Los incendios de sexta generación liberan tanta energía que pueden alterar las condiciones meteorológicas, generar nuevos focos a kilómetros de distancia y superar la capacidad de respuesta de los servicios de extinción.
Los incendios declarados durante la última semana en Francia y España, que ya han arrasado más de 115.000 hectáreas y obligado a evacuar a más de 320.000 personas, se han caracterizado por la extrema violencia y la rápida propagación de las llamas. Las autoridades francesas admiten que podrían tardar meses en extinguirlos.
Son los ejemplos más recientes de lo que la comunidad científica y los servicios de emergencias comenzaron a denominar, a mediados de la década de 2010, "incendios de sexta generación", especialmente tras los devastadores fuegos de Pedrógão Grande, en Portugal (2017), y de Grecia (2018), que causaron más de un centenar de muertes cada uno.
Este nuevo patrón empezó a hacerse evidente en Europa, aunque también se detectó en Chile en 2017 y volvió a manifestarse con mayor intensidad en 2024, cuando los incendios dejaron 137 víctimas mortales. Fenómenos similares también se han registrado en otras partes del mundo, como Australia (2019-2020), la costa oeste de Estados Unidos (2020) y Canadá (2023).
El gran cambio en el comportamiento del fuego responde a las alteraciones del clima, explica a 'Euronews' Domingos Xavier Viegas, profesor de la Facultad de Ciencias y Tecnología de la Universidad de Coimbra (FCTUC) y especialista en incendios rurales. El aumento de las temperaturas, la reducción de las precipitaciones y la disminución de la humedad resecan el suelo y la vegetación, lo que incrementa el riesgo de ignición y amplía la superficie susceptible de arder.
¿Qué diferencia a un incendio de sexta generación?
El enorme potencial destructivo de estos megaincendios reside en la energía que liberan, suficiente para modificar las condiciones meteorológicas de su entorno y superar la capacidad de respuesta de los medios tradicionales de extinción, por muy avanzados que sean.
Cuando la intensidad del fuego supera los diez megavatios por metro de frente, la acción directa de los Bomberos deja de ser eficaz, explica Xavier Viegas. "Si traducimos esto a la altura de las llamas, un frente que libera 10 MW por metro genera llamas de aproximadamente diez metros de altura", señala.
"Lo que ocurre es que hoy tenemos incendios que, en determinadas fases de su propagación, alcanzan intensidades tres, cuatro, cinco o incluso seis veces superiores. Es decir, no es posible combatir llamas que llegan a superar los 60 metros de altura", añade.
Una liberación de energía de esta magnitud hace que el incendio se retroalimente. Deja de depender únicamente de las condiciones atmosféricas y pasa también a modificarlas. Se forman nubes de humo extremadamente densas que transportan grandes cantidades de calor, alteran la dirección del viento, generan descargas eléctricas y proyectan brasas a varios kilómetros de distancia, provocando nuevos focos de incendio.
Fuera de temporada y en nuevas regiones
Los incendios de sexta generación son cada vez más frecuentes y, en palabras del experto de la Universidad de Coimbra, "ya no son un fenómeno exclusivo del verano". El incendio de Pedrógão Grande es un buen ejemplo: las llamas irrumpieron primero en junio, todavía en primavera, y volvieron a hacerlo en octubre, ya en otoño.
Además, estos incendios afectan a una extensión geográfica cada vez mayor. "Tradicionalmente, en Portugal se producían en el norte y el centro del país, pero ahora también aparecen en el litoral y en el Alentejo, regiones donde antes eran poco habituales", explica Xavier Viegas.
La misma tendencia se observa en el resto de Europa. En las últimas semanas, países del centro y del norte del continente, como Alemania, Suiza y Noruega, también han tenido que hacer frente a grandes incendios forestales.
Se trata de un "fenómeno global" que exige un enfoque "integrado", también en materia de prevención. "Incluso el turista debe ser consciente de ello", subraya Xavier Viegas, aludiendo al reciente incendio de Almería, en el sureste de España, en el que murieron 14 personas, 12 de ellas extranjeras. "No estaban familiarizados con esa realidad", recalca.
¿Cómo combatir estos fuegos?
Los medios terrestres e incluso los aviones de mayor capacidad dejan de ser eficaces para frenar el frente de un incendio de sexta generación. Por ello, para proteger a la población, los bienes y las infraestructuras, el especialista de la FCTUC recomienda atacar el fuego por la cola o por los flancos. Para ello pueden aprovecharse barreras naturales, como ríos o zonas desprovistas de vegetación, que actúan como franjas de discontinuidad.
Otra estrategia consiste en abrir cortafuegos mediante maquinaria de orugas o ampliar esas franjas con la ayuda de un contrafuego, una técnica que únicamente pueden aplicar las autoridades competentes. No obstante, esta operación entraña riesgos cuando el viento sopla con intensidad. "A veces, las brasas superan esa barrera y todo el esfuerzo queda comprometido", advierte.
En estas circunstancias, Xavier Viegas insiste en la necesidad de actuar con pragmatismo para evitar tragedias. "Por lo general, la gente espera que los bomberos apaguen cualquier incendio, esté donde esté, y no se da cuenta de que hay una parte del incendio que no es posible extinguir. No se puede pretender que los bomberos arriesguen su vida, entre otras cosas porque es una lucha ingrata".
Estos incendios resultan especialmente devastadores en el entorno forestal por la gran cantidad de combustible vegetal disponible. Sin embargo, cuando alcanzan zonas urbanas, "ya no presentan las mismas características de propagación y las casas y los edificios pueden convertirse en lugares seguros para la población", asegura.
Por ello, la evacuación hacia zonas urbanizadas o residenciales puede ser una medida eficaz para proteger a la población. "Hay determinadas casas y edificios que, incluso si se vieran afectados por un incendio de esta intensidad, podrían resistir y servir de refugio", concluye.