socorro interceptadas por radioaficionados europeos.
El rescate fue largo e internacional, con la participación de barcos y aviones de varios países; el gran explorador noruego Roald Amundsen partió para unirse a la búsqueda, pero su avión desapareció en el aire durante la misión. El suceso marcó profundamente a la opinión pública mundial y cerró simbólicamente la heroica temporada de exploración polar, dejando tras de sí una de las historias más dramáticas y fascinantes de la aventura humana en el Ártico.
La hazaña de Nobile en el cine
La historia de la expedición italiana también entró en el imaginario cinematográfico con 'La tienda roja', una película de 1969 dirigida por Mikhail Kalatozov y realizada como coproducción internacional entre Italia y la Unión Soviética.
La película, protagonizada por Peter Finch como Umberto Nobile, Sean Connery como Roald Amundsen y Claudia Cardinale en un papel ficticio, evoca el desastre del dirigible y el dramático periodo de supervivencia en la banquisa ártica.
Más que una rigurosa reconstrucción histórica, la película ofrece una reflexión moral y humana sobre la exploración, el sentido de la responsabilidad del comandante y el precio pagado por la conquista del límite extremo, contribuyendo a fijar esa tienda roja como uno de los símbolos más poderosos de la epopeya polar del siglo XX.
Lo que se buscaba entonces en el Norte
La exploración del Ártico en los años veinte era una cuestión de prestigio. Llegar al Polo Norte, cruzarlo o sobrevolarlo significaba demostrar superioridad técnica y científica. Los Estados invertían en expediciones como instrumentos de proyección internacional. Italia, gracias a Nobile, consiguió situarse temporalmente en primera línea, compitiendo con Noruega, Estados Unidos y la Unión Soviética.
Los conocimientos científicos producidos eran reales, pero todavía fragmentarios. Se trataba de reunir datos básicos, abrir rutas, demostrar que se podía atravesar el Ártico y, en perspectiva, utilizarlo.
El Ártico contemporáneo: Groenlandia en el centro
En el siglo XXI, Groenlandia se ha convertido en uno de los centros del nuevo interés mundial por el Gran Norte. Bajo su capa de hielo y a lo largo de sus costas se encuentran yacimientos de tierras raras, minerales cruciales para tecnologías críticas: baterías, turbinas eólicas, teléfonos inteligentes, sistemas militares. En un contexto de transición energética, estos materiales se han vuelto cruciales.
Al mismo tiempo, el deshielo progresivo hace más accesibles la sustracción de recursos minerales y potencialmente energéticos, la apertura de nuevas rutas marítimas árticas, que pueden reducir considerablemente las distancias entre Europa y Asia, y el acceso a espacios de influencia militar y estratégica.
No es casualidad que Estados Unidos, China y Rusia hayan intensificado su presencia en el Ártico. Washington considera Groenlandia una pieza clave de la seguridad del Atlántico Norte; Moscú invierte mucho en infraestructuras y bases a lo largo de la ruta rusa del Ártico; Pekín, aunque no es un Estado ártico, se autodenomina "Estado casi ártico" e invierte en investigación y asociaciones económicas.
Los medios actuales: explorar sin pisar el hielo
La diferencia más evidente con la época de Nobile radica en los medios empleados. El Ártico de hoy ya no se explora mediante expediciones episódicas, sino que se vigila constantemente gracias a una red integrada de satélites de observación de la Tierra, que son capaces de medir el espesor del hielo y las variaciones estacionales.
Además, hay radares y sensores automáticos instalados en la plataforma de hielo y en los mares polares, drones aéreos y submarinos utilizados para operar en condiciones extremas, rompehielos de nueva generación -en algunos casos de propulsión nuclear- y modelos climáticos avanzados capaces de integrar enormes cantidades de datos.
En Groenlandia, las estaciones científicas permanentes recogen información continua sobre la temperatura, la composición atmosférica y la dinámica glaciar, haciendo de la exploración un proceso constante y sistemático. El riesgo humano directo se ha reducido considerablemente, mientras que el peso de la capacidad tecnológica y computacional para comprender y gobernar el Gran Norte crece de forma decisiva.
Europa e Italia en el nuevo escenario ártico
Si hace un siglo Italia podía aspirar a un papel protagonista, hoy su contribución se sitúa principalmente en el plano científico y cooperativo. Los investigadores italianos participan en programas internacionales en Groenlandia y Svalbard, mientras que la Agencia Espacial Europea proporciona instrumentos fundamentales para la vigilancia climática del Ártico.
Europa en su conjunto intenta equilibrar los intereses económicos, la seguridad y los objetivos medioambientales. Aunque no tiene el poderío militar ártico de Estados Unidos o Rusia, la Unión Europea desempeña un papel central en la producción de conocimientos y la regulación internacional de la región.
De la conquista a la competencia
La comparación entre el Ártico de Nobile y el actual muestra una sorprendente continuidad: el Gran Norte sigue siendo un espacio de proyección del poder humano. Lo que cambia es la forma de ese poder. Donde antes volaban zepelines cargados de hombres y banderas, hoy orbitan satélites y se mueven capitales, intereses industriales y estrategias geopolíticas.
La epopeya del explorador italiano pertenece a una época en la que llegar era el problema. Hoy, en el Ártico que se derrite, la cuestión es qué hacer una vez que todo sea accesible. Groenlandia, de masa de hielo aparentemente inmóvil, ha pasado a ser uno de los lugares donde se juega el futuro climático, económico y político del planeta.