Los servicios nacionales de rescate y de gestión de desastres informaron de que el terremoto dañó viviendas y edificios públicos, mientras que las imágenes de vídeo procedentes de las zonas afectadas mostraban estructuras derrumbadas y vecinos asustados que se agolpaban en las calles.
El temblor se sintió con fuerza en Ternate, Bitung y Manado, lo que provocó evacuaciones mientras las autoridades advertían a la población que se mantuviera alejada de los edificios debilitados y de las zonas costeras bajas.
El terremoto se produjo a una profundidad de unos 35 kilómetros, lo suficientemente superficial como para causar un fuerte movimiento del suelo en el este de Indonesia. Las autoridades señalaron que se registraron olas de tsunami de hasta 75 centímetros por encima del nivel habitual de la marea en varios puntos de vigilancia antes de que se levantara la alerta.
Docenas de réplicas siguieron al temblor principal, entre ellas una de magnitud superior a seis grados, mientras los equipos de emergencia continuaban evaluando los daños en las comunidades remotas.
La última catástrofe volvió a poner de relieve la vulnerabilidad de Indonesia ante el riesgo sísmico a lo largo del Cinturón de Fuego del Pacífico, donde son frecuentes los grandes terremotos y la actividad volcánica.