El Niño puede intensificar los efectos del calentamiento global y la quema de combustibles fósiles podría estar reforzando este fenómeno climático destructivo. La intensidad de un episodio de El Niño se determina midiendo la temperatura del agua en una zona del Pacífico central en torno al ecuador.
Un nuevo estudio sugiere que los episodios de El Niño, ese fenómeno natural de caos climático que irrumpe periódicamente y dispara las temperaturas globales, se están volviendo más intensos a causa del cambio climático provocado por el ser humano.
Los episodios de El Niño son ahora más de un 36% más intensos que antes del inicio de la era industrial a mediados del siglo XIX, con un aumento del 16% solo en los últimos 40 años que muestra que esta tendencia se está acelerando, según un estudio publicado el 27 de agosto en la revista 'Science'.
Estas conclusiones llegan en un momento en que un potente episodio de El Niño formado hace un par de meses se perfila para convertirse en el mayor jamás registrado. El Niño, un calentamiento temporal de partes del Pacífico ecuatorial, altera el tiempo en todo el mundo y aumenta la frecuencia de fenómenos extremos, como olas de calor, inundaciones en algunas zonas y sequías en otras. Los daños que provoca pueden alcanzar varios billones.
"Eso es importante porque los episodios fuertes de El Niño tienen impactos mucho más intensos en los riesgos climáticos y los extremos meteorológicos en todo el mundo", señala la autora principal del estudio, Julia Cole, paleoclimatóloga de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos.
"Cuando tratamos de responder a la pregunta de por qué está ocurriendo esto, comparamos nuestros datos con el registro de la temperatura global y comprobamos que el aumento de la intensidad de El Niño sigue de cerca el ascenso de la temperatura del planeta atribuible a causas humanas, como la quema de combustibles fósiles". Su estudio reconstruye los episodios de El Niño de los últimos unos 900 años.
Un fenómeno dañino que se agrava
"El Niño es el aspecto más violento de la variabilidad climática a escala mundial, con efectos que van desde el colapso de pesquerías locales hasta la muerte masiva de corales, además de graves sequías y problemas de suministro de alimentos en todo el planeta", afirma el oceanógrafo Boris Worm, de la Universidad de Dalhousie, que no participó en el estudio.
Worm cita al difunto climatólogo Wallace Broecker, quien advirtió que "el sistema climático es una bestia enfurecida y la estamos pinchando con palos". Y añade: "Las emisiones humanas son ese palo y El Niño es uno de los "arrebatos" de ira que pueden resultar tan peligrosos para nuestra seguridad colectiva".
La intensidad de un episodio de El Niño se determina midiendo la temperatura del agua en una zona del Pacífico central en torno al ecuador y comparando la media de tres meses con la normal. Si está 0,5ºC por encima de lo habitual, se considera que hay un episodio de El Niño. La parte alta de la escala se sitúa en 2ºC y se clasifica como "muy fuerte".
La última estimación semanal de El Niño es de 2,7ºC y se espera que siga aumentando durante otros dos a cuatro meses, según el rastreador de El Niño de la Universidad de Columbia.
Desde hace tiempo, los científicos teorizaron que, a medida que el planeta se calienta, los episodios de El Niño se volverían más intensos, ya que dependen de las diferencias de temperatura del océano respecto a la media. Pero los registros instrumentales apenas abarcan unos 75 años, por lo que hasta ahora se consideraba que los datos eran demasiado irregulares para detectar una tendencia clara.
Por ello, los investigadores han buscado indicios de la presencia de El Niño sin medir directamente la temperatura del agua. Han recurrido, por ejemplo, a registros históricos de cambios en el tiempo en distintas partes del mundo y han identificado episodios pasados de El Niño, como el de tamaño extraordinario de 1877, a partir de las alteraciones que provocaron a escala global.
Fósiles de coral para estudiar la temperatura
El equipo de Cole adoptó un enfoque novedoso al analizar lo que les ocurrió a los corales a lo largo de los siglos, algo que, según explica, actúa como "una máquina del tiempo para asomarnos al pasado". Cole señala que las mediciones de la proporción de calcio y estroncio en los esqueletos de coral y de distintos isótopos de oxígeno proporcionan dos lecturas independientes del agua de mar en la que se formó el coral. Otra medición, de uranio y torio, permite datar la formación de esos esqueletos.
Cole analizó 29 fósiles de coral en las islas Galápagos, catorce anteriores a la era industrial, catorce posteriores al inicio de la era moderna y otro más correspondiente aproximadamente al momento en que comenzaba la industrialización. El más antiguo data de alrededor del año 1100.
Las temperaturas que reconstruyó a partir de esos fósiles a lo largo de más de 900 años son fragmentarias y presentan lagunas, pero, al representarlas en una gráfica, explica que adoptan la forma de un palo de hockey, la misma imagen utilizada en un estudio de referencia de la década de 1990 sobre las temperaturas globales del pasado. Ella y otros científicos advierten de que la situación solo va a empeorar.
"Esto plantea el fantasma de un futuro en el que episodios más intensos de El Niño y La Niña aceleren el ritmo y la gravedad de los extremos meteorológicos y climáticos", señala Kim Cobb, experta en corales y clima en la Universidad Brown, que no participó en el estudio.
La comunidad científica, dividida sobre la investigación
Los científicos ajenos al trabajo están divididos, algunos lo consideran un estudio importante y fiable, mientras que otros no lo comparten porque choca con algunas observaciones recientes.
"Los corales son el patrón de referencia para reconstruir El Niño y este estudio aporta una auténtica mina de nuevos datos", afirma Cobb. "Podemos esperar muchas décadas hasta que el registro instrumental sea lo bastante largo para detectar un cambio en las características de El Niño o podemos utilizar siglos de reconstrucciones proporcionadas por registros paleoclimáticos. En conjunto, los datos paleoclimáticos de que disponemos en todo el Pacífico apuntan de forma bastante coherente a una intensificación de los episodios de El Niño con el calentamiento global".
Tanto el climatólogo Michael Mann, de la Universidad de Pensilvania, creador del gráfico del 'palo de hockey' de las temperaturas, como el biólogo marino John Bruno, de la Universidad de Carolina del Norte, sostienen que los datos de coral entran en conflicto con observaciones recientes de la temperatura del agua en Galápagos. Según Mann, los datos muestran "un descenso sustancial en las últimas décadas" de las variaciones vinculadas a El Niño cerca de Galápagos, precisamente en el periodo en que los gases de efecto invernadero han elevado más las temperaturas.
Lo que reflejan los corales no es tanto un cambio en El Niño como el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero, sostiene Bruno. Cole señala que el enorme episodio de El Niño de 1997-1998, seguido de otros mucho más pequeños hasta 2023-2024, creó una situación en la que parece que El Niño no se está intensificando, ya que las mediciones se basan en un periodo de 20 años y varios de esos años se sitúan entre super episodios de El Niño que distorsionan los datos.
Añade que la intensidad de El Niño varía mucho y esa dinámica de subidas y bajadas no desaparece solo porque el sistema responda a unas condiciones más cálidas. Pero todos los científicos coinciden en que el cambio climático es un problema, empeore o no El Niño.
"Es importante señalar esto como un motivo más para dejar de depender de los combustibles fósiles", afirma Cole. "No existe una solución mágica que vaya a frenar los episodios de El Niño".